La segunda etapa fue un poco
más dura, porque había que realizar dos cruces importantes y las corrientes no
son siempre a favor. El primero de los cruces, el más largo (1 hora, 40 min.
aprox.), es desde la boca del Barca Grande a la Isla Oyarvide. Afortunadamente,
el clima estaba de nuestro lado. Esta isla es de reciente formación, conformada
en su mayoría por juncales y apenas una parte de tierra firme. Una vez que se
realizó el cruce, hubo que bordear la isla hasta quedar frente a Martín
García, imponente por sobre todas las demás. Es un gran macizo granítico,
último afloramiento del Macizo de Brasilia, su altura es de 27 msnm. Lo que la
hace resaltar por sobre las demás es su formación sedimentaria. Una curiosidad
es que cuando uno ve Martín García desde lejos, no se alcanza a ver Oyarvide a
pesar de que se encuentre por delante de la primera.
Finalmente, desde Oyarvide se cruzó a Timoteo Domínguez,
una pequeña isla pegada a Martín García. Timoteo Domínguez es un gran banco
de arena, con algunos cipreses y sauces plantados por el hombre. Después de
haber recorrido 70 km, llegar a una playa de arena fina no es poca cosa. Desde
la isla se ve bien calara la costa uruguaya, apenas a 5 km. de distancia.
Una vez llegados, retiramos las canoas del agua y antes de
acampar, como ya era pasado el mediodía, cocinamos arroz blanco con unas latas
de atún y un par de cebollas y morrones a las brasas. Durante el resto del día
cada uno disfrutó de la isla a su manera, pescando, durmiendo la siesta o
tomando unos espumosos mates.
Al atardecer nos sentamos en la playa para ver el
espectáculo de la puesta de sol y tomar unas fotos. Ni bien oscureció cenamos
unos fideos con tuco acompañados de un buen vino tinto enfriado en el río y
nos fuimos a dormir temprano, nos esperaba un día largo, el regreso a Tigre iba
a ser en un solo día.
Durante la noche, nos despertó un fuerte viento y las luces
de una tormenta eléctrica que se aproximaba. Nos levantamos para asegurar el
equipo de manera que nuestro sueño no vuelva a ser interrumpido por algún
inconveniente que la tormenta podría llegar a traer con ella. Desde ese lugar,
donde no hay nada que cubra el horizonte en ninguno de los puntos cardinales,
ver acercarse una tormenta es por un lado un espectáculo digno de ver, y por
otro, bastante inquietante...
Por la mañana temprano, la gran duda: el tiempo estaba
inestable y había que tomar la decisión de cuándo salir. Dejamos pasar un par
de horas y cerca de las nueve, nos dimos cuenta que si dejábamos pasar más
tiempo, no nos iba a alcanzar el día para regresar de un tirón.
Durante todo el recorrido tuvimos lloviznas un tanto molestas
pero tolerables al fin. De igual forma, se remó con los trajes de agua puestos
y en los cruces largos se sumaron los salvavidas. El primer tramo hasta la
entrada de los Bajos del Temor fue rápido, el agua estaba muy baja, y como el
Río de la Plata es de poca profundidad (salvo en los canales), tuvimos que
navegar muy atentos esquivando los bancos de sedimento y buscando zonas de mayor
profundidad. El riesgo en estos casos es quedarse varado y tener que descender
de las canoas a empujar hasta volver a encontrar un canal. Sabíamos que si
íbamos pegados al juncal podríamos aprovechar la canaleta natural que se
formaba, no teniendo de esta manera la necesidad de bajar de las canoas y tirar
de ellas. Cerca del mediodía bajamos en un limpio en la costa, seguramente
hecho por pescadores de la zona. El almuerzo fue una tararira que había pescado
Mauricio el día anterior y que ya habíamos cocinado. Creo que ni las escamas
le perdonamos... El regreso fue largo, 13 hs de remo incluyendo la parada de una
hora para comer y relajarse. El último tramo que es desde el Paraná hasta
Tigre, lo realizamos prácticamente de noche, utilizando destelladores y
linternas por seguridad. El río de noche tiene su encanto, el agua por lo
general está planchada como un espejo, alumbrada por alguna que otra luz de los
muelles. El trayecto fue un placer, no cruzamos ni una lancha, en parte por lo
lluvioso del tiempo y en parte por la hora que era.
Una vez en Tigre, y más allá de lo cansados que estábamos,
quedaba todavía la parte del viaje que a nadie le gusta, pero que es tan
necesaria como cualquier otra: sacar las canoas del agua, limpiar el equipo y
guardar todo hasta el próximo viaje, y por supuesto, no podían faltar los
últimos mates en casa para charlar un poco de la experiencia que habíamos
compartido, poner puntos en común y reírnos otro poco.
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