Febrero 2010    

 
 
 

Monte ZEBALLOS

PRIMER ASCENSO

Por Jorge “Yuyo” Tarditti

El monte Zeballos está ubicado al noroeste de la provincia de Santa Cruz, a 65 km al sur del  Lago  Buenos  Aires y de la ciudad de Los  Antiguos, siguiendo la Ruta Prov. N° 41, a unos 20 km al  este del límite internacional, y de la divisoria de aguas del cerro Jeinemeni (aprox.  2800 m). En la cumbre del Zeballos el G.P.S. indicó 2.005 m.s.n.m.
Integrantes: Ananías “Pinocho” Jômnuk, oriundo de Los Antiguos,  Santa Cruz; Aldo  Mordacci y Felipe  González, ambos de Río Gallegos, Santa Cruz, y Jorge “Yuyo” Tarditti, de Córdoba.

Todo se potenció al bajar por última vez en la temporada ‘2010 del Aconcagua, y desde Puente del Inca el día 27 de febrero le hablo a Aldo Mordacci a Río Gallegos y me insiste en hacer una guiada muy particular en el sur, lo más rápido posible. Mi respuesta en el momento fue “¿Qué te pasa calabaza? ¡Pará un poquito, guaso! Quiero ver a mi esposa y las dos nenas, y recién entonces ir para allá.
Hacía mucho que no agarraba una cuerda, porque en el Chañi, Vallecitos y Aconcagua estuve guiando solamente en rutas normales, y los bastones venían siendo mis  elementos más técnicos. La sola idea de ver alguna lenga o ñir, y de respirar ese purísimo airecito de Santa Cruz, me inspiró y me terminó de decidir.
Cinco años atrás, en el 2005, veníamos con Aldo desde Chile, de la zona del Rio Baker, y al pasar por Paso Roballos hacia el sur, es decir hacia Los Antiguos y Lago Buenos Aires, vimos al este desde la ruta provincial n° 41, una torre que culminaba en forma de pirámide. “¿Y  eso?”, le pregunté. “Creo que se llama Zeballos” me contestó, y no tenía noción de que alguien lo hubiera subido. En un mapa local de turismo de Los Antiguos figuraba el mencionado cerro, asignándole 2.700 m. Y quedó en suspenso el comentario de “¿Qué lindo seria subirlo, no?
A todo esto Ananías (Pinocho) contactó y terminó de entusiasmar a Aldo, y luego se sumó Felipe, ambos de Rio Gallegos; y comenzó la fiebre por subirlo.
Mi desafíos eran: guiar a mis amigos en una montaña desconocida, Pinocho jamás había tocado un arnés, y la edad promedio del grupo era de 58 años… (sólo Felipe y yo tenemos menos de 55 años).
Lo importante era ir a lo desconocido y a lo remoto del este objetivo.
El día 2 de marzo de este año 2010 me encuentro en Caleta Olivia con los Galleguenses. Asadito a la noche y dormimos en la casa de la hermana de Felipe. Temprano en la mañana seguimos viaje en la camioneta a Perito Moreno.  Almorzamos en la casa de Natalia (hija de Aldo) y seguimos hasta Los Antiguos donde se sumó Pinocho, protagonista de este relato. Sólo estuvimos un ratito en su huerta de “frutos finos” muy típicos de esta localidad.
Seguimos hacia el sur en dos camionetas y luego de unos 65 km apareció la montaña, pasando un abra en el camino, mirando hacia el oeste. Al oeste de la ruta se veían sectores de bosques, arroyos de deshielo, montañas nevadas, etc. Y hacia el este, el desierto típico de la estepa Patagónica.

Y comenzaron nuestros dilemas: ¿Por dónde lo encaramos? Dónde dejamos los vehículos? Al menos un río que venía de unos vallecitos de deshielo al norte del cerro nos aseguraría el agua, de una pureza inigualable. Para dejar las camionetas a buen amparo, las dejamos en los trailers de vialidad, aunque no alejase un poco del pie de la montaña. Había varios “viales” que obviamente conocían a Pinocho (parece ser q´es todo un personaje en Los Antiguos), y nos trataron muy bien siempre. Aunque nos veían  como seres extraterrestres sin entender por qué queríamos salir enseguida (eran las 18 hs).
Comenzamos a caminar en dirección noreste. Al cerro lo teníamos siempre a nuestra izquierda y nos aproximábamos al río que habíamos cruzado con los vehículos unas horas antes. Había unas formaciones impresionantes de roca volcánica que parecía arenisca-basáltica, muy raras, en un suelo de acarreos y vegetación achaparrada. Subimos a un filo volcánico, bajamos y acampamos a metros del río de agua cristalina. El lugar era un paraíso. ¿Qué más podíamos pedir?

Muy temprano seguimos, remontando el río y tratando de encontrar el lado débil de la montaña; imaginábamos la constitución de la roca y nos preocupábamos… La torre la teníamos al sur y siempre  veíamos un filo en dirección N.O. para encarar la ascensión hasta el promontorio final, que  lo divisábamos con mucha claridad. Con nuestras mochilas bastante pesadas, por suerte siempre encontrábamos alguna senda de animales en la margen izquierda del río. Seguimos remontándolo, cruzándonos a la derecha y pudiendo disfrutar unas bellísimas cascadas, casi debajo del cerro. En tres horas de aproximación desde el campamento llegamos a lo que nos pareció un gran cráter, con lagunas y neveros que desaguan de los otros picachos que acompañan al Zeballos, algunos de ellos casi de la misma altura, como “El Lápiz”. Armamos el campamento justo debajo de un gran acarreo que sería nuestra ruta de ascenso. El filo que veíamos desde abajo nos quedaría a la izquierda, luego un nevé al pie de la torre final, y desde ahí… la incógnita total !
Teníamos mucho tiempo y decidimos hacer un reconocimiento para ver otras posibilidades. Fuimos  rodeando el cerro y hacia el S.E. hasta un col entre el Zeballos y otra pequeña cumbre por unos acarreos y pequeños neveros, y desde ese punto pude interpretar todo perfectamente: es como un cono volcánico, y el escape de toda el agua de los neveros es exactamente el río por el que aproximamos. La montaña desde el sur es imposible: roca muy descompuesta y paredes verticales de más de 800 metros. Se ve el San Lorenzo en la distancia (unos 70 km hacia el sur) y la ruta provincial Nº 41 donde dejamos los vehículos. Casi había rodeado el cerro, y cuando iba a regresar con mis compañeros, ví una posibilidad para acceder hasta casi el final, al sur del filo que veíamos desde el campamento. Y al aproximarme, luego de un infernal acarreo, la roca no era tan descompuesta. Comencé a subir por unas placas encimadas haciendo extra plomos oblicuos y terrazas. No era difícil y estando solo igual me sentía seguro; unos 300 m aproximadamente de entre tercero y cuarto grado, máximo. Llegué al filo y continué subiendo por roca realmente podrida, hasta casi el promontorio final. Estaba muy enchufado con la idea, pero no lo veía factible. La roca en su punto final, en la torre de unos 180 metros era bien descompuesta. Desciendo por las piedras sueltas, acarreos de piedra más grande, luego más chica hasta el pastizal y el campamento. Fueron unas cuatro horas del reconocimiento.
Ya en el campamento todavía hicimos la planificación para el día siguiente y decidimos salir a las 04.00 a.m. para el asalto a cumbre. Cenamos todos muy animados, y el tiempo parecía estable.

A la hora convenida salimos de nuestras carpas, desayunamos, y a las 05.00 a.m. estábamos en marcha. No me gustaba el color del cielo, ya sabía por otras ascensiones que el “cielo lechoso” no era el óptimo. El acarreo ahora parecía con más pendiente, que cuando baje ayer, siempre se nos caía algún bloquecito que teníamos que esquivar. Realmente peligroso, tratábamos siempre en ir lo más oblicuo posible. Aparecieron las primeras nubes lenticulares presagiando tiempo incierto. La cabeza se me llenaba de números, estadísticas… pero ¡vamos pa´rriba che, sigamos! Comenzaba  mi mayor desafio: escalar un pico virgen, guiando. Se me juntaron una mezcla de sensaciones:  “La pasión  tuya te vence a la razón”, me dice siempre mi gran amigo Gustavo Frade… Pero bueno, sigo vivo. Será que me cuido.
Pinocho estaba más que entusiasmado por subir. En su segundo día de contacto con la escalada estaba junto a Felipe, Aldo y yo en una empresa  única! Siempre quería colaborar en todo.
Venía una travesía oblicua y a la derecha, por unos infernales pedreros hasta alcanzar otro filo que nos depositaba directamente a 300 metros arriba. Un nevé muy inclinado nos hizo dudar de si hubiéramos llevado los grampones. Pero hubiera sido para hacer sólo eso. ¡Vamos, vamos; pongamos pilas, y no nos caigamos!

Eran las 09.00 a.m. y el tiempo seguía incierto pero estable. Poco viento, muchas nubes altas y el sol no se dejó ver nunca. Seguimos reconociendo la pared, ya casi en la base, combinamos que haría otro rodeo buscando otras posibilidades, y allá fui con cuidado; ellos siempre a la vista. Muchos bloques sueltos, seguí hasta el final del filo que había alcanzado ayer pero esta vez más arriba. Algo se veía directamente arriba… parecía una chimenea de 35 ó 40 metros, bastante potable. Luego una repisa, un filo rocoso tipo espolón de 40 metros, otra repisa y el final incierto de 30 o 40 metros más, de roca que se veía muy fea, descompuesta y suelta hasta la cumbre.
Los cuatro en el pie de la chimenea, me miraron y solamente con la mirada nos comprendimos: “¡Órale Yuyo!” A la vez estábamos felices de estar allí, y también teníamos miedo. Había hacia abajo un patio de 600 metros o más de canalones casi verticales de piedra totalmente descompuesta, y además  me preocupaban  los rapeles del regreso.
Comienzo la escalada, con mucho cuidado. Vº grado al comienzo, chimenea, 15 / 18 metros, coloco un friend n° 3, luego una travesía a una zona más expuesta  vertical pero de bloques un poco más firmes. Luego coloco otro friend n° 2, unos diez metros más arriba, lo combiné con una cableada en unas fisuras perfectas para asegurar. Salgo a una plataforma de piedras sueltas, no sin antes colocar una cinta larga a un reborde natural “bastante firme” y bien redondeado. Allí sería la reunión para los cuatro. El tipo de rocas me recordaban mucho a las también “bien descompuestas” de “Las Grandes Torres” de la pared sur del Aconcagua.
Con emoción los ví llegar a todos hasta allí. Ahora parecía posible, con dos resaltes-plataformas perfectamente visibles, estábamos en el filo N.O. Veíamos entre nosotros y el frente otra cumbre paralela a la nuestra, separada por un impresionante canalón de roca suelta.
Fuimos subiendo en “cordada chorizo”: uno detrás del otro. Subía uno, aseguraba al de abajo, y así los cuatro, no nos parecía hacer dos cordadas de dos, por lo relativamente corto de la escalada (180 m, con desniveles y repisas). Con mucho cuidado nos trasladamos 20 metros hacia arriba por una repisa oblicua hasta otro resalte, Venían otros treinta metros de roca podrida en otro largo muy comprometido de IVº grado. Ni tenía sentido asegurar en esa roca; la cuerda en ese segundo largo era para uso “moral”. Nuevamente los cuatro arriba, nos asegurábamos en esa roca descompuesta haciendo malabarismo para poner siempre algo confiable. Ya olfateábamos la cumbre; se veía ahí a pocos metros.

Encaro lo que parecía lo más descompuesto de toda la escalada: unas placas encimadas tipo “estratos”. Podrías ser un IVº grado, pero de roca que estaba toda en el aire! Solo puse una protección en un seguro natural de “resalte” en este tercer y último largo.
Y apareció el San Lorenzo en el sur. La excitación me fue casi incontrolable: estaba en la cumbre!  Lloré de emoción antes de que llegaran ellos; me daba vergüenza que me vieran. Los aseguré en ese último largo sentado en la cumbre. Una cinta ofreció de seguro natural en un resalte que luego sirvió para el primer rapel. Las ceremonias del caso: abrazos, fotos, testimonios que indicarían la primera ascensión, etc.  Allí pudimos comprobar fehacientemente que eran dos cumbres gemelas, vírgenes y separadas por un collado muy estrecho hacia el sur; un patio vertical de casi 800 metros. Hoy por hoy creemos que es imposible esa ascensión. Pero lo mismo dijo Lionel Terray del cerro Torre y el Torre fue finalmente subido (valga la diferencia).
Estuvimos a las 14.00 hs en la cumbre del Zeballos, el 5 de marzo de 2010. El G.P.S nos indica 2.400 m (el mapa de turismo local dice 2.700 m). Pinocho enloquecido tocaba el cielo con las manos, Aldo y Felipe, ni que hablar.

Bajamos en tres rapeles, difíciles de anclar, peligrosísimos, algunos pequeños péndulos, miles de rocas que se caían, siempre hacíamos reunión los cuatro y seguíamos bajando. En el último rapel (el tercero) una gran piedra nos rompió la cuerda verde de Aldo… Pero ya está, estamos en la base de la torre. Quedaba bajar por los pedreros, casi verticales en algunos puntos. Siempre con cuidado, muy cansados y doloridos llegamos al campamento a las 18.30 hs. En ese momento el sol apareció apenas unos minutos. Ante la duda de quedarnos o desarmar y seguir, unánimemente preferimos seguir para abajo. Cruzamos el río al otro lado hacia el norte y bajamos siempre por la margen derecha (si lo vemos desde arriba para abajo) hasta el camino, al que llegamos a las 21.00 hs, pero 2 km más al norte de los vehículos. Quedamos con Felipe al lado del camino esperando y secando lo que podíamos de nuestras medias mojadas por el cruce del rio, mientras Aldo y Pinocho fueron a buscar los vehículos. Llegamos a Los Antiguos, donde ellos se quedaban unos dos días más. Yo me tomé el micro que sale a las 03.00 a.m. a Comodoro Rivadavia, combinación a las 08.00 hs a Buenos Aires y de ahí a Córdoba, donde llegué a las ocho de la mañana. En la terminal me esperaban Paula y las nenas..! Fuimos a desayunar juntos, como es costumbre cada vez que regreso de una “expe”.