El colorado Ernesto Krund supo ser policía. Eran
épocas en donde casi la única vinculación de Ushuaia con el mundo era el mar.
El resto de la Isla estaba conectada tan sólo mediante una huella de herradura.
Los ingenieros y sus máquinas viales aún no habían llegado a estas latitudes.
No era persona fácil. Sus años de zorrero, en continuo diálogo con la
soledad, a la rastra de sus incondicionales perros que alguna vez le salvaron la
vida, marcaron su carácter indócil. No se llevaba bien con la disciplina
policial. Pero no había baqueano mejor que él. Y eso, en épocas donde no
había rutas, no era poca cosa.
En su paso por la policía, al Colorado Ernesto Krund le correspondió, entre
otros trabajos, llevar el correo desde aquel villorrio ushuaiense hasta el lago
Khami. A caballo, por supuesto. Eso en verano, claro, porque en invierno, con la
nieve, el Cañadón del Chancho se ponía imposible.
Ernesto Krund, el Colorado, supo encontrarle la vuelta al problema
fabricándose, con madera de lenga, unos rudimentarios esquís para sortear la
nieve de ese inmenso valle y poder acceder al recientemente descubierto paso
hacia el lago.
Claro que el trayecto era arduo como para hacerlo en el día. Y por eso Ernesto
Krund, el Colorado, construyó a lo largo del camino un refugio donde pernoctar
y guarecerse de los rigores de aquellos inviernos. O quizás Krund no lo
construyó sino que ya estaba y él sólo lo aprovechó. O tal vez lo construyó
él mismo, pero antes, en sus épocas de zorrero. Para el caso es lo mismo.
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Ese refugio estaba ubicado
cerca de Las Cotorras, en el paraje que después se denominó precisamente Rancho
Krund. Quienes hemos fatigado esquís a lo largo y a lo ancho del valle,
desde la década de los setenta, conocíamos perfectamente el lugar. Ése en
donde el Rancho Krund era apenas una tapera. La que como único mobiliario
ostentaba un descalabrado tacho para una calefacción que ya nadie encendía,
por la inutilidad de caldear un ambiente constantemente arrasado por las frías
ventolinas que se filtraban por doquier en paredes y techo.
La única abertura del rancho era una suerte de
puerta, cuya ubicación de espaldas al viento estaba orientada al este. Y
justamente hacia allí la mirada del caminante o del esquiador se topaba con una
montaña.
Allí, en ese ámbito geográfico que ahora llamamos valle Tierra Mayor, y que
en los tiempos del Colorado llamaban Cañadón del Chancho, pocas montañas
tenían nombre. Por eso, para salvar el olvido o porque sí, algún andinista,
ante la visión que de la montaña tenía desde ese agujero que servía como
precaria puerta, la denominó Krund.
Desde ese momento, desde mucho antes que alguien osara dejar una huella de
esquí en la fresca nieve de sus laderas, aquella montaña fue el Cerro Krund. Y
porque como la memoria se alimenta de pequeños retazos ya nadie se acordaba de
Ernesto Krund, el Colorado, como el borrachín que había muerto en la
indigencia a comienzo de los sesenta. A la memoria colectiva (a decir de verdad,
la memoria colectiva de unos pocos) le había quedado la imagen de aquel
policía–correo que recorría trabajosamente el Cañadón del Chancho con sus
precarios esquís de lenga. Para aquella limitada memoria colectiva Ernesto
Krund fue el primer esquiador fueguino.
Después, mucho después, vinieron otros
esquiadores que subieron trabajosamente el cerro a pie. Y luego las máquinas
viales. Más tarde las aerosillas. Entonces a alguien se le ocurrió que Krund,
el apellido de Ernesto, el Colorado, no era lo suficientemente marketinero como
para atraer la atención de turistas esquiadores de otras latitudes. Fue
entonces que el Krund montaña devino en Castor cerro. Así de simple.
Sin embargo, la memoria una vez más se resistía: aún nos quedaba el Rancho
Krund, para recordar a Ernesto, el Colorado. Pero un día, ¡ay!, los geólogos
advirtieron que esa tapera estaba justo arriba de las piedras justas que
necesitaba el pavimento de la ruta. Y quedó sellada su suerte. El rancho
molestaba y las topadoras dieron cuenta de él.
Y así es como quedó la memoria, con un cerro Krund devenido en Castor y un
rancho Krund convertido en un despojo de troncos y maderas pudriéndose a la
vera de un río de nombre casi impronunciable. Valga esta semblanza como un
intento de rescatar de un rinconcito pequeño de nuestra historia un nombre que
terminó arrasado por el marketing y por la topadora.
(Carlos Zampatti vive en Ushuaia desde
hace treinta años, y siempre ha estado ligado a los deportes de montaña y al
Club Andino Ushuaia)
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