Junio 2008    

 

Ciao Cesarino!!

Por Jorge González

Hace 30 años, iba en un Citroen rumbo a Marcos Paz. Iba a la casa de Cesarino Fava, donde tenía su pequeña finca y su criadero de pollos.  Era un día de sol de febrero. Creo acordarme que yo estaba libre y feliz, que me parece que son la misma cosa. Iba al encuentro de quien había regresado hacía pocos días de la Patagonia, y con Bruno de Dona había logrado el Fitz Foy por la vía Californiana con 58 años... Ese Cesarino Fava integrante de la polémica expedición de Cesare Maestri y Tony Egger al Cerro Torre en 1959, el que me había inspirado con su directa a la pared Norte del Chañi a viajar al altiplano para intentar repetir esa vía y terminar viviendo un experiencia y conociendo una región que tanto significarían en mi visión de la montaña.0 A la distancia, sin conocerlo, sentía admiración y puntos en común con Cesarino Fava. Y el encuentro y la relación que nació entonces, no hizo más que confirmarlo.
En su lugar, donde vivía desde 1966,  había verde, aire, puro flores en los canteros, dos gurrumines correteando, vino y sonrisas. Todo lo demás fue charlar muchas horas de montaña. En aquel tiempo de mis comienzos, todo era descubrir: transitaba un estado de exaltación general por los relatos sobre regiones y montañas indómitas, nos invadía el sentimiento de románticas aventuras... Y Cesarino Fava, dejaba correr los recuerdos, nos mostraba su pasión  y su ética, nos contagiaba su fuerza, nos hacía pensar que teníamos por delante mucho tiempo. Había hecho más de cuarenta ascensiones en los Alpes y declaraba su admiración a hombres como Shipton preparando sus expediciones al Himalaya con tan pocas cosas: ”Un poco de harina, un poco de té y allí existía la lucha” enfatizando que ”…para llegar al objetivo, es necesaria esa lucha; algoque le dé sentido”. Criticaba a la gente “acondicionada”, a los profesionales de la montaña, a los que no tienen motivaciones humanas para llegar a ella. “La gente acondicionada puede en todo caso, valer sólo porque técnicamente son buenos. No deberían existir acondicionamientos; la montaña es ante todo, una búsqueda de libertad”.
Había nacido en 1921 y crecido en la región italiana de Trentino. Era el segundo de diez hermanos y como consecuencia del servicio que prestó durante cinco años en un carguero que cruzaba el océano hasta Buenos Aires, llegó a nuestro país a comienzos del ‘50. Alrededor de 1966 se afinca en este sitio pacífico y afable en Marcos Paz. Estos son sus recuerdos: 

“En 1952 fui por primera vez al Aconcagua, por la Ruta Norte, éramos cuatro, todos italianos. Yo tuve que bajar a un oficial argentino de apellido Martínez y no hicimos la cumbre. En los Alpes nunca había visto cosas así, la mente la tenía lúcida, pero las piernas no me sostenían. Un compañero mío deliraba bastante por la altura y cuando se recuperó, no se acordaba de nada. Yo hasta entonces no creía que estas cosas pasaban. En 1953 vuelvo al Aconcagua y de la cumbre tengo que bajar a un norteamericano. Esta es una historia muy larga que me costó los dedos de los  pies por un congelamiento. En 1954 hago en solitaria la primera Ascensión de la pared oeste del Cuerno (5.500 m) después que me amputaron los pies. Me pasó de todo. Al bajar me equivoqué y me di cuenta que estaba en el medio de un serac. Puse un clavo para bajar por el labio de una grieta, cruzarla y subir por el otro lado. Se me cayó la soga y no sabía si tirarme o no porque tenia miedo de que el puente no me aguantara. Volví a subir y decidí que había hecho bastante por ese día. Dormí allí a la intemperie y al día siguiente improvisé una soga con la bolsa de vivac que corté en tiras y la enganché al clavo con las correas de los grampones que reemplacé con una venda. Finalmente llegué caminando a Puente del Inca porque el Jeep que me apuré para alcanzar era manejado por un tipo que cuando me vio se fue bastante asustado. Al bajar le dije al Tte. Butti que había llegado a la cumbre y noté que su trato era frío. Después le regalé un banderín de los chilenos que había sacado de la cumbre  y entonces me pidió disculpas porque no me había creído y me abrazó muy emocionado. Me despidieron con un piquete de honor ese día”.

“En la temporada 1957/58 vamos por primera vez al Torre. Fue una expedición trentina que organicé estando en Italia el año anterior. Hicimos el Grande, El Hombre Sentado, y el Doblado. Todas primeras ascensiones. Al año siguiente volví con Maestri, Egger, Spikerman, los hermanos Dalbagni y Angelo Vincittorio al Torre. En 1960 vuelvo al Torre para ver si encontraba el cuerpo de Tony Egger. Me acompañaron Spikerman, Vincittorio, Mordini y Bozzini, estos dos del Club Andino Tucumán. Repetimos el Solo, el Techado Negro y el Mojón Rojo, y pusimos una placa al pie del Torre en recuerdo de Tony. Con Menguelle y Pipo Frasson vamos en el ‘61 al Nevado del Chañi y hacemos la primer ascensión de la cumbre Norte. Disfruté mucho. Roca buena, segundo, tercer grado, pasos de cuarto, muy área y la gente del norte es extraordinariamente buena. Me gustaría volver allá.  En el ‘65 voy al Moyano por primera vez y no hacemos cumbre. Barozzi, Guillermo Spuey y yo. Hacemos el Cerro Perro Negro. En el ‘65 vamos Fausto Barozzi, A. Menguele y A. Aristarain al Pier Giorgio. Tenemos que bajar en medio de una tormenta fuerte, de las buenas, y nos quedaban 60 m de extraplomo para la cumbre. Fue dramático. Se vino la tormenta y ahí perdimos el Pier Giorgio. Al otro año voy a la pared sur del Mercedario, hicimos una ruta directa y no llegamos a la cumbre. Depués los japoneses sortearon el aglomerado vertical e hicieron la primera ascensión. Con Beorchia, Fausto Barozzi y De la Vega fui al Cerro Tambillo en San Juan en 1969. Tiene 6000 m y creíamos que era la primer ascensión, cuando llegamos arriba encontramos una pirca y un poncho incaico. También había un mortero y otras cosas que dejamos en el museo de la Provincia”.

La historia de Cesarino Fava con el Cerro Torre no se acaba en 1959. Once años más tarde volvió a acompañar a Maestri al pie de la montaña. Fue cuando en diciembre de  1970, Maestri logra completar su segunda vía al Torre, por la cara Sureste. Una ascensión que también sería discutida ya que los pitones de expansión utilizados por el italiano concluyen a escasos metros de donde abandona el compresor que ha empleado para burilar el granito a poca distancia del hielo del hongo somital. Según su versión, llega a la cumbre y rompe al rapelar los últimos anclajes. Desde entonces, esta “Vía del Compresor”, también tendría sus detractores. Años más tarde, en la sede de la Administración de Parques Nacionales, Cesarino disertó al respecto con un título muy sugestivo “La involución del alpinismo”. Asistí a escucharlo:
"Cuando digo que no me gusta el motocompresor lo digo porque eso es involución. No lo hago con el argumento de una retórica inglesa de Dickinson de que se está vejando la pared sino porque no tiene sentido llevar monóxido de carbono al Torre. El motocompresor no sirve porque nos ata al medio en el que vivimos la mayor parte del año, a la mezcla, las bujías, la  máquina. Cuando se lo subió 800 m de pared y se lo probó para ponerlo en marcha,  yo me iba a tirar en rappel por una soga doble para bajar al otro campamento. Puse un prusik a la soga y sentí que la cuerda me tiró un poco, el prusik quedó más abajo y agaché el cuerpo tirando el brazo para levantarlo. Ahí vi que tenía las dos colas de la soga en la mano. No me maté porque no era mi hora. La soga pasaba por debajo del motocompresor y el caño de escape la recalentó y la cortó. ¿Cómo queres que hable del motocompresor?. Con Césare nos queríamos como hermanos, después él escribió algunas cosas que ofendieron al círculo Trentino y quizás entienda porqué o quién influyó, pero me distancié totalmente...”

Muchos años después, hubo un comentado reencuentro de Maestri y Fava en un refugio de las Dolomitas que, con un abrazo, dejó rencores atrás. De manera irregular nos encontrábamos a charlar. La salamandra prendida, una canasta de nueces en la mesa, licor, invierno. Hablar de aquella región de belleza salvaje, la Patagonia, de la libertad de aquellos confines, de su dureza. Me gustaba oírlo, ver como cerraba la boca y con los labios tirados para atrás, movía la cabeza al mismo tiempo que las manos buscando la palabra justa y ese agregado “Ma...ai capito?”.

Tengo ante mis ojos, una de sus pocas cartas. Está fechada en Marcos Paz, el 15 de noviembre de 1989 y dice: “Caro Giorgio, lamentablemente no tengo el don de la facilidad de expresión. Si por ejemplo escucho el Ave María de Schubert o Gounod, o una sinfonía de Beethoven o Bach  me emociono hasta las lágrimas. Si me preguntas el por qué, con toda sinceridad no sabría qué contestarte... Tu carta me ha hecho sentir la misma emoción. Tal vez sea que este sensible recuerdo tuyo constituya, en cierto modo, tu consentimiento a mi manera de interpretar o practicar el alpinismo, y esto es muy importante para mí, que en el irreversible proceso de la vida, me estoy ya acercando al clásico clavo donde se cuelgan los botines, piqueta, proyectos y sueños. O bien sea, más simplemente, el encuentro de dos espíritus que en un mundo que va en ruina, siguen creyendo en sus ideal: la montaña...”
En 1999 apareció su libro “Patagonia, terra di sogni infrantti” que leí en Chaltén al año siguiente. Habían pasado los años... Aquella pequeñita de nombre Andrea que tiraba de sus pantalones y le decía “¡Pa, pa, me da un po di soldi per comprare un po’ di gelato!” ahora era toda una mujer esposa de Horacio Codó, detrás de la barra y dando despacho a una pizza. El otro piccolo bambino Cesar, convertido en hombre y viviendo en Chaitén...
La noticia me llegó hace pocos días: “A finales de abril, exactamente el día 22, el alpinista italiano Cesarino Fava, falleció en la villa transalpina de Male, dejando tras de sí una huella imborrable en el alpinismo italiano y sudamericano. Siempre fue definido como encantador, vital y pasional por sus amigos y compañeros de cordada.”
Adio, caro amici, ci vediamo!