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AMA
DABLAM
Texto
y fotos: Ángel Ezequiel
Armesto - Noviembre de 2005
Estaba en la
casa de mi familia en Llavallol cuando recibo
un llamado de la jefa de operaciones de
la agencia diciendo que tenía un
trabajo para mí. Pensé "Campo
base del Everest, o Lobuche Este; como ya
lo he liderado y es uno de los más
du-ros..." Pregunto, y secamente me
larga: "Ama Dablam!!!!" Todavía
me acuerdo del grito que dí y cómo
me emocioné. Casi me muero. Fue muy
fuerte. A mi lado estaban mi hermana y mi
novia, y el poder compartirlo me puso mucho
más contento.
Estrategia
A la hora de planificar, no nos gusta guiar
gente sin que hayan aclimatado previamente
en otro lugar. Esto además de aumentar
considerablemente los porcentajes de cumbre,
disminuye en forma muy alentadora la cantidad
de dolores de cabeza para los guías.
Dividimos el equipo en dos: el primer grupo
con el grueso de la gente, sherpas etc.
iría a aclimatar y prepararse con
mi compañero danés. El segundo
estaría compuesto sólo por
dos sherpas y yo, más algunos porteadores,
un encargado de la cocina y varios animales
de carga.
El primer grupo aclimataría a través
del Valle de Gokyo, luego intentando ascender
la cumbre principal del Lobuche Este, cruzando
el paso de Cho-La.
Nosotros estaríamos todo el tiempo
en el Ama Dablam, fijando cuerdas, preparando
el campamento base y abasteciendo los campos
de altura, para que al llegar el resto estuviese
todo listo y ascender rápidamente.
En
la montaña.
Descansamos todos un día. A mí
me hacía tanta falta como a los sherpas
con los que trabajamos durante 12 días
fijando 1.800 metros de cuerda, más
el cambio de casi todos los anclajes naturales,
algunos clavos, tornillos de hielo y estacas
que encontramos. La idea era dejar todo
lo más ordenado posible para aumentar
el factor confianza de la gente. Este es
el primer viaje que operábamos y
tenía que salir muy bien.
Al otro día salimos para el Campo
1, transitando sobre un filo ancho, con
pastito, hasta el Campamento Base Avanzado,
luego una zona de boulders muy molestos
hasta una placa gris de roca con una inclinación
máxima de 30º donde los porteadores
dejaron las cargas, y donde además
comienza el delgado “hilo de Ariadna”
que seguiríamos hasta la cumbre.
A partir de ese punto, junto con los sherpas,
subimos en varios porteos todo hasta el
ya emplazado C1.
Las plataformas son horribles, metimos mochilas,
botas, y toda la ropa debajo de las colchonetas
para poder dormir, ya que había rocas
de unos 20 cm “cómodamente”
ubicadas a la altura de las costillas (eso
se repetiría cada noche en la altura).
Al otro día continuamos rumbo al
Campo 3 como a las 05.00 hs para evitar
los atascos en los pasos claves. Todos estuvieron
preparados a tiempo, y con buen ánimo.
Un pensamiento molesto se me cruzó
y lo comenté con mi compañero:
“¿Crees que llegaremos al Campo
3? Mi tono albergaba serias dudas.
“¡Sí, no hay drama, sólo
debemos apurarnos en la ‘muralla amarilla’;
no te preocupes!”
Sin convencerme sigo con la rutina de seguridad:
checkeo los arneses, eslingas, jumars, demás
ferretería, y adelante! Entre los
28 kg de peso de mi mochila llevo de todo
como para salvar cualquier situación.
Atravesamos un área fácil
de bloques sueltos, escalamos los primeros
boulders, una plaquita, fácil, y
otra un poco más difícil (IV-),
para por fin llegar al filo. Luego rodeamos
una torre y alcanzamos la sección
de las travesías expuestas, que podrían
graduarse en IV+ pero que como casi todos
usan las cuerdas fijas cual trapecistas,
esta cotación es anecdótica.
Sorteadas estas más que fotogénicas
áreas, seguimos hasta un diedro de
unos 50 m, bastante vertical que remata
en una travesía de 20 metros.
El camino se pone cada vez mas lindo (y
expuesto) según ganamos altura. Una
hora más tarde pisamos por primera
vez el hielo, justo por debajo del cuello
de botella que lo compone la “muralla
amarilla”.
Esta pequeña placa no tiene más
de 40 metros y se escala sólo en
parte, pero es el lugar más difícil
de toda la montaña. La línea
natural de ascenso es por la izquierda,
lejos de donde estamos; pero la gran mayoría
de los que van son gente con poca experiencia...
Seguimos una regla ancestral: “Más
vale fuerza que maña”... y
“jumar sube, jumar traba”, vamos
todos para arriba en sólo... ¡CUATRO
HORAS!!! Lapso en el que estuve dándole
al pedal de una polea de ayuda que dejó
mis cuádriceps duros como en estado
de “rigor mortis”.
Reventados como quedamos después
de este escollo, no había dudas que
el Campo 3 nos quedaba demasiado lejos,
y viendo la condición del grupo,
muy lejos no iríamos antes de cometer
un error. - Mi compañero no lo duda
cuando le digo que nos quedamos en el C2,
con cara de “no me repliques”.
Cenamos sopa instantánea y una barra
energética con cereza, casi no bebimos
agua porque que según lo que habíamos
planeado dejamos las cargas de gas en el
Campo 3, y ahí sólo quedaban
unas pocas de emergencia que fueron para
los clientes.
¡Que
buena mañana!
Abro la puerta trasera y veo como nuestro
balcón que da a un precipicio con
cientos de metros por debajo!
Hoy me toca la retaguardia, así que
avanzo tranquilo mirando toda la situación,
amenazándolos con que me pondría
a cantar si no se movían. Me detengo
en la base de “La muralla gris”.
Este lugar, es un mixto de unos 180 metros
bastante inclinado y con caída de
piedras; es el más peligroso de la
ruta. Me duele la garganta de tan seca,
y rompo una estalactita de hielo para comer;
estoy muy deshidratado, y espero beber a
reventar en el Campo 3.
Asciendo rápidamente, en parte asegurado
y en parte me suelto de la línea
haciendo dry tooling para adelantar gente,
ayudar a otros, y ver como va cada uno,
dándoles aliento. Casi al final escucho
la voz de mi compañero en la radio,
y en tono serio: “Ángel, tenemos
un problema aquí...” Me sonó
a Apollo 13, pero me dice que uno de los
miembros ha sido alcanzado por una piedra.
Cambia mi actitud, pregunto sobre la situación,
y entiendo que tengo que bajarlo.
Lo alcanzo, aseguro mi mochila a un clavo,
tomo su mochila y comenzamos el descenso
hasta el campamento. Un largo camino a casa,
que termina 16 horas después reuniéndome
con el grupo en el Campo 3, en medio de
una tormenta con –16ºC, y un
viento de terror. Al llegar, los sherpas
me agarran, me meten en la carpa y me abrazan
para darme calor. ¡Estaba azul de
frío! Como ya había otros
dos miembros afectados, mi compañero
se queda con ellos y a mí me encarga
los otros dos que son los más fuertes.
Entro a la carpa y veo con sorpresa, que
no tenían agua, y que además
nos habían robado cargas de gas,
por lo que estábamos muy cortos.
Mi peor pesadilla se manifestaba con toda
la furia.
Resisto como puedo hasta la medianoche,
derritiendo nieve para hacer tres litros
de agua, uno para cada uno, y bebo sólo
un poco para dejar para mañana.
Día
de cumbre.
Nadie, ni los sherpas esperaban que saliese.
Mi compañero me preguntó si
realmente quería subir, a lo que
con voz ronca, casi mudo respondo: “Si
estoy mejor que nunca!!!”
Ascendemos por la pendiente encima del campamento;
yo voy a lo último. Me concentro
en ayudar a dos clientes en los pasos claves,
y sigo con ellos todo el camino. El día
de cumbre resultó ser el más
sencillo de toda la escalada, pero por alguna
razón dos miembros se regresan. El
espíritu de una montaña tan
poderosa abruma e intimida a gente que no
está a su altura. Lentamente los
veo bajar asegurados por las cuerdas fijas,
hasta el campamento y el confort de las
carpas.
Cruzamos la rimaya, sorteamos unas grietas,
una “pala” somital, y ya sentimos
el aire de cumbre tan típico. Al
llegar, caigo de rodillas, y me pongo a
llorar como un condenado... no me puedo
contener... no lo puedo creer!!! Mi compañero
me abraza, y nos ponemos a llorar los dos
como unos niños... Otro se nos suma,
es un llanto generalizado.
Allí estamos, a las 14.05 hs del
27 de octubre de 2005, en la cumbre del
Ama Dablam. Sagarmatha nos contempla, impoluta
desde lo lejos, Lhotse, Nuptse, y demás
gigantes, miran en silencio lo que pasa,
y piensan que esos pobres mortales son merecedores
de un minuto de gloria en sus miserables
y efímeras vidas. Lo único
que los eleva del resto acaso sea la humildad
con la que volverán renovados, a
contar sobre la magnificencia de las nevadas
cumbres del Himalaya.
Me detengo a pensar en todo lo que recorrí
para llegar hasta aquí: alegrías,
sacrificios, descepciones, pérdidas
de seres queridos, todo eso pasa por mi
cabeza; me pesa en parte pero lo veo como
un aspecto de este proceso que llamamos
vida. Observo con satisfacción la
cara de mis clientes que me agradecen emocionados
por lo que les ayudé a vivir, y reafirmo
lo que siento: “ Valió la pena
este camino”.
Angel Ezequiel Armesto
es guía profesional de alta montaña,
egresado de la escuela de la EPGAMT (Mendoza),
formado enteramente en nuestro país,
desde donde se ha proyectado a nivel internacional
en España, Bolivia, Perú,
y Nepal entre otros destinos. Actualmente
trabaja como jefe de expedición para
una agencia extranjera.
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