ESQUÍ DE TRAVESÍA
ACONCAGUA 100%
“Este es el relato de un sueño hecho realidad, el ascenso y descenso con esquíes de la cumbre más alta de occidente, desde el Aconcagua, nuestro Centinela de Piedra.”
Por Martín Ignacio Rumbo
martinrumbo@hotmail.com
Cuando hace unos diez años me calcé mis primeros esquíes de travesía para ascender al Refugio Frey, comprendí que no sólo la escalada en roca era mi pasión. También quería bajar esquiando por esas canaletas.
Ya instalado en Mendoza, en los comienzos de mi carrera de guía de montaña E.P.GA.M.T, seguí esquiando en travesía pero con la exigencia de la alta montaña: en la zona de Vallecitos, los cerros Stepanek y Adolfo Calle, el Franke con una noche de vivac en pared, un descenso desde el col Plata-Vallecitos, fueron algunas de las actividades que, sumadas a mi trabajo en Aconcagua, me prepararon para emprender la aventura que a continuación relato…
Durante mi visita a Chaltén en diciembre de 2006, todo pasado por agua, sin ninguna posibilidad de hacer algo bueno, mi decepción era total, pero algo me indicaba que la tradicional lluvia de Patagonia sería nieve en Aconcagua; toda una corazonada.
Para principios de enero tenía que subir a trabajar al cerro, entonces regresé a Mendoza y con mis colegas preparamos los petates para empezar la temporada como de costumbre, pero esta vez sumé el equipo de esquí, que hacían de la mochila un verdadero armatoste y de mí un personaje digno de ser juzgado. Al llegar a Mulas traté de escabullirme, ¿vio?... por la dudas. Entre saludos y abrazos se escuchó algún que otro comentario… “Joder tío ¿qué te vas a tirar por las piedras?”… “No sé, quizá jajajajá.” El resto de los días sucedieron como en cualquier temporada “mulense”, pero con un clima algo más frío y algunas nevadas fuertes.
29 de enero de 2007: Las condiciones meteorológicas hicieron que la expedición para la cual estaba trabajando, tuviera que descender. Algunas de estas provisiones las guardé para mi proyecto que ya estaba tomando color. Sí, lo intentaría. Por estos días, finales de enero, el ambiente era realmente invernal. Aconcagua se vistió de blanco, sentía casi que me lo dedicaba, estaba muy feliz y muy agradecido. Era el momento… Voooy!
Viernes 2 de febrero: Luego de unos días de preparativos salí alrededor de las 15.00 hs desde Plaza de Mulas, después de comprar unas pilas para el GPS y conseguir una radio VHF. Me encontraba ascendiendo los primeros metros, muy pesado, con mi mochila con dos tablas bien aferradas a sus costados, que dos cientos metros por debajo de las “Piedras Conway” pude empezar a utilizar. Pensaba estar en unas cuatro horas en Nido de Cóndores. Hasta Canadá no tuve problemas, todo iba al pelo… Pero más arriba pasando “Cambio de Pendiente” la cuestión se puso seria, con viento blanco en contra y en pleno esquí de travesía nocturno. La lucha contra los elementos había empezado. Pasadas las 21.00 hs llegué a los 5.500 de “Nido de Cóndores”, el campamento donde dormiría. Por el resto la Ruta Normal del cerro me dejó progresar en zig-zags, enfrentando la pendiente según los tramos.
Una vez en “Nido” pregunté por “Giani”, un amigo que estaba guiando una expedición que contaba con un “domo”, donde podría pasar la noche. Así fue, a la noche la pasé… ¡Pero con un fríooo! Una constante lluvia de escarcha que el viento desprendía del “domo” me azotaría casi sin dejarme dormir… Una constate que se repetiría después en “Berlín”.
Sábado 3: Luego de una de las noches más gélidas de mi vida, descongelé las fijaciones de mis esquíes con agua hirviendo pues estaban pegadas, y bajo un solcito reparador pude enderezar las pieles de foca que estaban duras como un cartón. Desayuné en el “domo” y solucioné con parafina la formación de suecos de nieve en las pieles de foca, pero perdería algo de poder de tracción en el ascenso. Salí a buen ritmo y como a las 15.30 hs llegué al Refugio Berlín (5.952 m) a puro esquí-tracción. Dejé mis tablas a un costado y entré al refugio. Me encontré con gente del grupo de la patrulla de rescate que estaban haciendo no sé bien qué, en una zona cercana al Glaciar de los Polacos, y dormí allí acomodándome como pude.
Domingo 4: Los rugidos de la noche me indicaron que no sería el día de intentar la cumbre. Seguí dentro de la bolsa regocijándome de no tener que salir. Esperaría un día más. Me dediqué a la aclimatación y a prepararme mentalmente.
Lunes 5: Como a las 6.30 hs sonó el despertador. La noche fue calma; no tenía excusas para quedarme. Al estirar mis piernas sentí una sensación conocida, las tenía entumecidas, quizá demasiado frías. No estaban del todo mal pero hicieron que me costara arrancar con los preparativos. Reduje el equipo al mínimo indispensable, y a las 9.15 hs con un poco de indecisión y luego de charlar con Giani, salí con las tablas y sus pieles. Vería hasta dónde podía llegar, antes de que empeorara el clima; no me dí chance.
Me deslicé rápidamente, más liviano que en los tramos anteriores, y hasta en partes usé el paso de patinador. Un poco antes del medio día llegué a los restos del Refugio Independencia. Tomé un descanso, hidraté, comí, e intenté comunicarme con Giani, como lo teníamos planeado, pero no lo logré. Medité unos minutos, cambié de planes, y dejé la mochila con comida y material auxiliar, así tendría chances de hacer cumbre. El intento sería de aquí en más en estilo relámpago, muy liviano.
Seguí subiendo, ante mis ojos pasaron rápidamente los paisajes y superé la gran travesía a un ritmo constante. Iba sobre rieles. Pasadas las tres de la tarde llegué a la cueva que antecede a la prueba final: la Canaleta. Para su ascenso seguí mi progresión achicando los zig-zags y combinándolos con paso de escalera para superar algún obstáculo. Dejé mis tablas clavadas unos metros antes del tramo final que estaba congestionado por un grupo de andinistas. Fui a todo motor hacia la cumbre, con esa motivación que hace que no te canses. “Permiso, disculpe…” Pasé el atolladero adelantando a esos andinistas y llegué a la cumbre después de unos cuantos minutos, exhausto por ir tan rápido. Justo eran las 17.00 hs en punto del 5 de febrero del 2007.
La garganta se me partía de la sed y el agua estaba abajo con las tablas. Por suerte un extranjero me convidó un poco, y le pedí que me tomara una foto. Le expliqué que luego me la mandara por mail. No sé si me entendió y mi birome estaba congelada, así que se lo escribí como pude, y con mi inglés que no se entiende ni a nivel del mar le dije: “Take a picture, this photo is very important for me, I’m in the top of Aconcagua whit skies!”. Claro sí, me sacó las fotos y me respondió algo coherente, pero me miraba raro; quizá no vio las tablas que estaban más abajo. A esta altura mi inglés y la situación eran una combinación letal; creo que entendí que luego me las mandaría... Todavía las estoy esperando, y es uno de los motivos que más me alentaron a escribir esta nota: encontrar a esa persona que tiene las fotos de ese instante.
Miré la cruz de la cumbre por segunda vez en mi vida, y me sentí solo… Quería que algún amigo apareciera, no sé, poder compartir con alguien ese momento, ese “fuera de pista” descomunal!
Luego descendí, me calcé las tablas y comencé la primer parte de la travesía diagonal sin problemas, pero al mirar hacia abajo vi el desafío: la gran Canaleta estaba ahí… esperándome a ser esquiada. “Voooy!” Tras unos virajes en cuña, y derrapando en otras partes, confirmé que era sólo una impresión, y seguí bajando en paralelo más suelto y esquivando a la gente que venía subiendo. Llegué a la cueva y me tomé un respiro. Luego en la “Gran Travesía” fui aumentando la velocidad… De repente “¡Plufffff!”, una vuelta mortal incompleta me deja de espaldas en el piso. Sentí el golpe pero no me dolió; llevaba casco y dos camperas que me amortiguaron, pero tomé conciencia de que estaba con botas de andinismo, esquiando solo, a más de 6.500 metros; eso no era un juego…
Seguí con más cautela, con un poco de cuña ya que se me hacía imposible salir de la huella y dar giros, como por una vía. En poco tiempo ya estaba sobre el descenso que me llevaría a “Independencia”. Tres curvas con éxito pero en la cuarta la derrapé sobre la pendiente helada… “¡Sssssttackkk!”, caí y seguí unos metros más sin poder auto detenerme. Por suerte fue una buena caída con final feliz. Llegué a “Independencia”, cargué mi mochila y luego de un respiro continué bajando.
Eran las 18.45 hs. Miré la pendiente y algo andaba mal: me había desviado del camino, entretenido por eso de andar esquiando a esas alturas. Unos ajustes y me di cuenta que lo que veía no era “Plaza de Mulas”. Tenía que ir para el otro lado, hacia la izquierda. Había perdido altura y sólo luego de una travesía lateral encontré la huella, pero me desvié y bajé por un planchón de nieve virgen, que fue la mejor nieve del descenso.
A menor altura y con más confianza, hice unas prolijas curvas encadenadas mientras el sol del atardecer me daba en la frente; era feliz!!!
Entre algún que otro salto de piedra y derrapada llegué a Berlín. Primero me vio Gonzalo; a continuación Yani , Martín Molina y el “tour líder” de su expedición, con quienes entre abrazos y felicitaciones pude compartir mi alegría.
Iba a seguir bajando pero al final me quedé en Berlín. Con el hambre que tenía, un plato de comida me hizo replantearme, aunque suene ridículo: era la bajada o el plato… Elegí bien el plato, y bajaría al otro día por la mañana. Además ya era tarde y la estaba pasando muy bien, y de eso se trataba.
Martes 6: Tras pasar la noche en Berlín, con una historia y la mochila sobre mis espaldas, emprendí el segundo tramo del descenso. Algunas curvas costaron. El mayor peso de todo el equipo de mi expedición y las botas dobles no eran una buena fórmula; las tablas al límite… Pero a pesar de todo logré controlar el paralelo corto y llegar esquiando hasta las “Piedras Conway”. Allí coloqué mis tablas en la mochila y continué a pie hasta “Plaza de Mulas”, donde fui recibido por mis amigos, y allí pasé la noche.
7 de febrero: Como premio (o quizá castigo, aún no sé), me gané un descenso en mula “free”. Eso sí, como dijo Pedro, “Vamos a bajar a velocidad de arriero”. Me preguntó si sabía montar, y sí, yo (no) sé. Voooy! Sólo quería bajar, ya no me importaba nada. La bajada fue espectacular a puro trote y galope. “Playa Ancha” a paso rápido, ya era tarde y se hacía de noche. Esto de bajar medio parado en los estribos era algo casi más duro que lo que había hecho!
Todo me salió redondo. Conseguí tomar el micro y llegué a mi casa tarde por la madrugada, como a la una, y llamé a mi familia que vive en Buenos Aires. Tenía que contárselo a alguien..! |










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