Febrero 2010    

 
 
 

Cumbre y conservación en el Aconcagua

Por Diego Ferrer

Estábamos a mitad de marzo, ya finalizando el periodo de ascenso en el Parque Provincial Aconcagua y el campamento Plaza de Mulas estaba siendo desmantelado, quedando vestigios de lo que un par de meses atrás fue una ciudadela viva y llena de energía a 4.300 metros de altura. Las mulas cargueras exhalaban su cansancio a cada paso y sus siluetas apesadumbradas reflejaban un largo trabajo incondicional. Los arrieros detrás, procuraban no perderlas de vista. Los pocos andinistas que deambulaban por los senderos corrían apresurados y con gran esfuerzo para no ser atropellados por los animales.

El frío pegaba duro para esa época, y los duvet de colores estaban a la orden del día. Las carpas amarillas temblaban con el fuerte e inclemente viento de altura, moldeándolas a su antojo. Desde adentro, y por las sacudidas, emergían semidormidos sus moradores con ansias de buen tiempo para descender hacia Mendoza.
Entre el desarmado de los campamentos y la bajada de los grupos desde la altura, llegó al campo base una expedición de 4 personas para intentar la cumbre, la ultima de la temporada. Estaban con los días contados, pero con toda la energía para lograrlo. Mientras esperaban pacientemente una ventana de buen clima, pasaron unos días con nosotros, los guardaparques. En nuestro caso, teníamos pensado subir para revisar los refugios, limpiar y bajar basura, controlar los descensos de los andinistas y “cerrar” los ascensos al cerro. Así que nos pusimos de acuerdo, el guía, su porteador, sus dos clientes y tres guardaparques para subir todos juntos.

A los tres días de su llegada, hicimos nuestra primera incursión hasta Nido de Cóndores a 5.400 metros. Ellos dejaron comida a mitad de camino, en Plaza Canadá, y volvieron a Plaza de Mulas para aclimatar mejor, ya que la subida y bajada le sirve al cuerpo y es muy efectivo.
Nosotros seguimos, pues estábamos en el base hace varios días. Al pasar por Plaza Canadá (4.900 metros) registramos a una pareja de Matamico Andino, ave carroñera pariente del Carancho que tiene una sorprendente resistencia a las alturas. Suele alimentarse de desperdicios e incluso, valiéndose de su fuerte pico, abren bolsas con comida que dejan los andinistas como reserva. También observamos un insecto bastante curioso y que luego identificamos como un Dermáptero, relacionado con los insectos “tijereta”. Limpiamos un poco, ordenamos y rotulamos los depósitos dejados por empresas y proseguimos viaje. Llegamos a Nido y nos pusimos a reacondicionar el lugar, juntamos basura y revisamos los equipos de emergencia ubicados en dos tachos azules cercanos. Cabe destacar que este equipo técnico fue donado por la viuda de Fede Campanini para poder asistir mejor en los operativos de rescate, que se realizan con la Patrulla de Rescate y los voluntarios. Juntar bolsas de nieve para derretir y tener agua fue la tarea obligada para proveer del tan ansiado líquido vital. La “boyita”, como conocemos al diminuto refugio apostado allí, apenas nos soportaba a nosotros tres. Apretujados dormimos la primera noche, afuera soplando Eolo con fuerza y susurrando aires de alta montaña.

Al día siguiente esperamos atentos la venida del grupo recorriendo los alrededores, hallamos bastante basura y la embolsamos. Por la tarde llegaron los 4 expedicionarios, todos en buena forma. Mantuvimos una charla en el refugio atestado, mientras un increíble atardecer nos regalaba esperanzas de buen tiempo. Hablamos de cómo mejorar la gestión de residuos del parque, del valor que tienen los glaciares y el agua como recurso único para Mendoza y para la humanidad, de la importancia de transmitir la responsabilidad de cuidarlo al que visita la Laguna de Horcones y al que viene ha conquistar la cumbre, a todos por igual. Todo acompañado de queso, salamín, jamón y otras delicias culinarias y energéticas. Mientras, y entre nosotros tres, también discutíamos la posibilidad de agregar a nuestra labor un premio extra, el intento de cumbre. Ninguno lo había hecho aun y después de todo, podríamos asistir al grupo en cualquier problema, y eso nos dejaría mucho más tranquilos y mantendríamos informado a nuestros compañeros de la base.

La salida de Nido fue con un viento algo frío, pero aceptable. El guía y su gente salieron de madrugada, ya que tenían un paso más lento, y preferían hacer el camino más despacio y evitar cualquier síntoma de mal de altura. Un par de horas más tarde salimos nosotros, teniendo siempre a la vista al último de los que ascendían. La recolección de residuos se dificultaba mucho, ya que requería gran esfuerzo parar, agacharse y transportar la bolsa de basura. Berlín, campamento que se encuentra a 6.000 metros, consta de dos refugios de madera pequeños y uno grande con más espacio. Allí juntamos todas las almas, repartiendo cada centímetro de forma estratégica. Una maraña de bolsas de dormir, mochilas, marmitas, botas dobles, aislantes y ronquidos se mezclaban para hacer todo un verdadero folklore de altura. La temperatura descendió considerablemente, y el cuerpo tiritaba para producir calor. Los movimientos lentos economizaban energía, y aunque se presentara un banquete digno de un rey, el apetito disminuye. Comer y tomar agua, cosas esenciales para adaptarse y poder continuar con nuestro trabajo, pasaban a ser una incomodidad. Forzados lo hacíamos con disciplina, para contagiar al otro y así sobrellevar la falta de oxigeno. Con piqueta en mano, quitamos bolsas de basura pegadas con hielo al refugio, testimonio del paso de numerosos contingentes en varias temporadas. Regulando el aire con cada golpe, las despegábamos de a poco y las acomodábamos en otras vacías que habíamos porteado en la mochila. Pronto casi 10 bolsas esperaban ser evacuadas, de la forma más conveniente. Encontramos mucho papel higiénico y materia fecal dispersada, juntarlo a esa altura implica una tarea titánica, por lo que recogimos todo lo que pudimos. Deberemos, si queremos tener una montaña limpia, seguir haciendo hincapié en la responsabilidad personal de cada visitante, y mejorar nuestros controles y esfuerzos como guardaparques que somos.
El viento era violento y helado, bajando la sensación térmica de forma alarmante. No podíamos disfrutar mucho tiempo del maravilloso paisaje, el calor reconfortante que proporcionaban las bombonas de gas nos atraía hacia el interior del refugio repleto. Allí se dieron más charlas amenas de todos los tópicos posibles, algunos en español y otros en inglés. Montañismo, política, ecología y hasta fútbol fue el abanico de temas que desfilaron. Todo mientras comíamos fideos con salsa y queso rallado. La planificación para el día siguiente era la siguiente: 4 de la mañana saldría el guía con su grupo y a las 7 nosotros, detrás. Con un clima de frío demoledor, pero despejado, la montaña nos abría sus puertas para intentar su cumbre. La sombra del cerro proyectada sobre el horizonte nos enmudeció y la disfrutamos en silencio. Quedaba mucho camino por delante.  Nuestra tarea original estaba completada, limpiar los residuos desde Nido hasta Berlín, y dejar todo listo para evacuarlo. Ahora además acompañábamos al grupo por cualquier situación que surgiera. Así, partimos con una mañana perfecta Seba, Gonza y Diego.

La llegada hasta el refugio semidestruido de Independencia a 6.400 metros, fue difícil y duro, y el cuerpo ya daba signos de cansancio y síntomas de la falta de oxigeno. Ascendimos hasta la travesía, zona expuesta a fuertes vientos y en donde la nieve ya era continua, a diferencia de lo hecho hasta el momento, dominado por manchones aislados. Cada arremetida de viento constituía un fuerte cachetazo en la cara, por lo que su protección se hacia necesaria y esto dificultaba en gran manera la respiración. En este lugar la nariz se congela y los labios sufren de un hormigueo que se vuelve insoportable. Gonzalo estaba ya en malas condiciones (vomitó tres veces seguidas), por lo que resolvió volver. Este tipo de decisiones a esta altura se vuelven difíciles, pero tomarlas requiere de coraje y buen juicio, cosas que a Gonzalo le sobraban. Estaba dentro de todo bastante bien como para volverse sólo, y nos aseguro que podía bajar. Nos despedimos y continuamos con Seba. A lo lejos veíamos al grupo que iba a buen paso y estaban llegando a la Cueva, depresión grande a 6.700 metros que sirve de refugio antes de la Canaleta. En el otro extremo, la figura de Gonzalo desaparecía lentamente.

Con esfuerzo enorme llegamos hasta el lugar, donde descansamos e hidratamos profusamente. El cuerpo castigado por lo esforzado de la caminata (se requieren grampones ya que la pendiente con nieve es muy pronunciada) ya encendía sus luces de reserva, y la grasa del cuerpo era consumida de forma acelerada. Podíamos darnos por satisfechos por haber llegado hasta ahí. Pero estábamos bien psicológicamente (factor clave) y físicamente quedaba resto para continuar. Evitamos enfriarnos y nos pusimos en marcha rápidamente. Quedaba por delante un durísimo camino de nieve consolidada, pendiente acentuada y viento frío extremo. Arriba, el grupo avanzaba lentamente, absorbiendo todo el oxigeno a cada paso. Aquí el ritmo de ascenso se vuelve irrisoriamente lento, al punto que el avance demora un tiempo considerable. Clavábamos nuestros grampones en la nieve, de a una vez, nos apoyábamos con firmeza en los bastones, y así el cuerpo avanzaba. Ingresábamos de forma repetida grandes bocanadas de aire a los pulmones, las cuales nunca alcanzaban. Observando a nuestro alrededor, éramos testigos de un paisaje excelso de cumbres, nubes y colores que los ojos no podían captar en plenitud. Extenuados, llegábamos cada vez  más al objetivo. Unos breves pasos por un roquerío que le siguen a la canaleta y allí estábamos. La cumbre de América y de “nuestro” parque. Eran las 16 hs. del 24 de Marzo de 2010. Nos recibieron los muchachos, que recorrían febrilmente cada metro y emocionados nos contagiamos unos a otros de una alegría infinita. Miles de pensamientos cruzaron mi cabeza, mientras sacábamos las fotos de rigor, allí con la cruz nueva (la clásica desapareció esa temporada). Fueron escasos 20 o 30 minutos que pasaron de forma acelerada. Nos comunicamos vía handy con todos, desde el ingreso del parque en Horcones hasta Berlín. Todas las voces fusionadas en alegría y aliento. Entre todas ellas alcanzamos a escuchar una que…..nos ordenaba más trabajo! Revisamos el GPS de la cumbre (tarea asignada por radio), reacomodamos algunos paneles volteados por el viento, revisamos los cables y sacamos fotos. Estaba muy frío, unos 30 grados bajo cero, pero despejado y claro, lo que fue un obsequio que nos dio la montaña. Comenzamos a bajar con un lleno de espíritu, que en mi caso particular, no creo que vuelva a experimentar por bastante tiempo. Descendimos la canaleta, y uno de los clientes del guía comenzó a sufrir las consecuencias del cansancio y altura. Nos dispusimos a bajarlo encordado entre varios. Lo asistimos y pudimos llegar hasta la cueva. Allí se dispuso todo para que el guía pudiera continuar sin nuestra asistencia, ya que la persona había mejorado. Con Seba nos adelantamos hasta Berlín para ir preparando el lugar y derretir nieve. Dimos aviso a nuestros compañeros y a la Patrulla de Rescate para que se quedaran tranquilos y atentos. Nos dedicamos a descansar y a controlar por radio el descenso del grupo. Unas horas después llegaron al refugio y comimos e hidratamos todos juntos. Fue un día muy largo que nos marcó. La sensación de felicidad no se podía evitar y los abrazos se repetían. Todos nos prometimos encontrarnos en la ciudad, para continuar con la euforia de la conquista de la cumbre. Para nosotros fue algo raro, fue una aventura y también….. nuestro trabajo.