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Río de la Patos |
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| Fotos y texto: Por Rodolfo Rüst |
Cuando de bajar ríos se trata, la aventura ya empieza cuando uno está
viajando por la ruta soñando con un fantástico descenso. Con Carlos rumbeabamos hacia
San Francisco (Córdoba) a buscar nuestros amigos Ricardo,Cacho y Oscar.

Nuestro objetivo - San Juan - y descender en kayak por el cañadón del Río de los Patos.
Un largo camino teníamos por delante. Llegamos a la ciudad de Córdoba, compramos
suficientes provisiones para el viaje. Había que cruzar las Altas Cumbres, las cuales
encaramos desde Tanti por la ruta 20 envueltos en una espesa neblina. El ripio de regular
estado y las marcadas pendientes hacían hervir el motor de la combi VW cargada con cuatro
kayaks y todo su equipo material y humano. Pasamos cerca del macizo de Los Gigantes, nos
vimos tentados en visitarlo, pero nuestro objetivo no era subir sino bajar.

Cerca de Salsacate oímos crujir el techo de la combi, nos detuvimos y con asombro
descubrimos que el portabote se había partido. Bajamos los botes, desmontamos los
barrales y a fuerza de alambres y paciencia rearmamos
todo.
El arreglo era pasajero; en un taller de herrería hicimos soldar el desperfecto.
Solucionado el problema continuamos viaje por la sierra hasta toparnos con el
imponente camino de cornisa muy expuesto y peligroso; más conocido como Los Túneles.
Desde allí veíamos el impresionante y agreste paisaje de la llanura riojana.
A pesar de ello no habíamos aminorado la marcha. Estábamos muy ansiosos. Al llegar a la
llanura atravesamos el monte riojano por una larga recta de tierra hasta Chepes donde
comenzaba un excelente asfalto.
Este tramo monótono de unos 80 km era interrumpido de tanto en tanto por chacras donde
familias enteras nos saludaban, o por animales sueltos que cruzaban el camino. Dos años
antes nos habíamos topado en este mismo trayecto de noche y con lluvia con un inmenso
toro negro recostado a lo ancho de la calzada y masticando tranquilo. Vaya susto ! Con un
último esfuerzo llegamos con la lengua afuera a la ciudad de San Juan. A lo lejos
veíamos la imponente Cordillera de los Andes bajo un cielo de azul intenso.
Cansados pero felices acampamos en un camping municipal. No faltó un buen asado y vino
sanjuanino blanco y bien helado. Al día siguiente recorrimos los 136 km hasta Calingasta,
bordeando el Río San Juan. Este camino tiene horarios de ida y vuelta y el control está
en Pachaco.
El San Juan es un río magnífico, apreciábamos las dificultades que en algunos sitios no
eran para desmerecerlas. Con grandes crecidas alcanza los 3000 m³/seg., causando estragos
en las riberas, socavando rutas y puentes cambiando su serpenteante rumbo. Cada tanto hay
pintadas blancas en el asfalto indicando grandes rajaduras. Señal que está cediendo el
suelo. Por las dudas aconsejamos no pisar marcas. Por momentos el camino va muy alejado
del río y a mucha altura. Desde allí pudimos contemplar la majestuosidad del valle,
donde el agua fluye
serenamente hasta llegar a El Tambolar, en aquel
lugar una angostura en el valle hace encajonar al San Juan convirtiéndose éste en un
salvaje y poderoso torrente.
Llegamos a Calingasta; aquí nace el San Juan de la unión del Río de los Patos al sur
con el Castaño al norte. Un extenso valle se abría frente a nosotros, el valle del Río
de los Patos o Valle de Calingasta. Muy fértil y rico en producción vegetal. Barreal
estaba a la vista, pequeño vergel rodeado de acequias y álamos centenarios.
A pocos km por un camino de ripio y luego de cornisa muy exigente y en mal estado nos
adentramos en el cañadón. Aquí estaba la parte del río que nos interesaba. Sus aguas
eran cristalinas, corría el mes de octubre, el deshielo recién comenzaba. Grandes
rápidos, rompientes y rocas nos hipnotizaban. Presentíamos un emocionante descenso. La
admiración fue interrumpida nuevamente por un percance. La combi saltó, el portabote
zafó de sus agarraderas y los botes cayeron violentamente. El bote de Cacho sufrió una
gran rajadura que por suerte pudo ser reparada.
Finalmente alcanzamos Las Hornillas, idílica hostería situada a más de 2000 m de
altura, paraíso de los trucheros y rodeada de muchos árboles. Este lugar es punto de
partida de muchas expediciones que se dirigen al cerro Mercedario, en nuestro caso era
punto de partida de un desafiante descenso.
También fue por aquí que cruzó San Martín en su aventura libertadora.
Aquel mismo día preparamos todo el equipo para tenerlo listo al día siguiente. Mientras
esto sucedía decenas de pollitos que andaban sueltos por ahí se metían en los botes y
hurgaban en nuestras pertenencias.
Desde aquí también se llega por un camino muy malo y en parte barrido por aluviones
hasta la mina de cobre El Pachón, siguiendo el curso del Río Blanco.
Otro río de dificultad extrema.
Las nieves eternas y los caudalosos ríos me reconfortaban el espíritu.
Estaba feliz. Es increíble el cambio que se produce cuando uno se aleja de las grandes
urbes con su vida artificial
y
absurda. Aquí se vive y se tiene la sensación de que el tiempo nunca pasa.
Una buena cena a la luz de la luna y un brindis daba la bienvenida a la aventura.
Amaneció despejado y fresco, nerviosos y emocionados preparamos los botes. El río
corría transparente y frío y las piedras afloraban formando la espuma blanca
característica. De a uno nos largamos, yo estaba al final. El agua estaba helada. Las
numerosas piedras ponían a prueba nuestra destreza. Una a una las esquivabamos evitando
así una posible rotura o un vuelco.
En una curva divisé a Carlos y Ricardo detenidos frente a un gran rápido.
Cacho me seguía, quería unirme a ellos antes de pasar por el rápido. Esto hizo que me
desviara del curso, me gritaron que me largara y eso hice pero entré muy de costado lo
que hizo que volcara en plena caída dándome un chapuzón en las gélidas aguas.
Detrás mío venía Cacho, pasando bien por el bravo rápido, en mi ayuda. No logrando
recuperarme tuve que abandonar el bote y casi pierdo el remo que es lo último que hay que
soltar. Como pude me aferré al bote, salvé el remo y una zapatilla que se me escapó del
pie. Casi un desastre a poco de empezar.
A pesar del traje de neoprene me costó mucho recuperarme del frío, las manos estaban
heladas y me dolían. Al rato estaba en condiciones de seguir y cuando ni me lo imaginaba
choqué contra una piedra sumergida y volví a volcar.
De nuevo la misma historia.
Cacho también volcó en una oportunidad, teniendo que sufrir la misma experiencia.
Daba gusto remar, el día era espléndido y los rápidos constantes, no había forma
de aburrirse. Lo que nos llegó a molestar eran las fuertes ráfagas de viento que
penetraban an el valle y nos obligaban a tratar de mantener lo mejor posible la
estabilidad del bote.
Nos detuvimos a descansar. Oscar que oficiaba de chofer nos tuvo preparada una sabrosa
vianda.
Físicamente estábamos bien igual que en lo técnico, esto nos hacía tener buen
ánimo. Es un río hermoso !
Nuevamente en el agua. Nuevamente nos detuvimos, esta vez a comprobar un paso difícil.
Una curva, muchas rocas, la costa elevada nos impidió vislumbrar mejor las dificultades.
No quedaba otra
posibilidad que buscar el camino a seguir desde el bote. Oscar desde la
costa nos trataba de guiar.
Hubo que pasar entre varias rocas lo que exigía gran dominio del bote. Una mala maniobra
hizo que me montara sobre una piedra pero sin consecuencias graves. En fin no siempre se
es bueno.
Lo que más placer nos daba era la posibilidad de hacer slalom ya que si
el río trae mucho caudal las aguas bajan muy turbias, formando grandes rompientes
impidiendo ver las rocas. Además en caso de vuelco se corre el terrible riesgo de perder
todo el equipo y tal vez la vida. Por experiencia puedo decir que no es agradable.
El descenso continuó, esquivando no sólo pequeñas rocas sino también grandes bloques
que se interponían en nuestro camino.
En un momento dado la correntada del río chocaba contra un paredón, pudimos comprobar
que la roca estaba socavada, el agua salía por debajo del paredón formando un gran
remanso con remolinos. Ricardo y Carlos fueron remando muy cerca de la orilla opuesta para
no ser arrastrados hacia el paredón. Carlos volcó en el remanso pero con el remo pudo
enderezarse. Cacho y yo optamos por bajar del bote e ir caminando por la costa. Faltaba
poco para salir del cañadón. Quedaba una dificultad, pero era muy riesgosa. Dos
gigantescas moles bloqueaban el río, la lengua de la corriente chocaba contra una de
ellas quedando dos posibilidades, la más fácil pasar por la orilla derecha, la más
difícil entre las dos grandes rocas. La segunda por no poder ver bien desde el bote la
ruta a seguir la descartamos aunque con buen apoyo logístico era posible. En este punto
fue Ricardo quién decidió bajar del bote e ir caminando por una zona poca profunda
del río. Los demás optamos por la alternativa más fácil. A veces ser prudente vale
más que ser héroe.
Seguimos remando y unos kilómetros más abajo dimos fin a esta extraordinaria aventura.
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