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LAGO
DEL DESIERTO
Por
Jorge Gonzáleze
De
las impresiones más intensas que
me traje de Patagonia en mi viaje de principios
de noviembre del 2002 está la incursión
a la zona de Lago del Desierto con mi compañera
Anahi Pomponio. Había conocido la
zona cuatro años antes gracias a
Marcelo Pagani, cuando apenas hacia un año
que se había trazado el camino y
esto suponía la posibilidad de encontrar
una región todavía poco caminada.
Ahora podíamos entrar a sus secretos...
Llegamos con un vehículo hasta la
punta Sur del lago y comenzamos la caminata
que bordea su costa Este para alcanzar el
otro extremo. Lo hicimos en una marcha sin
sobresaltos que en la parte final, desde
una amplia lomada, nos permitió divisar
el campamento de Gendarmería establecido
en una reparada costa. En unas cuatro horas
y media de marcha llegamos al extremo Norte
salvando los últimos metros por el
canto rodado de la orilla y el grato sonido
del agua llegando mansamente a la costa.
Observamos un bosque alto y limpio, no tan
castigado como la mayoría de los
que se encuentran en los senderos clásicos
de acceso a los cerros Torre y Fitz Roy.
Nos presentamos en Gendarmería y
armamos nuestra carpa, a la vista un poco
endeble para soportar los embates de los
vientos de la región. Pero lo importante
era que allí estábamos, aún
en esa condición precaria que nos
planteaba el momento: una sola bolsa de
dormir, un calentador prestado que usaríamos
sin buen resultado porque le cargamos solvente
de mala calidad y comida restringida a dos
o tres días y un par de variantes
en cuanto al menú. La recepción
de Carlos Antonelli, a cargo del personal
de ese momento en el destacamento de Gendarmería
Nacional fue de tal hospitalidad, que convirtió
en serena confianza lo que parecía
una jornada insegura bajo la primera llovizna
y por la incomodidades apuntadas.
El día siguiente empezó para
nosotros pasado el medio día y la
decisión fue alcanzar el hito de
Laguna Larga por ser una caminata de alrededor
de dos horas y una distancia de unos 7 km
que podíamos hacer con suficiente
tiempo y nos permitiría empezar a
“ambientarnos” con el lugar.
Así fue y a todas luces altamente
gratificante ya que, de regreso, decidimos
alcanzar una de las costas de la bonita
y escondida laguna para tomar unos mates
al reparo del viento y disfrutar de sus
aguas azules. Encontramos de ese modo, el
estilo que nos gusta, el modo que nos place
transitar los lugares y senderos. Regresamos
así muy satisfechos y de nuevo confiados
en que sabíamos que tipo de emociones
nos interesan en esto de andar caminos.
Seguramente como consecuencia y producto
de tal actitud, un quincho que nos facilitaron
los gendarmes a nuestro regreso para que
hagamos fuego, mejoró notablemente
nuestra condición a la hora de cocinar
y nuestro ánimo en nuestra segunda
noche de acampada en la Punta Norte.
Ahora el objetivo era alcanzar el refugio
del Río Diablo, del Instituto Nacional
del Hielo Continental Patagónico
y acceso a la frontera con Chile, al ventisquero
del Lago Chico, a la vista del lago O’Higgins.
Partimos para eso a las tres de la tarde,
pensando en unas cinco horas de marcha de
acuerdo a los informes y comentarios. Al
ganar altura en el primer repecho del sendero
que sale detrás de Gendarmería
y se eleva abruptamente en los primeros
cien metros, fue grande mi emoción
y una de las primeras, cuando tuvimos la
vista extendida de la costa del lago, todo
su contorno hasta el extremo Sur y la pampa
que dejaba apreciar claramente el “rancho”
de la Sepúlveda y su chacra. Siempre,
a la par del aislamiento y en este caso
agravado porque yo no divisaba un muelle,
algo más común sobre la costa
del O’Higgins, expresé mi admiración
por la vida llevada en años pioneros
en esas zonas tan apartadas como así
también la absoluta seguridad de
que se estaba alejado de algo del confort
actual pero totalmente compensado por la
innegable belleza del paraje y, al mismo
tiempo, ese carácter libre y de horizontes
sin dominar. Desde allí el sendero
serpentea por un bosque húmedo y
alto y vuelve perder altura hasta justamente
el ingreso a la propiedad abandonada cruzando
un hilo de agua por una “tabla”
que oficia de puente. La casa está
como su pesada puerta tirada en el piso,
sintiendo el abandono, el tiempo y el rigor
de la intemperie. Un cartel colgado de un
solo agarre tiene la leyenda de lo que fuera
el “arco” de entrada y dice
“Aidée Ameghino” cruzamos
a lo largo el lugar y comprobamos que debemos
torcer a la derecha. Nos encontramos inmediatamente
con un sector de mallines donde se pierde
el sendero y se hace lento el andar bajo
lo que aparentan ser lúgubres pantanos.
Luego el sendero serpentea en el bosque
abierto y alto y salva cursos de agua medianamente
importantes con puentes seguros que se encuentran
a metros del sendero que luego hay que retomar.
Esto sucede reiteradas veces y se intercala
con sectores de anchos playones y la picada
bordeando la orilla del cauce y en otros,
internado en el bosque, más oscuro
y con constantes subidas y bajadas. Estábamos
preocupados porque la marcha ya llevaba
cinco horas y no nos parecía encontrar
indicios que referenciaran la distancia
que nos faltaba. Eran las ocho de la noche
y con luz pero en todo caso, en una hora
más, la situación comenzaría
a tornarse algo más crítica.
Seguramente tales elucubraciones venían
a nuestras mentes porque el cielo oscurecía
el valle, arreciaba el viento de forma violenta
y la llovizna castigaba nuestros pasos incomodando
aún más la marcha. Al divisar
una pequeña laguna irregular, estaba
convencido de que nos dirigíamos
con rumbo correcto hacia el refugio de Río
Diablo de modo que puse fuerza a esa hora
de plazo que nos dábamos para tomar
alguna decisión y apuré el
ritmo. La sucesión de lagunas y sectores
de mallines con una indicación de
“RRD” me trajo tranquilidad
y ánimo para continuar. Así
fue que, a las nueve de la noche y bastante
empapados, alcanzamos la casa de techos
rojos. La puerta tenía un alambre
ajustando a una cadena sin candado que nos
permitió entrar y primero que nada,
intentar el fuego dentro del tambor que
oficia de salamandra. Su vista y su calor
hicieron milagros al instante porque toda
la pequeña angustia que se había
generado se disipó y se convirtió
en la gracia de haber llegado y de estar
allí al reparo. Estábamos
en el refugio de Río Diablo, al resguardo
de la tormenta y con la emoción de
sabernos en la misma frontera tan lejana
como lo indicaba esa bandera argentina echa
jirones y golpeada sin piedad por el viento.
A la madrugada me levanté para rehacer
el fuego y quedarme dentro de las paredes
que el viento sacudía su antojo.
Volvió el calor y volaron los pensamientos
hasta donde hacían falta, los temas
prácticos y directos de la condición:
la leña, el abrigo, la necesidad
primaria de la comida, ninguna otra cosa.
Al día siguiente, la tormenta se
estacionó hasta cerca del mediodía,
momento en el que decidimos explorar la
zona y salimos con una mochila pequeña
a la espalda. A poco de andar, la visión
del ventisquero Chico, sobre el lago Chico
y entre los árboles del bosque, nos
trajo una bocanada de emociones. Estábamos
muy cerca de uno de los ingresos al Hielo
Continental y ya sobre Chile. Hacia la derecha,
la visión extendida del color verde
del Lago O’Higgins. Allí sale
una península que deja un angosto
paso y separa al O’Higgins del llamado
Lago Chico. Sobre el extremo derecho se
ve la casa de un poblador chileno a la que
estimo se tardan unas dos horas en alcanzar
desde el punto en donde estamos. Hacia la
izquierda, el sendero sube y faldea superando
el bosque (algunos sectores han sido quemados)
en busca del llamado Paso de la Cañada
de los Toros que, por debajo del Milanesio,
permite bajar por el valle del río
Toro. Este era uno de nuestros objetivos
por lo cual decidimos caminar unas dos horas
en esa dirección. El día por
completo lo ocupados en este relevamiento
y regresamos al refugio, ya más acostumbrados
a su ambiente y con una provisión
de leña suficiente para esa segunda
noche. El viento azotó con fuerza
haciendo cimbrar las paredes del pequeño
refugio pero el día amaneció
luminoso, azul y brillante. Nuestro descenso,
sería un verdadero placer esa mañana,
distendidos y con el suficiente margen de
tiempo para una marcha tranquila. Dimos
gracias al refugio por su calor y su amparo.
Volví a sentir como en mis primeros
años la emoción de ese momento,
cargado de gratitud que a veces no tiene
otro destinatario que el hecho superior
de la creación y el protagonismo
circunstancial que nos toca vivir en este
paso fugaz por la vida. Maravillados además,
por la visión de las montañas
nevadas hacia el Oeste que no habíamos
podido admirar antes a causa del cielo cerrado
y nuboso. El brillo en el bosque hacía
más afables los tonos y cada curva
del sendero. Poco a poco alcanzábamos
la parte final del valle del Diablo y teníamos
nuevamente la visión del Lago del
Desierto, ahora sobre una cerrada capa de
nubes oscuras que, en pocos minutos, se
descargaron en forma de chubasco torrencial.
Otra vez escapábamos por minutos
de la tormenta. Cruzamos el lago en la lancha
y nos quedamos en el camping de la Punta
Sur, con Tito Ramírez, a la espera
de un vehículo que nos llevaría
a El Chaltén, según lo que
habíamos acordado con el estimado
Marcelo Vázquez. La incursión
por Lago del Desierto había terminado
y las imágenes de las cosas vividas,
regresaban a la mente como las más
intensas, de mayor color y carga de emociones
que habíamos tenido en nuestra estada
en Patagonia.
Apuntes
En su libro “Cazando pumas en la Patagonia”
(Buenos Aires, 1956), Andreas Mandsen titula
al capítulo XI simplemente “Sara
Sepúlveda” y aclara que es
un homenaje a las mujeres pioneras de la
Patagonia. Allí es donde menciona
a Juana Sepúlveda, hermana de Sara
: “...la Juana, también se
casó y tiene cuatro hijos. Cuando
el marido se va para la esquila o en algún
arreo a la costa, ella se queda sola con
sus chicos y se las maneja para ordeñar
sus veinte vacas, hacer quesos, cuidar la
quinta y atender su prole. Luisa y Juana
siguen viviendo en la frontera, en plena
cordillera, a más de cuatro leguas
de mi estancia, en el lugar conocido por
“Laguna del Desierto”. El sitio
es casi inaccesible y sólo se pueden
llevar los alimentos en cargueros”.
En “Andes Patagónicos”
(Buenos aires, 1941), Alberto M. De Agostini
S.S., el capítulo XIV, “En
la cuenca del lago San Martín”
hay una mención de antología
de aquella época y el padre salesiano
llegando a la costa del Lago del Desierto.
En compañía de Vidal y Zampieri,
De Agostini relata su travesía viniendo
del valle del río Toro y después
del ascenso al Milanesio, hasta Laguna del
Desierto bajando por el valle del río
Diablo. Lo comenta de este modo: “...desembocamos
en una llanura del valle, donde los árboles
de la floresta, maravillosamente corpulentos
y altos, rarificados por el hacha, presentan
algunos claros cultivados para forraje y
rodeados por empalizadas que nos revelan
la presencia del hombre. Un rancho construido
con troncos del bosque, que se levanta a
unos centenares de metros de la costa de
la laguna del Desierto, nos señala
la habitación del araucano Sepúlveda.
Nos recibe no con poca sorpresa la esposa
de Sepúlveda con una nidada de chicos,
todos sucios pero gorditos y robustos, que
asoman tímidos y temerosos por la
ventana y por los tabiques. Entramos en
la cabaña semioscura y escasamente
amueblada: una mesa, dos bancos y una estufa-cocina
construida con una lata de petróleo,
sobre la cual se cuecen en una gran olla
carne y legumbres. La buena mujer se esfuerza
para ofrecer a los huéspedes inesperados
algunas viandas, aunque con gran embarazo,
pues carece de vajilla y de cubiertos. Dos
platos, dos cucharas y un tenedor, que es
todo lo que constituyen los utensilios de
su mesa, nos obligan a turnarnos para comer
la sopa, una excelente cazuela a la chilena
y un par de churrascos de vacuno, muy sabrosos.
Falta el pan, pero nosotros lo hemos traído
suficientemente”.
“Desde hace dos meses- nos dice la
señora- se nos terminó la
harina y no hemos vuelto a comer pan. El
Río de las Vueltas, siempre crecido,
no se puede cruzar y será necesario
esperar que baje el nivel, lo que no ocurrirá
hasta fines del verano, para poder llegar
hasta el boliche del lago Viedma y hacer
las provisiones. Es un viaje largo y fatigoso
de dos o tres semanas. Ahora nos arreglamos
con leche, manteca y queso que obtenemos
en abundancia ordeñando una veintena
de vacas”.
El padre De Agostini recorre el sendero
que lo lleva hasta el Lago del Desierto
y regresa ya de noche al rancho de Sepúlveda
y allí continúa con el relato.
“El viejo acaba de llegar y lo encontramos
al lado del corral, mientras quita tranquilamente
la silla a su caballo. Por sus movimientos
ágiles y su figura erguida no se
diría que este fiero araucano ha
cumplido ya los ochenta años. Mediano
de estatura, muestra en el amplio tórax
y en los brazos musculosos una fuerza nada
común. Cuando se acerca para saludarnos,
descubro en su rostro bronceado y varonil,
que una barba desordenada hace aún
más austero, dos ojos pequeños
y brillantes llenos de picardía.
Ha pasado todo el día a caballo en
una carrera agotadora por aquel caos de
montañas y de bosques en busca de
una de sus tropillas y se muestra contrariado
contra el león puma que le ha matado
solamente en aquél verano más
de cuarenta potrillos de pocos meses, o
sea toda la cría de la caballada
de ese año. Nos dice que en este
valle son muy numerosos, porque nadie los
molesta y son tan audaces que hace algunos
años llegaron hasta el corral, matando
las pocas ovejas que poseía. Su propia
esposa fue perseguida por un león
hambriento y se salvó huyendo desesperadamente”.
En oportunidad de navegar el lago O’
Higgins con el objetivo de desembarcar en
el brazo oeste e intentar el ascenso Mte.
Pluschow conocí a Jorge Sepúlveda
y en una nota que publiqué de esa
expedición, volqué estos datos
de este joven chileno emparentado con Juana
Sepúlveda de Lago del Desierto (Revista
Tiempo de Aventura, nº 9, junio 1999).
“Jorge Sepúlveda, un símbolo-Apenas
20 años. De muy pocas palabras y
una sonrisa sonora. Hijo de Don Héctor;
con él bajó en Las Mariposas,
donde lo esperaban su hermano Lorenzo y
nueve perros. Su padre, Héctor Sepúlveda,
es hermano de Domingo, que ya falleció
y era dueño de Santa Lucía
en el extremo del brazo Oeste del lago y
que era nuestro objetivo. Las hermanas son
Margarita, Juana y Lucía. Juana vivió
casi toda su vida en el Lago del Desierto
y ahora está en Piedrabuena. Visitamos
a Lucía en Villa O’Higgins
y nos contó de aquellos tiempos.
De 1927, cuando llegó con 10 años
a Lago del Desierto. De hacer a golpe de
hacha la casa y los corrales. De la ida
a caballo con su hija y una sobrina hasta
Puerto Natales ...Lucía tiene 81
años y está perdiendo la vista.
Jorge apenas 20 y pronto estará solo
en Santa Lucía. Seguirá peleándole
a esa vida dura para que la tradición
del apellido Sepúlveda no se pierda
y para poder mirar de cerca las aguas verdes
del gran lago”.
Lago del Desierto: Sobre el porqué
de su nombre, me quedo con la versión
que, además de verosímil,
me parece más romántica. Se
tardaba en llegar tres semanas y la gran
mayoría del tiempo se empleaba en
cruzar el “desierto” motivo
por el cual, el lago como culminación
de ese viaje, recibió ese nombre.
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