Cara Oeste Cerro Torre,
Sergio Camacho nos
cuenta su expedición
El primer ascenso (no disputado) es el realizado por los italianos Casimiro Ferrari, Daniele Chiappa, Mario Conti y Pino Negri en 1974. Lograron escalar hasta la cumbre real, incluyendo el mítico hongo somital, en una expedición de dos meses. En 1977, el primer ascenso estilo alpino fue completado por Dave Carman, John Bragg y Jay Wilson de los Estados Unidos, que emplearon una semana para hacer cumbre.
En diciembre del 2008 Sergio Camacho y Charly Galosi escalaron el Fitz Roy, tres años después han conseguido subir, en apenas cuatro días al mítico Cerro Torre.
El 23 de diciembre 2011, Sergio y Charly salen hacia el paso Marconi y tras 14 horas de marcha, llegan con los trineos a la base del Filo Rojo, en del Circo de los Altares donde instalan el campamento. El 24 hace un tiempo de perros y pasan la Nochebuena sujetando la tienda para que no se vuele. El pronóstico dice que el 25 y 26 el clima será bueno hasta el 26 por la noche, cuando comenzará a empeorar rápidamente.
Son las 5 de la madrugada del 25 cuando empiezan a caminar por el glaciar, forman una cordada atípica: Charly realiza el trabajo “sucio” (abre huella, carga más peso, cocina y se concentra en memorizar la ruta para el descenso) y Sergio escala todos los largos de primero. “Vamos bastante cargados, rampas fáciles, de 65 a 70 grados, pero de hielo muy duro.” A partir del Col de la Esperanza escalan tres largos por un recorrido surrealista, pasando por debajo de formaciones desplomadas de nieve inconsistente. A las 4 de la tarde alcanzan la base del Casco, el primero de los grandes hongos de nieve que deben superar, en su mayoría presentan caras desplomadas que los hacen prácticamente inescalables, son formaciones típicas de las agujas de la Patagonia, debidas al viento y la condensación. Mientras observan por dónde discurren los largos de mixto que les esperan mañana cae un bloque del tamaño de un refrigerador justo por la línea de los mixtos… “Bueno – comenta Charly - a primera hora estará todo más helado y firme…”. “Sí, el que no se consuela es porque no quiere”. Tras unas horas de descanso, vivaqueando en la pared, se dirigen a la base del Casco. “Escalamos fluido hasta que las dificultades y el roce de las cuerdas me obligan a montar una reunión. Charly se acerca, me pasa material y estudiamos juntos por donde será mejor seguir. Esta parte de mixto resultó más difícil de lo que nos imaginamos: la falta de hielo sobre placas de granito liso y bloques sueltos nos complican la protección de los largos.” Esta sección termina en la base del Head Wall, segundo crux de la ruta. Se trata de un muro de hielo de algo más de 60 m y de entre 85º a 95º. “La verticalidad te pone los pelos de punta, es el tramo más técnico de la ruta. El hielo es de muy buena calidad, durísimo, perfecto para emplazar tornillos con toda seguridad de que no saltaran, pero te exige el máximo de técnica y resistencia.” Por fin llegan ante cumbre: “Me quedo helado cuando ante mí se presenta la pared final del hongo somital. La nieve aquí es muy blanda. Aseguro a Charly, son las 4 de la tarde y el clima sigue muy bueno”. Instalan la reunión con unas estacas gigantes que fabrican para la ocasión. “Tardamos 40 minutos en decidir si lo intentamos o no…. Ahora entendemos por qué tantas cordadas se bajan llegados a este punto”
Comienzan la ascensión a las 5 de la mañana por una línea que les parece menos desplomada y deja intuir zonas con algo de hielo y escarcha, donde esperan poder colocar algún seguro. Desde que en 1997, Simón Elías y Josu Merino escalaron este largo haciendo un túnel en la inconsistente nieve, ésta ha sido la forma en la que se ha intentado las siguientes veces. Pero esta temporada hay menos nieve que en otras ocasiones y se ven obligados a escalar por fuera. La progresión es lentísima, es una mezcla de escalada artificial con salidas en libre, siempre al límite de que se vayan los pies o salten los piolets. “Tengo que limpiar durante minutos para encontrar algo un poco más duro donde sujetar mis piolets. Improviso unos estribos que cuelgo de los mismos, ya que desploma tanto que mis pies quedan sin apoyo en el aire. Los tornillos son “virtuales”, el poco hielo que encuentro es hueco y se rompe como una costra, llevo más de una hora y solo subí 4 o 5 m.” Charly va diciendo, desde su posición más panorámica, hacia dónde se tiene que dirigir. El clima sigue bueno: despejado y sin viento. “ Sigo con mi lento avance, mojado por la nieve que me cae al limpiar y por la transpiración del esfuerzo. Me cuelgo de un piolet que uso a modo de gancho y de un tornillo precario, el pie izquierdo en el estribo que cuelga del piolet, el derecho abierto a un lateral en el aire para equilibrarme. He encontrado una franja de hielo duro y desplomado, sin perder un segundo empiezo a enroscar el tornillo. El hielo es tan duro, y estoy tan cansado, que me cuesta mucho trabajo hacerlo girar con la manivela incorporada. Falta medio giro para terminar de colocar el tornillo…y….estoy volando, un piolet me golpea el casco, se acelera mi caída, están saltando los anclajes.. Espero que la reunión aguante… se detiene la caída, estoy colgado cabeza abajo. ¿Gallego, estás bien? ¿Estás bien? - me grita Charly. Tardo unos segundos en responder, pues no puedo ni hablar de lo agitado que estoy. Sí, estoy bien, creo que no me he hecho nada…….”. Ha sido una caída de unos 15 m, saltaron varios tornillos y la reunión intermedia…… “Ché Gallego, no te muevas mucho, que lo que te está sujetando es la cuerda congelada de la pared”. Me incorporo como puedo, le pregunto cómo está su reunión, me tranquiliza su respuesta - “a prueba de bombas, ya lo acabamos de comprobar,…”. Lo lógico, pienso, es bajarse,…. Ya está, lo hemos intentado, otros alpinistas más potentes que nosotros se han bajado de aquí, por qué seguir… Charly comenta en voz alta lo mismo que yo estoy pensando…. “Bueno, primero subo al último anclaje para recuperar todo el material que pueda, luego vemos….” – le digo. Me ayudo con la cuerda y con más miedo que vergüenza llego poco a poco al tornillo que me sostiene. Espero que la cuerda congelada no se suelte o caeré unos cuantos metros hasta que todo se vuelva a tensar. Escalo los metros que faltan hasta el tornillo que estaba a punto de chapar, me cuelgo de él, descanso un instante,… “Charly!... lo voy a intentar, estate atento por las dudas”, como si tuviera él otra cosa que hacer,… Me anima como siempre. Instalo otro tornillo en la misma franja de hielo bueno, monto un triángulo de fuerzas y paso la cuerda por un mosquetón con seguro. Éste si es un buen anclaje, estoy seguro que detendrá cualquier posible caída. Ya son las 8 de la tarde, todavía tardaré casi 2 horas más para salir de los desplomes y llegar a la cumbre…”
Son las 10 de la noche, solo tengo una estaca que instalo en la nieve más dura que encuentro. Le grito a mi compañero (ya no nos vemos por el cambio de pendiente) que suba lo más rápido que pueda y traiga mi abrigo. A los 5 minutos de estar en la cumbre empieza a soplar viento, sabíamos que el clima cambiaría en las últimas horas del día 26, y así fue,… Estoy detrás de un murito de nieve que me protege del viento, y aun así comienzo a tiritar compulsivamente… “Lo conseguimos, tronco”. “Sí, pero vámonos de aquí”. Le pido que me ayude a abrigarme, pues yo solo no puedo ni abrirme la chaqueta. Rapelamos durante toda la noche, teniendo que abandonar tornillos. Con las primeras luces llegamos al vivac en la base del casco y nos refugiamos un par de horas en los sacos y fundas de vivac. No puedo dormir, tengo alucinaciones y pesadillas, veo hongos que se transforman en caras con grandes ojos y bigotes que me miran fijamente. Cada vez el viento aumenta más, tenemos que seguir bajando, todavía estamos muy lejos de la tienda. Por si no fuera bastante, se nubla todo y no vemos con claridad por dónde debemos bajar. Menos mal que Charly está más pilas que yo y se orienta entre la ventisca. Hay ráfagas que superan los 100km/h en el Col de la Esperanza, debido a la orografía, que acelera el viento. Para poder rapelar, es necesario que el primero sea descolgado por el otro para que las cuerdas estén abajo y no enredadas volando por encima de nosotros. Lo que un poco más arriba eran nubes de ventisca, aquí descarga en lluvia. Pensamos que esto no se acaba nunca, nos hundimos en la nieve hasta la cintura, nos separamos todo el largo de cuerda para evitar provocar una avalancha. Mojados y agotados, pero contentos llegamos al Filo Rojo, a nuestra tienda. Son la 7 de la tarde del día 27 de diciembre, han pasado 62 horas desde que salimos de aquí.”
La noche les castiga con una furia endemoniada de viento, que termina rompiendo la tela de la tienda. La cosen en plena tormenta, uno dentro y otro fuera de la tienda, para pasar la aguja. El día 28 amanece despejado y con menos viento, es una tregua transitoria ya en unas horas está anunciado alerta meteorológica. O salen del hielo inmediatamente o se quedan con los italianos en su cueva una semana… Sin dudarlo, a todo trapo, trece horas después llegan a la Hostería El Pilar en Calafate.
“Hasta ese momento no habíamos sido realmente conscientes de lo que habíamos hecho… Para mí es la culminación de un sueño, la realización de algo que pensaba imposible, como una fantasía de mi adolescencia…”
Sergio Camacho Villalobos
Guía Alta Montaña UIAGM |









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