Se hace camino al andar: Llullaillaco.
Un ascenso por las rutas Sur-Sureste-Arqueológica

 

Por Adriana Gómer

“el escalador lo que busca es la dificultad extrema, tanto en roca como en hielo, y el montañista es el que disfruta de cualquier aspecto de la montaña, incluso del sendero que lleva a una base sin necesidad de ascender.”
Andrés Lamuniere

¿Cómo se satisface el deseo de ir desde el Litoral a la Puna para ascender un volcán que se encuentra en una de las regiones más deshabitadas del planeta, que alberga el adoratorio más alto del mundo, en época de tormentas, sin vehículo propio, sin compañeros de viaje, solo con el tiempo y la motivación personal?
Ah, no desanimándose...


El grupo
Luego de resolver cómo llegar a Tolar Grande, 380 km. al oeste de la provincia de Salta en el departamento Los Andes, restaba lo más importante: encontrar compañeros de aventura. Ellos fueron Emilio Sarmiento y Maximiliano García. Ambos socios del Club Janajman de la ciudad de Salta, con quienes logré contactarme por intermedio de un amigo del Club Andino San Lorenzo. Los tres contábamos con motivos para ir o para volver, lo que hizo posible que se aunaran el azar, el querer y el poder.


En modo montañista
El epígrafe está tomado de una entrevista al autor sobre sus vivencias como montañista. Nuestra intención era, precisamente, experimentar una vivencia en modo montañista, tal como la describe Lamuniere, intentando la ruta más directa y deportiva al Llulla, al tiempo que disfrutando de todos los aspectos y matices que nos ofrecería la montaña.
El plan inicial consistía en ascender el volcán por la Ruta Sur Directa, cuyo primer ascenso data apenas del 29 de marzo de 1997 y fue realizado por los argentinos Gustavo Lisi y Rafael Monti (Bracali, Almaráz, 2012). Pero finalmente lo ajustamos en el proceso y terminamos ensamblando tres rutas.
Tras una noche de aclimatación en San Antonio de los Cobres (3.700 msnm), gracias a una oportuna sugerencia de Carlo Clerici, en la tarde del sábado 9 Javier, conductor de la camioneta que contratamos, nos pasó a buscar para llevarnos a Tolar donde pasaríamos otra noche.
Este pueblo de alrededor de 200 habitantes, portal del Llullaillaco, merecería un capítulo aparte, pero basta decir que tras una suculenta cena, nos acomodamos al pie del cerro de la Cruz, un poco más arriba de las casitas cueva, para contemplar un cielo apreciadamente estrellado. Luego descansamos en el Refugio Municipal.


“El sendero que lleva a una base…”
El domingo 10, pasado el mediodía, comenzamos el viaje en 4X4 hasta la base del Llulla. Rodeamos salares, visitamos minas y estaciones fantasma desmanteladas, con nombres tan curiosos como los de las vías que se suelen abrir en montañas aquí y allá. Caipe, La Casualidad, Chuqulaqui. Divisamos vicuñas a lo lejos y a lo cerca, transitamos y cruzamos caminos de tierra y asfalto en el medio de la puna de Atacama, al ritmo de Karicia y Caracol. Y así, queriendo, llegamos al pie del cerro.
Para Javier era la primera vez que llegaba a ver el Llulla. Creyente del carácter sagrado del volcán, hizo su ofrenda de coca y aguardiante a la Pachamama, antes de marcharse con la promesa de buscarnos en unos días, más precisamente el jueves 14. Luego de eso, instalamos nuestro primer campamento a 4.889 msnm (S24°46.121’/O068°32.079’). Allí pasaríamos un par de noches.


El ascenso
El primer día de caminata y tras hacer nuestra propia ofrenda, con hojas de coca, nueces, salame y yerba, partimos para el campamento de altura, 5.961 msnm (S24°43.965’/O068°31.901’). Hicimos un porteo de agua y equipo y decidimos instalar una de las dos carpas que llevábamos, en el campo 2.
Mientras mis compañeros marchaban a buen ritmo; yo, todavía apunada... ¡hacía lo que podía! Salimos a las 9:30 y comenzamos a ascender por un extenso pedregal, decorado con grandes rocas de basalto. Alrededor de las 16:00, concluido el ascenso por la quebrada, cada uno a su tiempo, llegamos al campamento. Y después de armar la carpa, acomodar lo que habíamos llevado y descansar unos minutos, emprendimos la bajada. Llegados al campamento inferior y vencidos por el cansancio, nos dispusimos a dormir lo mejor que pudimos.
El martes 12 por la mañana, luego de desayunar, partimos con Maxi a las 10:30, por la misma ruta del día anterior. Emi decidió no tirar para arriba, luego de una mala noche y, en cambio, descansar para alcanzarnos al otro día. Durante la marcha, más allá de lidiar con cierta monotonía del camino andado, desandado y vuelto a andar, aliviaba saber que al final nos aguardaba una carpa lista para habitar. El día se presentaba en excelentes condiciones y un arcoiris entre las nubes nos auguraba buena suerte, quisimos creer.
Alrededor de las 16:30 llegamos al campamento de altura. Lo demás se resumió en descansar, tomar unos mates, charlar, cenar e hidratar. A la madrugada del día siguiente, intentaríamos la cumbre.


Tejiendo rutas
A eso de las 21:30 del miércoles 13, un poco trasnochados tal vez para la empresa que teníamos por delante, nos dispusimos a dormir. Entre aprontes y demás partimos a las 4. Un poco más tarde de lo previsto, pero estábamos confiados en el tiempo que solo pronosticaba para ese día algo más de viento y nubosidad que los anteriores.
Caminamos un tramo sobre piedra hasta el inicio de la pala de nieve. Nos colocamos los crampones y comenzamos a subir. Habíamos temido encontrarnos con demasiados penitentes como los que vimos por la quebrada el día anterior pero, en su lugar, nos hallamos con buena nieve, apenas profunda en algunos sectores, y buen hielo para ir trepando la pendiente de unos 45°.
Subíamos por la Ruta Sur. Pero, llegados a la bifurcación de la pala en dos corredores de nieve, a 6.329 msnm (S 24°43.502’/O 068°32.117’), que permiten continuar esta ruta, por la izquierda, o la Ruta Sureste por la derecha, decidimos con Maxi seguir por la Ruta Sureste. La razón fue simple y práctica: la canaleta, si bien no tenía nieve hasta el final, se presentaba más cargada y más a resguardo del sol que nos alcanzaría más tarde, gracias al roquerío de la derecha. En cambio, la Ruta Sur, aunque conservaba nieve a mayor altura, en ese tramo presentaba un terreno mixto que nos hubiera dificultado el progreso con los crampones. Ambos corredores tienen aproximadamente 55° de pendiente (Bracali, Almaráz, 2012).
La canaleta de la Ruta Sureste, luego de terminada la nieve, continúa un tramo más pero de acarreo bastante flojo, lo que dificulta la subida a esas alturas, y concluye en un hombro. Cuando llegamos ahí (6.663 msnm, S 24°43.247’/O 068°32.101’), con algo de dificultad para progresar en el acarreo a pesar de que buscábamos las rocas más firmes, divisamos tras una hondonada, la huella de la Ruta Arqueológica con la que se conecta la Sureste. Así que bajamos unos metros entre pequeños neveros y comenzamos nuevamente a subir, por ella. Es decir que en ese punto conectamos las tres rutas, la primera, Sur; la segunda, Sureste, y la tercera, Arqueológica.
Finalmente, alrededor de las dos de la tarde arribamos a la Plataforma Ceremonial a 6.724 msnm (S 24°43.155’/O 068°32.166’) o adoratorio cumbrero. Y hasta allí llegamos, a 15 metros nada más de la cumbre principal, que implicaba trepar el torreón ubicado al sur. El tiempo parecía descomponerse con bastante viento, y unas nubes amenazantes lograron inquietarnos un poco. A eso se sumaba que Emi se encontraba abajo y, seguramente, estaría preocupado por nosotros a causa del estado del tiempo. Por lo que decidimos sacar unas fotos, visitar rápidamente las chozas dobles incaicas situadas apenas unos metros más abajo del adoratorio y emprender el regreso.
Si bien la decisión fue la acertada, en mejores circunstancias es posible imaginar que la experiencia de haber llegado a ese lugar tan emblemático hubiese estado acompañada de otro tipo de intensidad. Eso que algunos montañistas denominan “la mística de la montaña”.
La nuestra fue intensa a la vez que apresurada y la prisa por descender solo se vio aminorada por el cansancio y la prudencia de cada paso. A eso de las 17:00 estábamos de vuelta en el campamento. Nos metimos en la carpa a descansar y le contamos la aventura a nuestro compañero. Perfectamente aclimatado, Emi nos contó su experiencia y supimos que, en efecto, había estado esperándonos preocupado por el tiempo. Y, si bien en un principio se dispuso a hacer su intento de cumbre solo, finalmente el dilema se dirimió por la alternativa de dejarlo para otra oportunidad.
Aunque deseábamos coronar la cumbre los tres, fue una decisión sensata. Y, dado que conocemos la posibilidad de que el ascenso se frustre en algún momento y por diversas razones, buscamos la satisfacción en el trayecto, en la permanencia al pie del cerro y de sus laderas, en el intento por el intento. Al fin y al cabo, quizás sea ese el auténtico modo montañista.


De regreso
Bajamos la tarde del jueves 14. Al llegar al C1, encontramos que Javier ya nos estaba esperando antes de las cinco de la tarde como habíamos acordado. Traía con él algo de arroz y unas milanesas de llama con las que nos convidó y que devoramos ávidamente ¡y por religiosos turnos!
Antes del anochecer ya estábamos en Tolar Grande. Al día siguiente, y luego de hacer un poco de turismo local frenético alquilando bicicletas de mountain bike para llegar hasta la Cueva del Oso y los Ojos de Mar, regresábamos a Salta en el colectivo que hace el recorrido semanal desde Tolar a la capital provincial.
Volvimos sintiendo y pensando en mucho más que solo la experiencia deportiva que había significado para cada uno esta ruta. Difícil sintetizarlo en estas líneas y con palabras propias. En ocasiones las palabras ajenas nos resumen mejor. Y pienso que Lamuniere, como al inicio, logra sintetizarlo muy bien:
“no considero que el montañismo sea un deporte sino una lección de vida. Los medios pueden ser deportivos pero la finalidad es una lección de vida. La montaña transmite el conocimiento de la propia fuerza, la propia capacidad y propias limitaciones que son tan importantes como la fortaleza, lo que permite conocerse a uno mismo.”
En relación a sus palabras, andaba pensando que al final, la montaña no solo permite conocerse a uno mismo. Creo que la lección no es individualista. Siempre permite también conocer a otras personas, en un sentido íntimo. Y se presenta casi como un pretexto. Días atrás cuando todo estaba indicando en Salta que el proyecto daba más para visitar las bodegas y viñedos de Cafayate que las laderas del Llulla, vengo a descubrir que cobraba sentido haber viajado desde el Litoral a la Puna para reconocer una verdad simple y perfecta. La amistad es inagotable en cuanto a que siempre encuentra nuevos rostros en quienes reflejarse.


Algunos datos útiles
Fuentes consultadas:

  • Sobre las rutas: Bracali, D. y Almaráz, G. (2012). +6500. Una forma de dimensionar los Andes. Mar del Plata: Vertical.
  • Sobre Tolar Grande: se puede consultar esta página entre otras: http://tolargrande.gob.ar/

Permisos: Debido a que el volcán fue declarado “Santuario Arqueológico” por la UNESCO, es preciso solicitar un permiso al Museo de Antropología de Salta, que depende de la Dirección General de Patrimonio Cultural, con una anterioridad de siete días hábiles. En la siguiente página se encuentran los formularios que deben presentarse por triplicado: http://qhapaqnan-salta-argentina.blogspot.com.ar/p/blog-page.html
La conservación: El permiso de ascenso entraña el compromiso de dejar intacto cualquier resto arqueológico que se encuentre; o, si se trata de un hallazgo importante o desconocido, informar sobre su ubicación (Bracali, Almaraz, 2012).
Vehículo 4x4: Javier Calpanchay, Tolar Grande. Celular: 3874667772.
Días que abarcó la expe: del domingo 10 al jueves 14 de enero de 2016.
Página de meteorología: http://www.mountain-forecast.com/peaks/Llullaillaco

 


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