Antes,
quien quería iniciarse en actividades de montaña, solía hacerlo casi
naturalmente en salidas a caminar por los cerros, a veces por alguna
institución que organizara campamentos (colegio, club, parroquia, etc.) o
en un viaje de vacaciones con amigos mochileros. Así a muchos jóvenes se
les despertó el amor por la montaña fueron convirtiéndose en los
actuales andinistas, y luego cada uno lo desarrolló y profundizó según
el camino elegido.
Ahora en
cambio, la gran cantidad de cursos y muros de escalada que fueron
apareciendo han sustituído en gran medida el modo de aproximación de los
jóvenes a la montaña, dándose cada vez más casos de principiantes con
muchas horas de palestra y algunas salidas a escalar en paredes naturales,
pero con poca experiencia real de montaña.
Más recientes que los cursos de escalada
surgen ahora los cursos integrales de montañismo y también los cursos de
orientación, materia que suele faltar en algunos andinistas y en muchos
corredores de carreras de aventura (ocasionándoles demoras,
sobreesfuerzos y hasta descalificaciones). Estos cursos y prácticas se
convierten hoy en una muy interesante alternativa de introducción al
montañismo. Cuando salen de la clase teórica o del parque más cercano y
van al terreno natural, la experiencia empieza a ser realmente
interesante.
En la experiencia que sigue, dejados en un punto con sus elementos de
navegación terrestre, los aprendices debimos recorrer un itinerario
portando sus mochilas con los elementos y equipos necesarios para
alimentarse y pernoctar durante dos días en este caso, sin perderse en la
medida de lo posible y aprendiendo a usar el propio criterio.
Por primera vez entonces me sumé a una salida de estas características,
e incluí entre mis cosas una buena brújula, lápiz, la carta
topográfica y la imagen satelital que nos dieron, junto con las
instrucciones y pautas en las que se explicaba el punto de inicio, lugares
de acampe y puntos intermedios. Después la cosa era encontrarlos.
Primer día. Curiosamente
la práctica de orientación comienza antes de bajar del ómnibus;
nosotros mismos debimos indicarle al chofer dónde parar. El punto de
inicio al borde de la ruta resultó ser en medio de un desierto.
Habíamos formado cuatro equipos, complementándonos los que tenían más
conocimientos con los que no. Mi grupo, Sandra, Caro, Germán y yo.
Empezamos la caminata siguiendo una vieja vía de tren hasta un punto
donde había que encontrar un papel y anotar la hora.
Luego seguimos el cauce de un
arroyo seco que a medida que avanzaba iba formando cañadones, cada vez
más encajonados por
paredes de roca conglomerada. Empezó a aparecer agua corriendo en el
cauce del cañón haciendo la caminata cada vez más interesante.
En un punto había que hacer un
descenso en rappel, con arneses hechos con cuerdas (y con asistencia para
quienes lo hacían por primera vez).
Con el caer de la noche acampamos bajo un espectacular cielo de estrellas
y satélites artificiales. Algunos durmieron en carpa y otros al sereno.
Segundo día,
se mantuvo el buen tiempo. Recorrimos un profundo cañón con grandes
piedras. Pero esto no es una carrera, entonces en la mañana cada grupo
podía hacer el recorrido que quisiera, pudiendo ir a un mirador en la
cumbre de una elevación, o ir a conocer una vieja mina abandonada. Los
más cansados podían ir directamente al punto de encuentro con los
instructores.
Así fuimos avanzando, sorteando algunos pasos complicados donde debíamos
quitarnos las mochilas y pasarlas de mano en mano. Unas veces por abruptas
laderas de pastizal, otras veces trepando por rocas empinadas, o
aferrándonos a bordes y salientes para no terminar en algún piletón de
aguas cristalinas.Caminando siempre entre altas paredes rocosas, en un
ensanche del río de pronto nos encontramos con las canoas. Ahí las
habían dejado para cuando llegáramos. Algunos las cargan y se
suben de a tres o cuatro y empiezan a remar. Otros primero consultan la
carta y los elementos de orientación para ubicar el punto donde nos
encontramos y hacia dónde hay que ir. Remando, el cañón empieza a
abrirse y aparecen otros brazos (por eso era importante fijarse antes para
dónde ir). Así aparecemos en el enorme lago del embalse Valle
Grande.Siguiendo los puntos pautados remamos hasta una pequeña bahía y
desde allí una larga remada hasta el islote rocoso que por su extraña
forma se llama "El Submarino". Desembarco, encuentro, algunas
fotos y vuelta a las canoas hasta el punto final de la travesía: el
muelle junto al bar, para terminar picando algo con una cerveza bien
fría, y la satisfacción de la experiencia realizada. |



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