Escaladas en el fin del mundo
Por Diego Nakamura
Esa mañana el despertador sonó temprano pero no tanto. Qué maravilla!, tan solo las 7am… Estaba fresquito, pero a su vez cálido para ser principios de junio, el termómetro marcaba 2 grados dentro de la carpa. Desayunamos tranquilos, era de noche y sabíamos que nadie nos apuraba. Estábamos en el valle de Tierra Mayor, junto a un pequeño arroyo, en el medio de un hermoso bosque patagónico. Apenas unos pocos días atrás habían comenzado las primeras nevadas de la temporada y gracias a ello el paisaje mostraba su esplendor matizado de blanco.
Sin prisa y sin apuro nos pusimos los uniformes para la ocasión: botas semirígidas, polainas, cubre, parka… Tomamos las mochilas armadas la noche anterior, la oscuridad aún persistía, es que en esta latitud y esta época, recién comienza a aclarar cerca de las 10am, lo cual suena lógico porque estamos en Ushuaia.
La logística aquí es muy interesante, la mayoría de los cerros y escaladas clásicas pueden organizarse en un día. Dado que la ciudad se encuentra rodeada por montañas, es posible tomar este punto como un confortable campamento base, sólo basta con tomar un taxi que nos deje en la ruta 3, al inicio de nuestra senda y con algún par de horas de marcha llegar al comienzo del pie de vía en un maravilloso cerro.
Cerro Alvear
En este primer objetivo pensábamos escalar el Cerro Alvear y el Cerro Domo Blanco, ambos separados apenas por un par de horas de caminata. El día anterior, el Chueco, nuestro amigo del hostel La Posta, nos había dejado en la ruta y tras caminar dos horas alcanzamos el pie del cerro Alvear. Decidimos acampar allí en la cercanía a un arroyo para evitarnos tener que derretir agua más arriba y además, de esa manera, estábamos más cerca para atacar el Domo Blanco en los siguientes días.
Hay quien afirma y reafirma que en Ushuaia el buen tiempo brilla por su ausencia, y parece que es cierto eso de que hay 350 días feos al año. Pero esta vez estábamos de suerte, las estrellas brillaban y ello era signo de que al menos no estaba nublado. El viento, apenas una fina briza, y nosotros caminábamos abriendo camino por el bosque nevado.
El día anterior habíamos divisado un buen paso para subir hasta una ladera del Alvear y elegido la ruta del glaciar sudeste, que inicialmente mantiene una inclinación de 45 grados y luego discurre gran parte a 60 grados, culminando con una salida de hasta 75 grados en hielo de óptima calidad.
Planeamos ascender rápido y escalar en ensamble, lo cual no resulta la técnica más recomendada para hielo por la fragilidad de los posibles anclajes, pero agiliza mucho la escalada y si los componentes de la misma se manejan con soltura, es aceptable para poca pendiente.
En nuestro equipo llevábamos unos diez tornillos de distintas longitudes y sólo una estaca de nieve aunque lo mejor es tener dos o tres para terreno blando. Afortunadamente un poco más arriba el hielo tomó consistencia, y con sólo limpiar una fina capa de nieve, era posible emplazar algún tornillo. Nos movíamos rápido. El glaciar tiene unos 600mts de recorrido prácticamente todo vertical con pendiente creciente. En un principio se asciende en “piolet bastón”, tomando el piolet por la cruz y utilizándolo literalmente como un bastón. Cuando la pendiente comienza a acentuarse es hora de utilizar la técnica de “piolet mango”, tomándolo en el mango justo por debajo de la cruz, gran parte del recorrido se realiza a 60 grados y esta última técnica es la más utilizada. Sólo escalamos los dos últimos largos asegurando y en “piolet tracción”, es decir tomando el piolet sobre su mango por debajo y traccionando en terreno vertical.
Ya avanzados en la escalada me paro un segundo y veo que viene un resalte con un poco de mixto. Mi compañero advierte que la cuerda se ha frenado y me mira atentamente; el también se encuentra inmóvil, pues en la técnica de ensamble los dos componentes se mueven al mismo tiempo y nunca debe quedar la cuerda floja. Veo que afloran algunas piedras sobre el manto de nieve ya de buena pendiente. Lucas y yo nos miramos y entendimos que era el momento de cambiar la modalidad. Entonces, lo veo acomodarse allá más abajo, para luego clavar las piquetas y montar un relevo, también suelta toda la cuerda sobrante que llevaba enlazada al cuerpo y seguimos escalando de a largos ya que la pared se volvía mas vertical.
Salgo de esas piedras resbalosas que sólo tienen una fina capa de nieve traicionera, lista para salirse en el primer arañazo de los grampones y un poco más arriba armo el relevo con los piolets más un tornillo que entra a prueba de todo.
Unos instantes después llega Lucas y sale hacia el último largo, el más bonito esta vez. 75 grados de hielo óptimo, los tornillos entran con fuerza, las puntas de las grampas y piquetas se regocijan al hincar sus dientes, la cuerda corre con ganas y el paisaje pinta los alrededores. Pienso por dentro que no veo a mi compañero, pero otras cosas que me distraen… ¡Qué lugar!, vuelvo a la realidad y pregunto: “Che, ¿todo bien por allá?”... Y por fin un grito de éxito, “Listo, ya está en la cumbre”, pensé.
Me toca mi turno, subo y ya sobre lo último pendo de las dos piquetas y levanto la cabeza. Lucas está sentado dándome seguro de cuerpo. No es la cumbre, es un pequeño plateau unos metros antes de la cumbre. Alcanzo a ver el lago Fagnano del otro lado y la inmensidad de los cordones montañosos que nos rodean, salgo y sólo nos restan unos metros caminando hasta la cumbre. La vista es imponente: el mar por un lado, montañas nevadas por doquier, lagos y lagunas, la cordillera Darwin del lado Chileno, sin desperdicio alguno, se siente la inmensidad en persona.
Bajamos por la ruta normal en apenas una hora, y alrededor de las 15hs estábamos en la carpa. Ésta es una de las grandes ventajas, escalar un cerro que se disfruta y llegar temprano al campamento. Devoramos lo que teníamos al alcance y nos fuimos directo a la carpa, pues los días son muy cortos y a las 17hs ya es de noche.
Con el primer objetivo cumplido descansamos para intentar al día siguiente nuestro próximo desafío.
Cerro Domo Blanco.
Esta vez nos levantamos a las 6am, pues la escalada también era corta pero teníamos algo más de aproximación, unas dos horas desde donde estábamos. Recorrimos todo el bosque que transcurre por un valle, pasamos por algunas castoreras grandes y alcanzamos, ya con las primeras luces del alba, una buena ladera del Cerro Domo Blanco, por la cual subir para llegar hasta un glaciar central del que se inicia un hermoso corredor de nieve con sus 60 grados. El faldeo fue sencillo, subimos sin mucho esfuerzo durante una hora por tramos de roca y nieve, hasta alcanzar el pequeño glaciar. Allí nos encordamos e hicimos una travesía para llegar al corredor. En la travesía dejé la estaca como punto de seguro. Nos movíamos en ensamble nuevamente y pensábamos asegurar en el corredor con algunos clavos y friends ya que se progresa por la nieve en el estrecho canal pero con paredes de roca a los costados.
Sin embargo transcurridos los 80 metros de corredor de piedra, no habíamos encontrado ni una sola fisura, por lo que me fue imposible colocar protecciones de ningún tipo y por lo tanto solo nos unía una cuerda fantasma, más peligrosa que útil, pues si uno de los dos se caía, inevitablemente arrastraría al otro por no haber puntos de seguro.
Luego del corredor siguen unos 200 metros más con pendientes de 60-65 grados, tenía esperanza de encontrar dónde colocar un buen tornillo y de suerte apareció una piedra con una buena capa de hielo donde colocar un emplazamiento.
Nos movíamos a buen ritmo siempre en ensamble. Yo venía por arriba abriendo huella, marcando los peldaños y unos 25 metros más abajo Lucas se movía a idéntica velocidad. El cielo estaba despejado, era el mejor día para estar allí, a medida que subíamos aparecían nuevos picos asomándose en el horizonte.
Al poco tiempo alcanzamos un col y desde allí ya se divisaba la cumbre. Estábamos eufóricos, faltaban unos minutos más caminando por una zona plana y luego una trepadita hasta unas salientes rocosas donde alcanzamos la alegría de la cumbre junto con ese placer de paisaje… Esta vez una gran laguna justo debajo del cerro y otras pequeñas por allí y por allá, el Canal de Beagle, una visibilidad increíble y la tecnología que nos permitió utilizar el celular para llamar a nuestro amigo el Chueco en Ushuaia y darle la noticia para que prepare el asado de festejo para el día siguiente.
La bajada fue una de las partes complicadas. Dado que no había forma de asegurar ni armar rappeles en roca ni avalakov en hielo, evaluamos la posibilidad de hacer setas de nieve, lo cual podría haber sido factible, pero optamos por destrepar volviendo para atrás todos nuestros pasos con los escalones armados. Si bien esto tiene su cuota de peligrosidad y lo hicimos sin cuerda por las razones antes explicadas, ya que es más peligroso hacerlo con cuerda que sin ella.
Así fue que volvimos a la ciudad para tomarnos un día de descanso y asado.
Monte Olivia
Nuestro próximo objetivo era esta vez el Monte Olivia. La estrategia consistía en tomar un taxi a las 5am desde la ciudad para que nos dejara en el hotel Australis Kauyeken al pie de la montaña y eso mismo hicimos. Nos juagaba en contra no conocer para nada el lugar y para colmo de males estar en plena oscuridad por lo cual nos dificultaría encontrar el camino correcto.
Comenzamos el faldeo por un pedrero que corresponde a un arroyo y subimos por un rato largo, pero cuando se acabó el pedrero llegamos a una zona de bosque. Eran como las 7.30hs, no veíamos nada y no sabíamos realmente por dónde continuar, por lo cual decidimos que lo mejor sería acurrucarnos un rato en algún árbol y esperar a que aclare algo. Así pasaron unas dos horas entre historias y chistes, ahora ya algo se veía y tocaba seguir, encaramos para un col cruzando algún nevero. Parecía el camino más evidente, pero presentíamos que estábamos semi perdidos.
Llegamos hasta un faldeo donde el cerro pegaba una vuelta y se veían neveros más arriba, la subida se ponía algo más empinada, tal vez a unos 50 grados, pero no requería ningún tipo de complejidad, de modo que nos dedicamos a ascender hacía un col bien marcado. Teníamos esperanza que una vez allí todo se aclarase, pero como era de esperarse, llegamos al col donde tuvimos una magnífica vista del valle y el cerro Cinco Hermanos, pero el Olivia todavía no dejaba ver su cumbre. Continuamos por unas laderas con buena nieve, caminando en diagonales, hundiendo las botas apenas por debajo de las rodillas y con una sola piqueta en mano.
Estaba comenzando a soplar viento fuerte cuando por fin llegamos hasta un lugar donde comprendimos que nos faltaba un buen tramo a la cumbre principal -la más alta del monte- y que al parecer estábamos llegando a una de sus cumbres secundarias. Nos habíamos equivocado de entrada y tomamos la ruta equivocada. Lamentablemente luego de estudiar el panorama, no encontramos conexión viable entre los dos prominentes picos o cumbres y debimos encarar la cumbre norte en lugar de la cumbre central o principal como teníamos pensado, que de todas formas, no nos regaló nada, porque nos exigió utilizar la cuerda y grampones para los últimos 30mts que subimos encordados.
El día estaba magnífico y podíamos ver la ciudad entera de Ushuaia con el canal de Beagle a sus pies, también se destacaban las hermosas montañas que apenas un par de días atrás habíamos ascendido, tomamos algunas fotos para el recuerdo y comenzamos el retorno. La bajada fue muy veloz, serían apenas las 15hs cuando nos encontramos nuevamente en la ruta y, como teníamos tiempo de sobra, nos volvimos caminando los 15km que nos separaban de la ciudad.
Fueron 5 días, tuvimos mucha suerte con el clima y realmente disfrutamos con plenitud. Hay muchos cerros por descubrir y conocer. Ahora que ya conoces algo más sobre este lugar, sólo queda una pregunta, ¿qué esperas para escalar en el fin del mundo?. |














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