Noviembre 2008    

 

EL NEVADO DE TRES CRUCES
6.749 m.
“LA NORMAL MÁS EXIGENTE DE LA PUNA”

Por Eduardo R. Sibulosky (resumen)
Con párrafos de Fernando Santamaría

Formamos el grupo Fernando Santamaría (jefe del grupo), Eduardo D´Angelo (médico), Claudio Giallorenzo, Darío Tharskeslian y yo, Eduardo Sibulosky. Del grupo que fuimos al Pissis “el nuevo” es Darío.

El año anterior subimos el Cerro Pissis sin saber que luego iríamos al Tres Cruces. En ese momento, de lo que estábamos seguros era que íbamos a ir a otro cerro, y apareció éste que según el relato de Darío Bracali “es la normal más exigente de la Puna”, y es verdad….

20/11/2004. Salimos con el armenio Darío (“Shreck”) de Buenos Aires y en Mendoza nos encontramos con Fernando y Eduardo esperándonos en el aeropuerto, mis amigos, llenos de una alegría contagiosa.
21/11. Desde que salimos comienzan las risas, y así llegamos a Tinogasta. En la Casa del Molino Knes ver a Pablito; disfrutar de la noche, el vino, la charla, e ir a dormir en la paz de esa casa, fresca, rodeada de plantas, olivares añejos y el sonido del canal de riego.
22/11. Recorrer el mismo camino que lleva al Pissis: Fiambalá, Guanchín, Loro Huasi con sus formas, y la Angostura. El Puesto de Cortaderas, abandonado (una lástima), y llegar al refugio de Las Grutas. Gendarmería, vamos al refugio de Vialidad a pocos metros. El cerro San Francisco, la mole del Incahuasi y la alfombra de un amarillo que sólo pueden lograr los coirones. Vicuñas, burros y la soledad casi total. Esa noche pizzas a la parrilla en Gendarmería, en el hogar a leña a 4.100 m.
23/11. Noche con dolor de cabeza por la suma de la puna y el vino, pero el espíritu lleno. El armenio fue al que más le pegó. A la tarde caminamos por los alrededores mirando y respirando el paisaje, y nos dimos un baño termal. Mucha risa y excelente humor.
24/11. Muy buen día. Yo siempre despertándome con una molestia en la cabeza, pero al comenzar a moverme se me va. Toda la gama de ocres, marrones, grises, toques rojos y negros, y el amarillo que siempre se destaca de los coirones.
25/11. Salimos de Las Grutas hacia Maricunga. Llegamos a la frontera con Chile. Desierto puro. Termina el pavimento de la ruta argentina y comienza el camino de suelo-sal chileno. Mucho viento, hace mucho frío, estamos a 4.700 m en el Paso San Francisco, cruce más alto entre Argentina y Chile. Seguimos y comienza a aparecer Laguna Verde y el puesto de control de Carabineros. La laguna Verde, más que verde es turquesa, esmeralda, rodeada de montañas y desierto. Se ve el Cerro Ojos del Salado y mis amigos me señalan por donde se sube. Seguimos camino al Centro Fronterizo de Maricunga para luego internarnos en el desierto y aproximarnos a la base del Nevado de Tres Cruces, al cual habíamos observado en silencio desde la ruta. Íbamos guiados por el relato de Darío Bracali, mapa, GPS e intercambio de datos, andando por el desierto de arena volcánica, la camioneta nos lleva al Campamento Base, Confluencia (5.095 m). Desierto puro. Atardece y aparece el frío y el viento. Estamos lejos de todo, solos, somos los únicos en este lugar. Armamos las carpas protegiéndolas con pircas. A esta altitud todo cuesta. En general estamos bien, salvo Darío que ya comienza a dar indicios que estaba siendo afectado por la altura. Claudio y Fernando prepararon la Toyota con la batería bien protegida para que nos espere a nuestro regreso. Noche de luna. Me siento especialmente vivo en contacto con esta naturaleza dura, hermosa, y siempre fascinante.
26/11. Dormimos bien aunque Darío sigue afectado por la altura. Desayunamos, repartimos  las cargas, y lentamente desarmamos el campamento para partir al medio día hacia lo que sería el Campamento 1. Fue un ascenso duro y largo. Fuimos llegando al lugar elegido por Fernando para acampar. Eran las 18.00 hs a una altura de 5.800 m. No hay alternativa para acampar antes. Mate, agua, té, queso, galletas, dulce y a dormir. Cansados; hace frío, no hay viento, hay paz, y la inmensidad de la luna… y mis amigos.
27/11. Dormí relativamente bien. Un buen desayuno, y la desición de atacar la cumbre desde ahí al día siguiente, sin hacer otro campamento intermedio. Pasamos el día; dejamos el equipo preparado y me acosté pensando en el otro día: ir a la cumbre.
28/11. Nos despertamos de madrugada. Desayunar, prepararnos, ponerme las botas dobles y salir. Darío estaba pálido, pero a las 06.15 hs partió con nosotros. A los pocos minutos Fernando y Eduardo le dicen que regrese. Estaba mal, pálido, la mochila desalineada y le costaba caminar. La altura le había pegado mal.
Desde abajo veíamos la cumbre allí, pero en realidad estaba allá. La pendiente y el grado de dificultad fueron cada vez mayores. Siempre me sentí bien, fuerte, seguro y creo que todos estábamos así, sino no hubiésemos podido hacer lo que hicimos, e independientemente de la aclimatación y el estado físico, lo importante fue la cabeza y la confianza en nosotros mismos. Pero fue una subida muy dura, durísima.
Transcribo parte del relato de Fernando:
“Los relatos de Darío Bracali hablan de ocho horas a la cumbre desde aquí, por eso el apuro de salir cuanto antes. Lo que omitía el relato es el terreno con el cual tendríamos que luchar…
Tres horas después ya estábamos en el Plateau (6.150 m), por encima de las lagunas congeladas que brillaban debajo nuestro. Una estrecha canaleta con nieve nos hizo ir ganando altura rápidamente hasta salir a un hombro donde otro inmenso plateau une el Pico Chileno con el gran domo de la cumbre principal (6.350 m). Eduardo y Sibu usaron grampones para atravesarlo, Claudio y yo (Fernando) confiamos en nuestros zapatos y pronto los cuatro nos reuníamos del otro lado. A las 12.00 hs no estábamos circulando a una velocidad apropiada y sería prácticamente imposible alcanzar la cumbre antes de las 15.00 hs, el tope que nos habíamos fijado. Un campo de más de 1 km de largo casi plano nos esperaba, regado de rocas enormes. Patético, los famosos “boulders” de los que habla Bracali en su relato no son más que millones de rocas sueltas, cubiertas entre medio de nieve que no permite suponer que el piso es firme. Por más de una hora fuimos trapecistas, equilibristas y saltimbanquis, pasando de piedra en piedra. Después de un pequeño descanso iniciamos lo que sería la segunda parte de estos “bulders”, nada más que ahora la pendiente aumentaba hasta casi los 45°, lo único que no cambiaba era el terreno. Otra hora más nos llevó alcanzar el gran murallón de piedra lavada que separa este sector del domo final, pero ya estábamos a 6.550 m y nos separaban apenas 200 metros de la cumbre.
Encontré el paso hacia el domo; todavía estoy buscando la famosa puerta y sus columnas de piedra de las que habla Darío en su libro. Me sentía fuerte y avanzaba firme, pero iba dejando atrás a mis compañeros, lo que me obligó a periódicamente detenerme y esperar a que aparecieran, y así mantener el contacto visual. Eduardo me seguía casi a mi ritmo pero unos veinte minutos atrás, Claudio y Sibu, venían más lentos. Ellos nunca pudieron variar el ritmo pero inclaudicables, nos seguían. Encontré algunas marcas dejadas no sé si por Darío o por otras de las pocas expediciones que han logrado esta gran montaña.
Seguí hasta que en una de mis detenciones pude ver que ya no quedaba nada por delante, una gran arista roja se recortaba en el cielo. Le grité a Eduardo que todo había terminado, que sólo nos restaban unos veinte minutos, di media vuelta, no miré el reloj, ya nada me detendría hasta la cumbre.
A las 17,59 hs (muy tarde)… cumbre al fin! Después de trepar esa última laja roja, asomé la cabeza y pude ver el horizonte envuelto en nubes hacia el este, un manto blanco como una gran sábana caía hacia la vertiente argentina, un trozo de bastón roto señalaba la cumbre y no tuve más que caer de rodillas, elevar mi vista al cielo y dar gracias de estar ahí, una vez más en el techo de Los Andes. Rodaron por mis mejillas algunas lágrimas, y en mi corazón estallaron  las voces de mis amores, esos que quedaron allí en el llano, mis hijos... mis amigos. Entonces me fui hasta lo que supone una segunda cumbre algo más elevada; los relatos decían que ahí los polacos dejaron sus huellas porque la creyeron más alta. En diez minutos estuve parado en ella dejando embriagar mis retinas con el paisaje, todo cuanto me rodeaba estaba por debajo de mis pies, me sentí pleno, dejé volar mi alma… Cuando bajé la vista descubrí la lata oxidada de “Ovomaltine”, dejada en 1937 por  Víctor Paryski. Me temblaron las manos cuando la abrí; allí había un pedazo de historia del montañismo mundial, y adentro una tarjeta de Darío Bracali;

me emocionó. Inmediatamente la guardé y dejé una caja de fósforos, pues era lo único que tenía para dejar. Volví hacia la cumbre principal. Cuando estaba llegando asomó la cabeza de Eduardo, mi querido y entrañable amigo de montaña, y no tardamos en fundirnos en un abrazo.  Unos minutos más tarde aparecerían Claudio y Sibu para completar el grupo, y poder todos juntos abrazarnos en la cumbre. Muy emocionante, muy dura esta montaña, ahora había que bajar. Ningún cerro termina en la cumbre, sino en casa. Permanecimos contemplando el paisaje y sacando fotos hasta las 19.00 hs. donde iniciamos el regreso que por la hora no sería nada fácil, la noche seguramente nos atraparía en mitad del descenso.”

Cuando llegué a la cumbre estaban mis amigos. Me abracé con ellos, y las felicitaciones, las lágrimas, y ese paisaje, magnifico e impresionante, todo para la vista, los recuerdos, el espíritu y el corazón. El paisaje hacia Argentina, un lecho blanco, casi infinito, extenso, y en el fondo, lejano, muy lejano, un cordón de montañas. Tomamos fotos, dejamos una bolsita cerrada con nuestros nombres enterrada al lado del bastón que indica la cumbre, dejando uno nuevo y bajando el roto existente.
Si el ascenso fue difícil y duro el regreso fue igual ó más, y de noche. Para bajar, a veces bajaba sentado sobre las piedras y agarrándome con todo, consumiendo toda la tela antidesgarro que protege al polar del pantalón.

“Había dejado suficientes marcas al subir como para que no tuviésemos problemas en la bajada, sin embargo cuando la tarde comenzaba a caer, perdimos la senda y entramos en un mundo de roca y tinieblas más parecido al infierno que a la tierra. Intentamos descansar algo pero el lugar no nos lo permitía, así que era más fácil volver a subir intentando otra variante.
Desoyendo la posición que nos daba el GPS, recurrimos al sentido común y fuimos sorteando el desfiladero rumbo a los benditos “boulders”. Proseguimos ahora bajo la luz de la luna. En esa inmensidad fue la mejor compañera que pudimos tener esa noche de primavera en medio de la nada. Tropezón tras tropezón, resbalón tras resbalón fuimos descendiendo, temblando de frío, agotados, casi sin poder hablarnos, pero satisfechos, hinchados de esa gloria tan particular que sólo la siente quien la vive y es propia de cada uno. En una “terraza” dura y fría alcanzamos a descansar y a dormir algo. Ya eran cerca de las tres de la madrugada. Una hora o tal vez más nos llevó salir de este calvario de piedras, casi no podíamos creerlo cuando apareció el manto blanco del plateau que nos condujo a la canaleta. Aquí nos separamos: Claudio y yo comenzamos a descender sin grampones el ahora helado nevé, solo deteniéndonos como para dormitar unos minutos y seguir bajando. La ruta ya estaba clara y nuestro único objetivo era llegar a las carpas, ver como estaba Darío, y dormir. Apareció el segundo nevé y tras éste el filo que rodea las lagunas y el col donde debajo estaban las ansiadas carpas. Manteníamos contacto visual con Eduardo y Sibu, y además periódicamente les hacíamos señales con la única linterna que a esta altura funcionaba. Cruzamos el col, y ya no volveríamos a verlos.
Arribamos a las carpas a las 7.00 hs del 29 de noviembre, era otro día. El sol nos venía calentando nuestras espaldas entumecidas y cansadas. Ni bien supimos que Darío estaba bien, con mal de altura pero en general bien, caímos rendidos en nuestras bolsas de dormir casi sin poder desvestirnos...”

29/11. Vivaqueamos por sobre la cota + 6.000 m, sentados en una repisa, tres de la mañana, yo dormí un rato, muy poco. Ese descanso nos permitió seguir; hacía mucho frío. Nos comenzamos a separar, Claudio y Fer más adelante, y Eduardo y yo mas atrás. Siempre teníamos contacto visual hasta que dejamos de tenerlo en un filo. Ya era el amanecer.
Nos equivocamos de bajada. Habíamos bajado bien pero al pasar por un col y las lagunas congeladas había otro col que debíamos atravezar, y no lo hicimos (luego estaba el campamento). Decidimos regresar al lugar donde fue la última vez que nos vimos, pero regresar significaba volver a subir. Ascender nuevamente.

El sol pegaba duro, no teníamos agua y estábamos cansados. Ya llevábamos veinticuatro horas caminando sobre la cota + 6.000 m. Metíamos nieve en una botella de plástico que llevaba Eduardo sobre su mochila, se ablandaba un poco y la chupábamos. Cansados nos acostamos a descansar al sol. Eduardo se durmió y yo dormitaba de a ratos. Luego iniciamos la marcha nuevamente. Tocaba el silbato y nada. Realmente ascender de nuevo fue duro. Pero seguía sitiéndome bien. Se veía el Salar de Maricunga, la ruta estaba para ese lado, las lagunas congeladas estaban ahí y en el medio de todo eso debía estar nuestro campamento.
Llegamos al lugar de donde habíamos comenzado a bajar y había dos acarreos que descendian: uno, el que nos perdimos, en consecuencia ahora tomamos el otro. Los dos iban hacia el norte. Seguimos descendiendo, hasta que abajo aparecieron Claudio y Fernando que habían salido en nuestra búsqueda y nos hacían señas. Ellos también estaban cansados. Ya eran casi las 12.00 hs del día 29. Al encontrarnos fue una gran alegría. Ellos estaban muy preocupados, tenían miedo de que nos hubiera pasado algo, que estubiésemos mal. Nos tiramos sobre el suelo de arena volcánica a charlar y a hidratarnos (ya orinábamos color zanahoria, y pasaron uno o dos días hasta que se fue normalizando). Decidimos levantar el campamento, ir al base y de ahí al Puesto de Maricunga para estar de noche en Tinogasta. Teníamos ganas de irnos del cerro y Darío seguía afectado por la altura. Cuando llegamos a la carpa nos abrazamos y mi amigo lloraba pues estuvo muy angustiado pensando en D´Angelo y en mí, y en nuestras familias. Creyó que al no llegar estábamos mal, y se le cruzó cualquier pensamiento. Seguía pálido. El día que regresó al campamento en lugar de hidratarse durmió y casi no se alimentó.
A eso de las 13.00 hs comenzamos un lento descenso hasta la camioneta. Adelante iban D’Angelo y Claudio, y mucho más atrás Darío, Fernando y yo. Darío mal, se le doblaban las piernas, no tenía fuerzas, se caía. Fernando decidió adelantarse. Finalmente vimos la camioneta, a Fer y a Eduardo, que nos salió al encuentro y le cargó la mochila. Descendimos hasta donde estaba el campamento donde Claudio nos esperaba con una picada. Destapamos el champagne y el armenio revivió.
30/11. Acampamos en el puesto fronterizo. Dormimos y salimos hacia Tinogasta. Yo disfrutaba más el paisaje, miraba el Tres Cruces y lo que habíamos hecho.
Vuelta a la casa de Tinogasta, tremendo asado con vino, sentarnos debajo de los olivares a ver el cielo, llegar como pudimos a nuestras camas a caer dormidos con la mente en blanco y la lengua ancha… feliz.

Agradezco profundamente a Hilda, por lo que es y lo que hace sin  tener ninguna obligación .
Hasta la proxima aventura!