Abril 2009    

 

DARÍO ALEJANDRO BRACALI

 

“Querido amigo
Cuántos horizontes equivocados pasaron por nuestras vidas para que el destino me privilegiara con tu compañía...
Cuántos arroyos salvajes habremos compartido, sin saber que el tiempo como el agua serían testigos de nuestra amistad...
Cómo voy a extrañar tu sonrisa, aún en los peores momentos, tu temple y tu voluntad...
Allá donde nada sobrevive estarás por siempre como un pequeño gran ídolo de las alturas.
Te despido con el mayor de los respetos y espero que tu espíritu me acompañe en las próximas aventuras...
En honor a Darío Bracali, desaparecido en el Daulaghiri el 3 de Mayo de 2008.”  

Texto de la placa puesta por Rolando Linzing en octubre de 2008 en el Cementerio del Montañés, en Puente del Inca, al pie del Aconcagua, Mendoza.

Un video con imágenes de Darío en la expedición al Dhaulagiri

TESTIMONIOS


Te despedí en medio de la montaña, bajando del cerro Pabellón en julio, pleno invierno con mucho frío, viento y nieve, ahí cerca de Las Grutas donde te gustaba ir, y cerca del estilo de montaña que te apasionaba. Grité para ver si oía algo raro, si sentía un sonido diferente y luego me prometí que se acabarían las despedidas y los momentos dolorosos. Que ya no valía la pena dar vueltas alrededor de algo irreversible. Si algo era claro en tu estilo era el pragmatismo, no sirve mirar atrás y detenerse, hay que hacer, avanzar y seguir.
Nos conocimos cuando publicaste en Desnivel un “intento” de guía práctica de la Alta Catamarca y te escribí al mail que indicabas en la nota ofreciéndote la información que yo tenía así podíamos armar algo mejor. Viniste a Mar del Plata lo más rápido posible, hicimos un asado y luego nos quedamos hasta que se hizo de día mirando libros y revistas históricas de montaña.
Trabajamos mucho y con mucho gusto recopilando bibliografía, y muchas veces pensamos diferente y no dimos el brazo a torcer ninguno de los dos, pero luego en algunos casos yo publicaba tu opinión porque era mejor que la mía y también encontré conceptos míos en tus publicaciones, y me dio mucho gusto.
Cuando viajaba a Buenos Aires me quedaba en tu casa y a la mañana tu perra me despertaba porque la venía a buscar el paseador y venía a ver quién era el que dormía en la bolsa de dormir.
Vivíamos la montaña en Buenos Aires o Mar del Plata; salíamos y visitábamos amigos, tomábamos cerveza en Gibraltar. Conocí a tus amigos y vos a los míos. Con los tuyos compartí los días en que todavía creíamos que podía ocurrir un milagro en el Dhaulagiri… y que te encontraran. Ahora cada vez que los veo, veo una parte tuya en ellos.
El montañismo es vivir intensamente y vos vivías justamente así. Todavía no llego a asumir que tu viaje sea eterno. Crecí como hombre y como montañista compartiendo con vos y egoístamente me hubiera gustado compartir mucho más juntos. Eras dueño de tu vida y sólo los que son dueños de su vida saben qué hacen con ella, pero no me sirve de consuelo sentir que estás en la cumbre anhelada. Mostrabas siempre tu cara fuerte, pero te conocí tus pocos puntos frágiles, que te hacían mortal y querible. Amabas la vida y debías vivirla intensamente.
Caminar por las montañas, en un medio hostil, donde el hombre es débil, provoca que uno se conozca realmente y que dimensione lo que es. Muchas veces quizá de una manera arrogante, pretendemos que sea más que un deporte, pero aunque lo sea es el único que las reglas las pone uno, son esencialmente libres y uno es su propio árbitro. Las tuyas eran maravillosas y eso provocó que puedas volar a través de tus sueños, pisando cumbres en un viaje sin par. Los compañeros de ese viaje te despedimos con dolor pero con el afán de continuarlo y pasar por alguna de las paradas que tenías previstas.
La Guía la vamos a terminar, lástima que no podamos discutir los últimos detalles. Espero que sirva para difundir el andinismo como era tu sueño y que en parte se cumpla el mío, que es honrar a un amigo, y que tu hija pueda encontrar una parte de su padre en un sencillo libro de aventuras en las montañas.
Guillermo Almaraz

Cuando un amigo se va…
Guillermo (Almaraz) me contó que terminaría el libro que había comenzado Darío sobre las montañas más altas de América, y me sugirió escribir algunas palabras como mero homenaje a mi amigo, y ahí mismo surgió la posibilidad de publicarlo en este homenaje que le hace “Al Borde”, y me sentí orgulloso de hacerlo para  quien había recuperado algo en mí, la hermosa y apasionante  tarea de escribir. Sin embargo cuando me senté frente a la máquina, no sabía qué hacer ni qué poner… Tantas aventuras y recuerdos me invadían que no sabia por dónde empezar. Así ha sido nuestra amistad, a pleno, como el vivía la vida, a fondo, con corazón y pasión, pero como dice en su canción Alberto Cortez: “Cuando un amigo se va queda un espacio vacío”, y así lo estaba sintiendo.
Un espacio vacío, pero solamente físico, porque en mi corazón y en mi mente están y estarán presentes para siempre, todas esas vivencias que forjaron nuestra amistad.
Querido Amigo quiero decirte:
Que a pesar de tu juventud, me diste mucha letra para pensar y muchas horas de tu vida para disfrutarte y compartir las mismas pasiones, la montaña, la vida…. la amistad.
Que aún hoy cuando camino algún sendero de las montañas salteñas, me asaltan las horas que pasamos juntos en todos los ascensos que hicimos aquí.
Que cuando  recorro la “Balcarce” en busca de una cerveza, no puedo dejar de sentir cada vez que suena el teléfono esas extrañas sensaciones de pensar que te fuiste nuevamente de viaje, y me llamás desde algún lugar del mundo, que llamas para saber de mi vida, o que nos veremos para seguir recabando información para tu libro.
Cómo no pensarte, si fuiste parte de una nueva etapa en mi vida, y te debo el estar aquí ahora. Pero en esta oportunidad simplemente  te quedaste para siempre en la montaña, tu lugar.
Amigo, ya escribiste las mejores páginas, ahora sólo dedicate a volar por los cielos y las montañas, a llenar los corazones de tus amigos y de tus seres queridos de esa inquebrantable pujanza e ímpetu que le pusiste a las cosas, de esa fuerza y vehemencia que tenías para subir montañas, o de ese espíritu incansable para enfrentar la vida.
Ahora dejame que yo te escriba. Darío a pesar de tu juventud, aprendí mucho de vos  en estos años de amistad. A pesar de la distancia nunca dejaste de estar cerca. Muchas veces pensábamos diferente pero igual nos poníamos de acuerdo. Hoy, aunque demasiado pronto, emprendiste el ascenso final a esa montaña que algún día también nos reunirá en su cumbre.
Fernando Santamaría
                                                     

Cuando me enteré de su desaparición estaba guiando en el Pissis a unos venezolanos. Llegamos a Fiambalá y me estaba esperando mi esposa. Por un momento pensé que quería darme una sorpresa ya que había viajado 1.800 km para encontrarme, pero no, lo había hecho porque tenía que darme una de las peores noticias de mi vida...
Uno puede estar preparado para morir pero nunca para escuchar que tus amigos se mueren. Con él se fue un gran compañero de escaladas invernales, imponiendo un estilo único y propio de ver los Andes.
Cómo no recordar el temple, la voluntad, el espíritu, la alegría y la entrega a sus ideales. Estas virtudes hicieron de Darío un ser especial con quien tuve el privilegio de compartir algunas aventuras.
En el 2007 realizamos el primer ascenso invernal del Tupungato, recuerdos imborrables se pasean por mi mente. En esos días de vueltas delirantes por el valle del río Las Tunas, los días cortos pero interminables pusieron a prueba el temple de cada uno de nosotros, ya que no sólo hicimos algo inédito sino que también filmamos un documental de la expedición, y eso implica un esfuerzo extra para tener la riqueza de las tomas que muchas veces había que repetir o esperar en condiciones extremas.
Los protagonistas eran Guillermo Glass de Esquel, Diego de Angelis de Bariloche y “el pollo” Garmendia de Tandil. Ellos acampaban juntos y nosotros con Darío éramos los “fantasmas", que no aparecíamos en cámara, pero a veces nuestras carcajadas podían atravesar el éter y arruinar alguna toma.
Creo que los momentos más tensos y emotivos fueron cuando en el campamento de altura el viento hacía de las suyas y nosotros aguantábamos con un bastón de esquí la carpa y cantábamos mas fuerte que el viento, una canción de Diego Torres que desde el “mp3” se empecinaba en pintar de color esperanza al furioso vendaval que rompió nuestros parantes entre otras cosas. 
También recuerdo el día de cumbre con -40ºC en medio de una tormenta: la imagen de Guille (Glass) congelándose como el robot de “Terminator” con el nitrógeno, mientras Darío filmaba y yo gritaba para que bajemos cuanto antes, pero a pesar de ello se escribió en el libro de cumbre y en la historia del montañismo argentino una linda página para recordar.
Sólo a Darío se le podía ocurrir medir los torreones cumbreros del Ojos del Salado; para eso hubo que llevar hasta la cumbre un trípode, un nivel y una regla extensible, elementos que aprendimos a usar los días previos al ascenso junto al ingeniero Claudio Bravo de Tucumán. Nos sentíamos como astronautas haciendo relevamientos en la superficie de la luna.
Recuerdo en Salta, junto a la base del cerro Quewar le enseñé unos movimientos de Tai-Chi mientras nuestro compañero de expedición Fernando Santamaría nos observaba espantado pensando que el mal de altura se había adueñado de nuestras almas.
Y así de montaña en montaña fuimos construyendo una amistad entrañable que nos marcó a fuego para el resto de nuestras vidas. 
El tiempo se encargará de sanar mis heridas pero realmente siento que he perdido algo muy valioso, que no quería perder... UN AMIGO.

Rolando Linzing

Lo conocí a Darío en el primer grado del Colegio San Cirano, de Caballito (Buenos Aires),  aunque empezamos a compartir tardes, “nesquiks” y tele, recién a partir de los nueve o diez años. Mis primeras experiencias con él en la montaña fueron en la zona de Bariloche, desde 1988 en adelante. Yo iba en enero con el “Grupo Andino Santa Julia”, creado en 1973 por el Padre Perrupato con alumnos del Colegio Militar Dámaso Centeno. Íbamos guiados por Andy Lamunière a hacer travesías en la zona del Tronador, y después me quedaba en Bariloche esperando a Darío para reiniciar el mismo camino, actuando yo como guía. A veces solos o con otros amigos, aprovechando las marcas que con bolsa de plástico rojo (totalmente antiecológicas) había dejado en la travesía anterior. La cocina me tocaba irremediablemente a mí (en esa época Darío se ufanaba de no saber encender ni un fósforo) y él  traía el equipo alimenticio, donde nunca faltaban los turrones Namur, salamines, pasas de uva y caramelos ácidos. Caminamos mucho juntos, y a pesar de que siempre teníamos discusiones, lográbamos equilibrar su ímpetu de hacer todo rápido y sabiéndoselas todas (él siempre tenía una respuesta con cara de seguridad total). Nuestra larga amistad hacía que muchas veces no me pudiese engañar fácilmente, con mi mayor serenidad  para encarar las cosas, sincerando las dificultades que a veces se nos presentaban. Fue mucho lo que disfrutamos juntos y los hermosos momentos compartidos, desde bañarnos desnudos en los pozones del Lluvuco, ver el amanecer llegando al pico Argentino del Tronador, noches de luna en la Laguna Azul o en el Lago Hess, o tratando de sacar alguna trucha en la Laguna de Los Césares.
Quien camina por las montañas oscila siempre en su andar entre la tierra y el cielo. La mirada por momentos se posa absorta en lo alto, en el cielo azul, diáfano, puro y nítido. Y, por momentos también se sumerge en la tierra, en la huella, en el escarpado y dificultoso relieve, y se afirma en la intención de seguir, de avanzar, de subir pendiente arriba, hacia lo alto.
Del mismo modo quien escala montañas se forja como hombre de cielo y de tierra. Su mirada transita continuamente y casi sin dificultad entre estos dos polos. Puede con naturalidad ir y venir como en un vaivén pendular, con su deseo a lo más alto del cielo, y con su voluntad de abocarse a pisar firme en la tierra para alcanzar su objetivo. Así era Darío.
Deseando la paz que dan el luminoso sol, el agudo silencio y la nieve de altura; deseando recrear su mirada en el diáfano cielo y gozar de la libertad de transitar por los filos y de alcanzar la cumbre. Su espíritu vibraba y se extasiaba en ello. Y planificando estas cosas, vivía en la tierra.
Gracias por tu ejemplo. Gracias por lo que aprendí de vos. Gracias por lo que me dejaste como valioso testamento. Gracias por tu amistad, la que perdura a través del tiempo, más allá de distancias y aún con sus diferencias. Amistad de corazón y de alma. Llegaste a donde has querido. Al lugar de la paz, de la armonía y la belleza. Con dolor te despedimos. Con amor te entregamos. Sabemos que el luto es para nosotros, aunque no para vos. Vos estás bien, en el más preciado paraíso jamás soñado. Te decimos gracias, te decimos adiós, te decimos hasta pronto. Quedás en nuestro corazón y en nuestro recuerdo. Vos amás las alturas, y yo desde mi creencia te encomiendo al Altísimo.

Guillermo Otamendi

En forma paralela a la intensa actividad en montaña, Darío, casi con el mismo ímpetu y entusiasmo, se dedicaba a compilar información y escribir acerca de nuestro deporte. Con gran dedicación y metódico rigor se había convertido en un gran colaborador del Servei General d’Informació de Muntanya, de Cataluña, a quienes permanentemente remitía material para enriquecer la biblioteca de tan importante institución. Así es que nos conocimos en el año 2004, intercambiando información y material bibliográfico, y a partir de ese momento mantuvimos un contacto permanente e intenso. Poco tiempo después ya nos encontrábamos caminando juntos en la cordillera Cachi-Palermo, donde realizamos una travesía uniendo varios “seismiles”, y luego siguieron otras ascensiones.
Destaco esto debido a que no sólo hemos perdido un buen amigo y montañista, sino también a un gran documentalista, que generó numerosos artículos y un par de libros, uno de los cuales publicó la editorial española Desnivel y, últimamente, se había apasionado con las filmaciones y todo lo relacionado con ese mundo, creando junto a Guillermo Glass, la empresa Arista Sur y generando múltiples proyectos.
Me tocó en suerte compartir con Darío múltiples facetas de su personalidad: el montañista, el amigo, el intelectual, el emocional, el divertido, como también me tocó compartir la última expedición y sus últimos momentos, los cuales atesoraré siempre en mi ser.
Darío era un amante de la vida, la disfrutaba y celebraba permanentemente, y siempre se lamentaba que fuese tan corta… Pese a su juventud y su pronta partida, él nos dejó no sólo lindos recuerdos, sino también muchas enseñanzas a través de sus escritos y sus acciones. El mejor homenaje que podemos hacerle es seguir practicando, difundiendo y disfrutando intensamente del montañismo, que aunque a veces nos quita, es infinitamente superior lo que nos da.

Christian Vitry

“Persigo la felicidad, y la montaña responde a esa búsqueda”. Si no lo hubiera dicho Chantal Maudit, sería una frase de Darío.

Siempre sostengo que lo más importante para mí en cada salida a la montaña, es el compañero. Aquel que comparte con uno cada momento, que siente de manera similar el estar en ese entorno mágico, a veces hostil. 
Una vez leí algo que me gusto mucho: ‘El compañero no sólo tiene la habilidad de complementar una cordada y de seguirle el paso a uno, sino que es el que te motiva a encarar juntos un objetivo. Y ahí esta la energía principal. No es tanto sus habilidades técnicas como sus habilidades humanas por lo que uno percibe que con esa persona podrán lograr grandes cosas’. (Pedro Friedrich)
Con Darío nos conocimos por esos hechos fortuitos que suceden en la vida. Rápidamente congeniamos y planificamos un futuro en común. Pasamos a compartir gran parte de nuestros tiempos, aún viviendo a unos 2.000 kilómetros uno de otro.
Y si bien la historia compartida fue corta, fue muy intensa. Ambos quisimos y nos dejamos descubrir. Frente a la pureza de las montañas descubrí la esencia de sus pensamientos.
Sus mayores sueños eran subir montañas y hacer de Arista Sur un proyecto de vida, mi mayor felicidad es haber compartido sus sueños y haber sido su amigo. Mi homenaje es seguir en este camino que tanto nos unió y nos marco a fuego.
Socio, compañero, AMIGO... siento con pesar el vacío que deja tu partida, sin embargo el recuerdo y el reconocimiento permanecerán eternamente en mi.

Guillermo Glass

La sensación que tengo es que se fue (físicamente) el último guerrero Samurai que luchaba por la verdadera identidad. La suya, la de los escaladores, exploradores y aventureros; la de todos, la del ser humano en general, la de los pequeños pueblos defendiendo y difundiendo su historia y su cultura. Con honor y con orgullo. Que no bajaba los brazos nunca frente a la adversidad, aunque estuviera solo, dolido y extenuado.
Nunca se inclinó ante quien fuera en contra de sus principios. Nunca soltó la espada con la que defendía sus ideales. Y nunca dudó al brindar una mano a un compañero cansado, o a un desconocido necesitado.
Fuerte en orgullo y tenacidad, quiso pelear la batalla de pie hasta el último aliento. Y fue así como sus ideales están ahora más presentes, claros y fuertes que nunca. Y fue así como nos enseñó que tenemos que ser nosotros mismos; que podemos y debemos mantener nuestra identidad, defender nuestros ideales hasta lo último, realizar todos nuestros sueños y pelear con garra y pasión por lo que más amamos.
Veo la superficialidad de hoy y quiero volver a la montaña, donde me encuentro con lo más puro, natural y primitivo de mí mismo, con mi propia raíz, con lo más noble y rico de quienes en ella conozco, con la amistad más sincera que pueda desarrollar un ser humano, donde tu compañero cuida de tu vida y vos de la de él. Donde los valores son otros, donde volvemos a ser nosotros y donde encontramos nuestra verdadera identidad.
Ojalá todos hubieran conocido la montaña y a través de ella a Darío (como la vida me lo regaló a mí) porque difícilmente haya otros como él.
Siempre estaré agradecido por haberte conocido. Un honor haber compartido a tu lado tus últimas batallas en el campo que siempre quisimos estar, lo más cerca posible del cielo.

"Hey Hey, My My, el Rock & Roll no morirá jamás! El Rey se ha muerto pero no se ha olvidado” La Renga y Pappo.
Sebastián Cura

Con Darío Bracali compartí algunas expediciones de montaña, y escribir sobre él no me resulta nada fácil. Me ha costado mucho asimilar su desaparición y suelo pensar que él está simplemente en otro de sus extensos viajes y expediciones… Sólo puedo agregar que he conocido a pocas personas con el compromiso y la determinación que Darío tenía con esta actividad. Era absolutamente solidario con sus compañeros y así lo fue conmigo en cada uno de los momentos que hemos compartido en las montañas. Siempre miraba hacia adelante, hacia arriba, hacia la cumbre y nunca miraba hacia atrás.
Gracias a él conocí las maravillas del desierto de Atacama, la puna salteña y catamarqueña, lugares que aprendí a valorar por el profundo conocimiento y amor que él tenía por ellos. Las montañas remotas y desoladas de la Puna  eran su debilidad y constituían desafíos acordes a sus inquietudes, y si bien escaló en muchos lugares del mundo, siempre regresaba a Catamarca, núcleo de sus “seis mil quinientos”. 
Su fortaleza mental era inigualable, nada era imposible ante su intensidad.
Aprendí mucho de él, especialmente de su humildad, y respeto profundamente su visión del montañismo, la cual lenta y tristemente se va perdiendo.
Álvaro Anes

Por primera vez en un año lloro a Darío.
El primer fin de semana de mayo de 2008 estaba en casa cuando por un llamado de Guillermo Martin recibí la noticia de que Christian Vitry había logrado la cumbre del Dhaulagiri el jueves 1º, Darío se había mandado a la cumbre solo, pero ya habían pasado un día y una noche y no había vuelto, y Christian lo esperaba, solo, en el último campamento a 7.400 m, poniendo en alto riesgo su propio regreso con vida.
A pesar del shock al enterarme, hoy recuerdo la frialdad con que actué en las horas y días siguientes, intensos y tristes, informando, en medio de una usina de versiones indirectas y ausencia de precisiones. Se armó espontáneamente una cadena de contactos que tratábamos de armar una descripción de la situación con el todo el cuidado y la rigurosidad que el tema imponía.
A falta de comunicaciones directas, Marcelo Espejo “barría” en Internet los informes de otras expediciones que estaban en la montaña y que pudiesen haber estado en contacto con ellos, tratando de detectar cualquier comentario sobre los argentinos, y Guillermo Almaraz me ponía al tanto a cada momento de las decisiones que tomaba la familia y el núcleo de amigos de Darío.
En ese difícil contexto, subimos una primera recopilación a la web de “al borde”, antes que cualquier otro medio nacional o internacional, versión que luego no tuvo objeciones sino el agradecimiento por parte de los involucrados, pues se manejaron distintos análisis de la información, a medida que iba recibiéndose. La gente se fue enterando, y los que conocían a Darío no salían de su consternación.
Yo no era amigo íntimo pero lo conocí cuando volvió del Cho-Oyu en el 2002, y desde entonces seguí paso a paso sus logros, y compartimos muchos momentos, charlas, encuentros y comidas en nuestras casas o después de sus disertaciones con audiovisuales. Así conocí a su mujer Paula y a su hijita Alexia (recuerdo que jugando hacían una prueba en la que él la sostenía parada sobre la palma de su mano, ella con los pies juntos y los brazos abiertos), y también estuve con él y todos los integrantes de la expedición la tarde previa a la partida al Dhaulagiri.
Siempre lo consideré uno de los montañistas argentinos más completos. Admiraba su capacidad mental más allá de la física, lo metódico que era en su trabajo y la intensa actitud con que encaraba la vida.
Pero hoy, leyendo los testimonios de sus amigos, una enorme pena y emoción me embargaron… Todo lo que no me había dado el espacio para sentir hace un año brotó ahora, de una vez. Porque este ya no es el momento de informar, sino el de darnos cuenta quién era Darío.
Santiago Storni

Curriculum Dario Bracali