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Entre
el musgo y
el incienso del Inku Valley
Ascensión
al Mera Peak Octubre de 2006
Texto
y fotos: Ángel Ezequiel Armesto
info@aeaexpeditions.com
La
aproximación
Los
días no acompañan pero el
ánimo esta por encima de las nubes.
No nos afectan las tormentas eléctricas
ni los diarios chaparrones que bien podrían
inundar cualquier ciudad.
Katmandú es un barreal; el monzón
por estas fechas sé esta comportando
un tanto extraño. Al regresar del
primer día de vuelos cancelados escribo
"Rezamos para que podamos volar a Lukla
lo antes posible" a mis jefes repartidos
entre Petra, escalando, y otros en Sydney,
sentados en la oficina. Los ocho clientes
de seis países diferentes no pueden
disimular su decepción.
Gracias a esas habilidades que uno desarrolla
en países tercermundistas donde todo
se arregla, de repente pasamos de estar
cuartos en la lista de espera, a ser los
primeros! No se pregunta cómo, cuándo
ni cuánto, pero allí estábamos,
al segundo día de esperas, esquivando
las miradas inquisidoras de otros turistas,
pero con chances de volar.
El avión que nos transportará
es un armatoste bastante gracioso de alerones
exagerados que bien podría ser el
diseño de un niño de cuatro
años si le agregáramos un
poco de color. Es un STL de fabricación
Polaca, perteneciente a la fuerza aérea
nepalí. Allí lo vemos justo
fuera de la puerta de embarque, mientras
por más de cuarenta y cinco minutos
superamos los controles de seguridad personal
de cada pasajero, y equipajes.
Subimos y nos acomodamos en los asientos
laterales, ayudado el confort por no tener
cinturones de seguridad, mientras nuestras
piernas descansan con las rodillas a la
altura del mentón, entre cajas de
dinamita, todo muy bien atado con cuerdas
al piso y acomodados en el pasillo. "La
seguridad es lo primero" pienso sin
decir nada para no poner más nerviosos
de lo que están a mi gente.
Aterrizamos en Lukla, donde nos reencontramos
con el staff local, entre ellos mi amigo
Balram Rana, quien como de costumbre nos
recibe con una sonrisa radiante. Bromeamos
sobre las condiciones del clima, y le hago
notar que veo mis pies cinco centímetros
enterrados en puro barro, y me imagino que
empeorará al descender, así
que doy a los clientes las primeras indicaciones
sobre el cuidado al caminar, los animales,
insectos, ingesta de agua y el largo discurso
que todos los guías dan a sus clientes
sobre como transitar por un medio agreste.
Durante nueve días nos tocará
transitar la selva, y bosques húmedos,
bajo un diluvio que más parece una
broma de duendes escondidos entre los árboles
jugando al carnaval, listos a mojarnos a
baldazos de agua. Para nuestra suerte, disponíamos
de indumentaria de excelente calidad, lo
que nos permitió mantenernos relativamente
secos... por veinte minutos.
Una de mis preocupaciónes era que
estaba estrenando unas botas Front Limit,
fabricadas en Argentina que según
referencias eran muy buenas. Tan solo un
día antes de salir de Mendoza llamé
a Fernando Pierobón avisándole
que pasaría apurado a buscarlas antes
de ir a la terminal. Mi primera impresión
fue positiva: buena y sólida terminación,
buen calce, cuero de calidad y suela con
buen diseño. Agarré unas nº
45, tiré la caja y las metí
en la mochila. "Espero que resulten"
pensé, al tiempo que salía
corriendo para no perder el ómnibus
hacia Buenos Aires. Todo esto en menos de
quince minutos, como un buen guía
suele hacer cuando no le da el tiempo para
nada.
Con esta percepción de uno de los
artículos más críticos
del equipo, me embarqué en esta expedición
al otro lado del mundo, luego agradeciendo
que hayan funcionado de maravilla y aguantado
las palizas que les dí.
Volviendo al tema del camino y las condiciones,
había muy pocas cosas que podían
empeorar el panorama en el que nos encontrábamos,
muy pocas, y eso eran... las sanguijuelas!!!
Miles, miles de estos generosos y gelatinosos
bichos trepando por las botas, ropa, y picando
a todo el mundo nos recibieron en un par
de Kjarkhas cercanos al cauce del Cheren
Khola. ¡Qué asco! Sólo
al superar la línea de vegetación,
o sea por encima de los 4.200 m, logramos
disfrutar de alguna mejoría en la
situación, aunque con amenazas de
nevadas y el consiguiente frío. Todo
esto me hacia recordar la canción
de Les Luthiers "Añoralgias"
sobre el bello pueblito.
El ascenso
El
entrenamiento con los fierros es parte fundamental
de toda expedición antes de ascender
una montaña. Dedicamos el día
de descanso en Khare para probar los arneses,
crampones, jumars, etc. Sólo un par
de horas marca la diferencia y genera confianza
en la gente, haciéndoles ver cada
pieza de material como una herramienta y
no un estorbo, para evitar complicaciones
luego en medio de la noche de cumbre.
Esa misma tarde y como para agregar un toque
de distinción, recibimos la visita
de un general del movimiento maoísta,
quienes profesan la doctrina comunista.
Podría hablar un día entero
sobre ellos, pero eso quedará para
las charlas con diapositivas. Lo reuní
con mi gente y le pedí que se presentara
y nos contase algo de cómo está
la reestructuración del parlamento,
etc. Él accedió y, previo
pago de una "Retribución Voluntaria"
para poder transitar el valle, nos dejó
entrar a su mundo.
A la mañana siguiente subimos al
campo 1 y acampamos en la base del Mera-La,
encontrándonos al llegar con mucha
gente, algunos que se disponían a
bajar por otro valle, otros que descendían
frustrados por no tener más tiempo,
y un caso de dedos congelados por usar guantes
en lugar de mitones, situación que
me recordó al Aconcagua, donde es
recurrente ver estas complicaciones en gente
que no presta atención a los peligros
del frío.
Al día siguiente y con una fresca
de morir, subimos al campo 2, al reparo
de una torre rocosa que nos protegía
del viento, y dedicamos la tarde a rehidratarnos
para salir por la noche hacia la cumbre.
El gran día
02:30
AM. Me levanto (insano trabajo!), despierto
a todos y cambio mi configuración
personal a la de "Jefe Duro en Día
de Cumbre". Unos cuantos gritos y todos
vestidos salen iluminados por las linternas.
Los lerdos de siempre se retrasan un poco,
así que con los sherpas los ayudamos.
Sólo una mujer desarrolla algún
tipo de "ansiedad de cumbre",
y suelta una lágrima; unas palmadas
en el hombro y palabras de seguridad casi
paternales le dan alivio y fuerza para no
quedarse.
04:00 AM. El ruido del material de escalada
endulza mis oídos. Este es el momento
donde siempre dedico unas pocas e hipóxicas
palabras de felicitación a uno por
uno, deseándoles una feliz cumbre,
y breves frases de aliento antes de partir,
gesto que me agradecen todos con gestos
y miradas que valen mas que mil discursos.
El ascenso es 100% glaciar desde el campo
2, así que nos encordamos para cruzar
las grietas, en grupos de a cinco personas.
Habiendo dos guías en cada grupo,
otros dos sherpas van adelantados con parte
del equipo de protección y se encargan
de asegurar algunos pasos críticos
con cuerdas fijas.
Al llegar las primeras luces se regresa
el primer grupo de gente que por el frío
no puede continuar; un sherpa los escolta.
Pocas horas después siguen otras
dos personas por no tener más energías
y así el grupo final de cuatro miembros
nos enfilamos hacia el punto culminante
de este precioso pico rodeado de otros gigantes.
Veintidós días después
de haber partido de Katmandú, y a
seis horas y media desde el campamento de
altura, vemos el filo cumbrero cuando el
sol empieza a calentar la pendiente helada,
que remata en una pala de unos 45º/
50º que protegemos con cuerdas fijas.
El cielo límpido y febo iluminando
a pleno, nos permitió percibir la
gama de colores del verde al azul de esta
cumbre glaciaria a la que pocos grupos ascienden,
quedándose casi todos al pie de la
rimaya. Nosotros forzamos un poco y... todos
arriba!!! Al llegar hasta donde no se puede
ascender más alcanzamos a ver a lo
lejos gigantes como el Sagarmatha (Everest),
Makalu, Anapurnas... El Mera Peak nos regala
una cumbre con abrazos, algunas lágrimas,
mucho cansancio y un recuerdo que perdurará
en la memoria de la gente por muchos años.
Descendemos en medio de una tormenta que
rápidamente nos atrapa casi al llegar
al campo 2, que en un abrir y cerrar de
ojos queda empacado y encima de los porteadores
que llegaron para ayudarnos en la bajada.
Miro sus pies descalzos... Les resultan
incómodas las botas que les damos
(y son buenas en serio), y yo llevo unas
botas de última tecnología
con crampones automáticos.
Al escribir este relato vuelo con mi imaginación
y recuerdo a esta gente. Es un honor poder
dedicar cada línea de lo que escribo
a mis queridos nepalíes que sin ningún
tipo de reparo ayudan a los extranjeros
que llegan de todo el mundo en el afán
de realizar sus sueños por encima
de esos valles sagrados.
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Encordados al cruzar el glaciar
de la base

Las
caras de cansancio luego de tres horas de
marcha.

El
bosque húmedo anterior a
Khare presenta una enorme
variedad de musgos.

Los
porteadores que empleamos trabajan a partir
de los 16 años.

Rumbo
a Lukla, entre las cajas de dinamita para
construir caminos.

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