SAN
LORENZO INVERNAL
Por
Pablo Besser Jirkal. -Club Alemán
Andino. Chile -
Monte San Lorenzo (3.706 m).
- Ruta de Agostini. -
Primera ascensión invernal. Julio
de 2004.
"La imponente soledad
de la cumbre principal, que se yergue, apartada,
con proporciones dignas del Himalaya, sobre
las desoladas mesetas argentinas y los pantanosos
valles chilenos, ha atraído sobre
todo a aquéllos que prefieren un
modo de ir a la montaña con propósitos
meramente de exploración y que no
necesitan de respuestas publicitarias para
sus aventuras."
Cuadernos
Patagónicos N° 9. Buscaini-Metzeltin

Aproximación
a la cumbre San Lorenzo
El monte San Lorenzo, de roca granítica
de pésima calidad, donde el hielo
y la nieve son el principal atractivo, me
ha interesado desde 1994. Ese año,
Soames Floweree y yo llegamos hasta el campamento
de Agostini e hicimos un tímido e
inexperto intento a la ruta del mismo nombre,
alcan-zando unos 2.500 m de altitud, sin
llegar siquiera la arista superior. El verano
de 2002 regresé al San Lorenzo con
un objetivo de más dura digestión:
la arista Este, enorme ruta de 3.000 m de
recorrido que sólo ha sido escalada
con éxito en tres oportunidades.
Hicimos un loco intento alpino junto a Manuel
Bugueño y José Pedro Montt,
pero la seguidilla de días de buen
tiempo transformaron la arista en un campo
de batalla barrido por las avalanchas. Dos
de ellas me pasaron literalmente por encima.
De la segunda sólo me protegió
una pequeña piedra, mientras mis
compañeros me vieron desaparecer
bajo una enorme masa de hielo y rocas. Yo
sólo esperaba el golpe final que
me sacaría de mi refugio, pero nunca
llegó. Como un sensato conejo, salimos
corriendo de la ruta, no apta para personas
sensibles. Así llegué a esta
expedición, con la in-tención
de hacer la primera ascensión invernal
de esta montaña patagónica.
Pasaron 10 años entre el primer intento
y el definitivo. La perseverancia es otra
virtud patagónica.
¿Por qué intentar la ascensión
en invierno, si es más frío,
más inhóspito, más
aislado, más difícil? Todos
esos atributos pueden hacer una expedición
más atractiva, pero la respuesta
es menos masoquista. Aunque en Patagonia
tener dos días completos de buen
tiempo es una fortuna y tres un despilfarro,
en invierno es más lo habitual que
lo excepcional. En los periodos de frío
(de "escarcha" como dicen los
locales) se suele gozar de 3 ó 4
días completos de un clima perfecto,
pero sí muy frío: en un cerro
de altura los -30° C pueden ser habituales.
Así, ¡el invierno es temporada
de caza también!
El 3 de julio (de 2004) salimos de Santiago
Camilo Rada, Marcelo Camus, Manuel Bugueño
y yo. Nuestro objetivo era la primera ascensión
invernal del San Lorenzo, el segundo macizo
en altura de la Patagonia después
del San Valentín (4.058 m). Además
ansiábamos la primera travesía
integral de la enorme arista cumbrera de
esta montaña, de casi 15 kilómetros
y la Cumbre Sur, sólo ascendida en
una oportunidad. ¡La ambición
es un potente motor!
Llegamos al poblado de Cochrane el 7 de
julio, luego de un entretenido viaje en
camioneta por la pampa nevada y la carretera
austral vestida de invierno. Al día
siguiente entramos al valle del río
Tranquilo, para buscar a nuestro supuesto
arriero en las casas del sector Payacar.
Sin embargo, nos explicó que no podía
entrar en invierno, pues el terreno y las
condiciones hacen muy difícil el
acceso. Así las cosas, cada uno tendría
que arrastrar algo así como 25 ó
30 kilos en el trineo, más la mochila,
¡pero entraríamos solos, en
nuestra ley!
Al otro día, después que nuestra
camioneta quedara enterrada en la nieve,
hicimos dos viajes para llegar a la laguna
Corazón, donde parte una picada hacia
el monte San Lorenzo. Seguimos en dirección
Este, orientándonos por huellas de
animales o caballos en la nieve, hasta armar
campamento en la oscuridad.
Continuamos internándonos por estos
valles, confusos y cambiados, pues el siempre
verde del verano no existía. Sólo
algunos coigües seguían verdes,
pero las lengas estaban en franca espera
de la primavera. Al final nos perdimos (lo
que era lógico), debiendo atravesar
el río Tranquilo con los pantalones
bien arremangados y tirando los trineos
que navegaban de una pobre manera. Alcanzamos
ese día el valle superior, a tiro
de piedra del valllecito que conduce a la
base del San Lorenzo. La dificultad para
remontar el arroyo del mismo nombre -con
varios pasos de roca y nieve- nos obligó
a hacer otro campamento en medio del bosque.
Amaneció feo, nuevamente nevando
y con mucho frío, pero sin viento.
Seguimos avanzando lentamente entre las
lengas desnudas y el arroyo que debimos
cruzar varias veces, mientras el río
bajaba ágil y sin obstáculos,
como riéndose de nuestro torpe avance.
Por la tarde llegamos al Campamento Agostini.
En dicho lugar existía un refugio
rústico o "tapera" hecha
por la expedición del padre Agostini,
hoy transformado en una cabaña, el
refugio Tony Rorhen, grande y espacioso
(tiene dos pisos) aunque muy frío.
Esa tarde fue todo risas y comida al calor
de la estufa que empezó a quemar
bosque nativo sin misericordia.
Salimos a la mañana siguiente con
intención de llegar hasta el primer
portezuelo de la ruta de Agostini, el Col
del Comedor, donde existe una enorme roca
plana cual mesa a 1.960 m. Arribamos a medio
día, luego de ascender casi 1.000
m en unas 4 horas, usando nuestras raquetas
de nieve. Dejamos una carga de comida y
combustible más algo de equipo y
regresamos inmediatamente al acogedor refugio.
Habíamos decidido intentar la cumbre
por la ruta normal, pero ya habíamos
renunciado a intentar la travesía
integral, que demandaba una mayor logística.
El 14 de julio partimos llevando carpas,
sacos y equipo en dirección al Col
del Comedor, donde hallamos nuestro depósito.
Decidimos llevar víveres sólo
para 4 días, confiando en el buen
clima que hasta ese momento persistía.
Continuamos rumbo al siguiente portezuelo,
la Brecha de la Cornisa, una falla ubicada
en una arista que baja desde el hombro norte
del San Lorenzo hasta la cadena Cochrane.
En dicha arista hay una pequeña depresión
que permite pasar del sistema del glaciar
Cochrane al Calluqueo, que nace de toda
la enorme cara oeste del San Lorenzo. Desde
este momento y por el resto de la ascensión,
avanzamos encordados, pues un glaciar es
sinónimo de grietas.
Por la noche planeamos la ascensión.
Aún nos faltaba un campamento, pues
estábamos sólo a 2.300 m y
quedaban 1.400 m de desnivel y unos 8 km
de recorrido entre el glaciar Calluqueo,
la cascada de seracs y la parte final de
la expuesta arista cumbrera. El tiempo estaba
impecable, el barómetro en alza sostenida,
un silencio impresionante, nada de viento
y sólo estrellas en el cielo. ¿Atacar
a la alpina? ¿De una? En el fondo
no quería, pues aún faltaba
un campamento y lo íbamos a saltar,
arriesgando el cerro por apurones. Por otro
lado, llevábamos 6 días completos
de abrir huella, buscar la ruta, cruzar
ríos y tirar el condenado trineo,
más dos subidas porteando equipo,
lo que hacia que las piernas sintieran la
falta de reposo. Pero la fisiología
y la lógica cedieron ante el clima.
Estaba demasiado bueno. Si lo perdíamos
sólo por mover un campamento habría
sido imperdonable, demasiado tiempo de es-pera
para subir este cerro. Ahora es el mo-mento.
¡No chicken!
Salimos a las 5:00 a.m. Hacía mucho
frío aunque cedió pronto.
Los 4 en movimiento, todo oscuro, sólo
tu metro cuadrado de luz de linterna, encordados,
cargados, apurados. Bajamos al otro lado
de la brecha y, aunque mis recuerdos eran
vagos (¡eran 10 años!), dimos
con las pasadas y fuimos as-cendiendo. A
las 7:00 AM alcanzamos el sitio del campamento
2 que nunca montamos. Seguimos subiendo
por un lomo enorme que lleva al comienzo
de la cascada de seracs, que en invierno
más que seracs son hongos de hielo
gigantes, algunos quebrados hace poco, otros
estables, otros por quebrarse, la ruleta
rusa del escalador.
A las 8:00 a.m., Marcelo, que venía
encordado conmigo, avisó que renunciaba.
Hace rato lo escuchaba sufrir en silencio,
por una tendinitis en su rodilla, dolor
y frustración. Nos reunimos, hablamos
rápido y conciso, y le pasamos la
cuerda y una radio para que regresara solo.
El glaciar estaba muy estable y no habíamos
visto ni una grieta, es la bendición
del invierno nevado. A media mañana
nos avisó que llegó bien.
Un alivio para todos, pero a esa altura
estábamos entregados a otra batalla:
buscar el paso entre los seracs. Éstos
nos ofrecían una subida directa por
un sistema de canalones a la arista, sin
grandes obstáculos, pero muy expuesta
a la menor caída de material. Las
experiencias anteriores en este cerro me
convencían que algo tenía
contra mi persona, así que no había
que darle opción. Seguimos por la
izquierda hacia el sector norte de la cascada
de seracs, que tras algunas escaladas en
hielo y nieve nos llevaron a las 13:30 hr
a la arista y a recibir por fin el sol.
Los tres teníamos los pies helados.
Seguimos sin perder mucho tiempo ascendiendo
por la arista, en dirección a la
cumbre Norte. Camilo nos recitaba la distancia
a la cumbre con el GPS: recién estábamos
a 3.100 m, ¡y a más de 4 km!
¡Y con sólo 4 horas de luz!
No había que ser adivino para saber
que esta pe-lícula tendría
función nocturna.
Llegamos a las cercanías de la cumbre
Norte, que se veía llena de grietas
y hongos de hielo. La fuimos rodeando por
el costado derecho, avanzando siempre hacia
el sur. Manuel abría huella despacio.
Yo estaba muy cansado, los seguía
tranquilo por fuera, pero inquieto por dentro.
Alcanzamos un hombro rodeando un enorme
hongo de 10m
de alto, desplomado en forma inverosímil,
como si la gravedad no exsistiese aquí.
Al otro lado nos recibió una visión
fantástica de la cumbre, que aún
estaba lejos.
Desde la cumbre Norte había que bajar
cerca de 200 m entre seracs y más
hongos. Llegamos más por intuición
que por lógica. Eran las 17:30 horas
cuando comenzamos la subida hacia la cumbre
principal, aún faltaba mucho y quedaba
el dichoso hongo. Cuantas dudas sobre si
sería escalable. Con la puesta de
sol, los hongos se tiñeron de na-ranjo.
Seguimos por una serie de rampas empinadas
hasta que nos encontramos en la antecumbre.
Alcanzamos a ordenar la cuerda cuando el
sol desapareció. Con linternas nos
acercamos a la cumbre, y constatamos que
el hongo estaba en su apogeo invernal. Por
un lado 10 m extraplomados, por otro, solo
5 ó 6. Pero era de noche, ¿qué
hacer? En esos escasos metros se centra
todo el éxito o fracaso en un cerro.
Manuel y Camilo lo evaluaban. Había
una falla por donde se podría ascender.
Pero no de noche, no ahora... Renunciamos
a la cumbre. Es casi como estar, pero no
estando. Se ve cerca, pero no lo suficiente,
que maldita obsesión. No creo que
halla otra actividad en que los símbolos
pesen más que en el montañismo.
Qué inútil, sólo llegar
arriba vale, qué mínima diferencia
pero qué simbólica es.
Bajamos sin muchas palabras hasta juntarnos
en el plano. Manuel y Camilo querían
bajar de inmediato toda la ruta, yo no.
Estaba agotado y no había necesidad
imperiosa de bajar. En 14 años de
expediciones en Patagonia nunca había
visto un clima tan estable como en esos
días, lo que me daba confianza pese
a estar en un lugar poco aconsejable para
pernoctar. Como tampoco había prisa
en bajar (la cascada de seracs de noche
no estaba en mis planes), empezamos a cavar
una cueva en la nieve con los pies todavía
muy fríos. Luego de más de
3 hr paleando y picando, a las 23:00 hr
entramos a la cueva. Nos sentamos en incómodos
espacios, apretados, acalambrados, entumecidos
por el frío de los pies. Por suerte
llevamos un anafre y calentamos agua para
llenar las botellas y calentarnos los pies.
Hablamos largo rato del hongo, yo casi justificaba
la ascensión aún sin esta
última parte, aunque entre risas
presentía que me tragaría
mis palabras.
Luego se planteó subir nuevamente
a terminar la ascensión. Yo lo rechazaba,
por cansancio y por aprensión de
la posible estabilidad de estas formaciones
heladas. Había que ver en qué
estado amanecíamos. La noche fue
pasando entre dormitadas. Tres veces alcanzamos
a recalentar las botellas hasta que el anafre
sé calló. Cuando amaneció
salimos de la cueva más repuestos
de lo que pensábamos y volvimos a
subir. Mis temores de viejo mañoso
quedaban en ella.
Alcanzamos nuevamente la base del hongo
a las 11:30 hr, todo despejado, pero con
algo de viento que venía desde la
pampa, un escenario impresionante. Manuel
se tiró por el defecto central. Le
indiqué que usara la pala para modificar
algo la pendiente y poder subir. Camilo
aseguraba a sus prudentes 15 m, yo de fotógrafo,
y todos tensos, esperando mientras Manuel,
con 2 estacas, fue escalando poco a poco
hasta que llegó al plano superior
y nos fijó la cuerda para su-bir
jumareando. Llegamos a la reunión,
pero el cerro no acababa ahí como
parecía desde abajo: aún faltaban
otros 35 m que subimos por una serie de
escalones y plataformas de nieve muy blanda.
Finalmente, las 13:30 hr del 16 de julio,
nos paramos en la cumbre, una planicie perfecta
de unos 10 por 15 m. Avanzamos justo hasta
el centro y ahí nos abrazamos, felices,
agotados, con todas las preguntas aclaradas,
pues las cumbres son las cumbres. Desde
el hongo teníamos una caída
de mas de 3.000 m, impresionante. Sacamos
unas fotos, y pregunté a Camilo qué
se sentía haber subido también
el San Valentín en invernal.
Y fueron 15 minutos, no más. Bajamos
rapelando de una estaca, recogimos lo que
quedaba en la cueva y abandonamos ese hoyo
miserable siguiendo la ruta del día
anterior. Era vital encontrar el mismo camino
de bajada, si no, las penas del infierno
caerían sobre nosotros. Las huellas
estaban casi borradas, pero un detalle en
las ramificaciones de hielo que cubrían
el suelo como un bosque de pinos nos orientó
y pudimos bajar. Otro rapel más y
la gran bajada, una pendiente de más
de 250 m de desnivel de unos 55°, que
nos llevó al fondo de los seracs,
la zona de impacto donde estaban todos rotos
y amontonados. Buscamos nuestra ruta entre
ellos y a las 15:30. hr estábamos
ya encordados, bajando tranquilamente por
el glaciar Calluqueo. Una hora más
tarde logramos comunicarnos con Marcelo.
Le transmitimos nuestra alegría y
le pedimos que derritiera agua, porque llevábamos
más de 38 horas de actividad y habíamos
tomado muy poca.
Llegamos a nuestras carpas felices y comenzamos
a comer, beber, reír y descansar.
Afuera el clima era otro: fuertes ráfagas
azotaban la brecha, las formaciones de nieve
alrededor de la carpa habían cambiado
notablemente y nos estábamos enterrando.
Pero esa noche dormimos tranquilos como
en el mejor de los refugios.
Cuando finalmente llegamos a la cabaña
decretamos un día de reposo para
reparaciones varias, costuras y tallados,
entre los que destacó una gran placa
de madera de lenga con el dibujo del San
Lorenzo y la leyenda "Expedición
Inamible, Monte San Lorenzo. Primera Ascensión
Invernal", que quedó colgando
en la cabaña.
Así concluyó una hermosa ascensión
de una montaña poco conocida, donde
justamente esa falta de protagonismo la
hacen más atractiva. Aquí
se puede gozar del montañismo de
exploración y de descubrimiento.
Sin duda queda mucho por hacer. La travesía
integral quedará esperando generaciones
más osadas, lo mismo la arista Este
invernal, y por qué no la misma cara
Este, con más de 15 kM de pared,
que serán en un futuro terreno de
juego de más de uno.
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Cara
Norte del San Lorenzo

Los cuatro integrantes

Escalando el hongo somital

Cruzando un Río Helado


Pablo en la cumbre


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