Minucias
El 16 de noviembre de 1998 arribamos a la
meseta. Hasta entonces habíamos estado protegidos de las caricias del clima,
pero a partir de ese instante entramos a un estado de tormenta permanente. Para
evitar quedar bloqueados mucho tiempo en un lugar, salíamos a caminar todos los
días, aunque el clima fuese en verdad malo. Así, logramos avanzar a un
promedio de 15 kilómetros cada jornada.
Los días se sucedieron. Pasamos por la Meseta de Todas Las Madres, el Corredor
Hicken, el Nunatak Witte. En ese punto se nos rompió una tienda cuando cayó
sobre ella el muro de contención. Se habían desencadenado los blizzards,
vientos bajos, veloces, breves, cargados de material y destructivos. Para
evitarlos, debimos construir un verdadero bunker de nieve con murallas dobles y
triples.
Dos días después, en el Nunatak Viedma, volvimos a tener problemas aún más
serios con el viento. Enormes trombas y remolinos que bajaban desde el Cordón
Mariano Moreno nos botaban continuamente y dañaban el equipo. No habría carpa
alguna que resistiera tales golpes, así que cavamos una pequeña cueva donde
pasamos una noche miserable. Al día siguiente, huimos aprovechando una pausa en
la tormenta.
Minucias más, minucias menos, fuimos avanzando sostenidamente: Upsala, Gran
Paso, Meseta Italia y Meseta Japón. Finalmente, el 9 de diciembre, tras 46
días de expedición y 255 kilómetros de recorrido, arribamos al borde norte de
La Falla de Reichert.
Viejos conocidos
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Establecimos nuestro campamento en una pequeña planicie sin grietas. El
descenso lo postergamos durante días, hasta que el 14 de diciembre mejoró el
clima y partimos. |
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José Pedro Montt mirando hacia Lago Argentino. Estábamos pasando por la cuenca superior del glaciar Perito Moreno. Desde este punto avanzamos un par de horas hacia el Este y luego giramos hacia el sur en dirección de las cuencas superiores del Calvo-Dickson. |
El canto de las sirenas
La mañana del 16 de diciembre, conscientemente
no desayuné, para así llegar con más hambre al depósito y poder desquitarme
con gusto. Atravesamos algunas morrenas y luego, directamente, bajamos por la
vegetación hasta el mar. Aparecieron colores y aromas olvidados. Se sentía una
mayor temperatura y nada invitaba a regresar al Hielo. Era una sensación que
nos debilitaba y distraía. Éramos víctimas de un susurro seductor que la
mitología ya había descrito antes.
Pero ya lo sabíamos y prestamos oídos sordos a este inusual estímulo. Pablo y
José llegaron primero a los toneles pero no se decidían si abrir esto o
aquello. Yo no era dueño de mí, y me vi abriendo cajas y envases, tomando a
manos llenas colesterólicos alimentos, que me hicieron alcanzar el karma.
Satisfechos nuestros deseos, debimos iniciar el
regreso a la Laguna Hueso. No era grato caminar con el estómago lleno pero tras
cinco aburridas horas de subida constante llegamos al campamento.
Esta rutina se repitió por cinco días, hasta que toda la carga estuvo arriba.
El 23 de diciembre levamos anclas y entramos nuevamente al "Corredor
Chileno". La navidad vino y se fue, y nosotros continuamos en busca de la
montaña que debíamos escalar para acceder al sector sur de los Hielos
Continentales.
El año que vivimos en peligro
El 31 de diciembre, tras varias tormentas,
llegamos a la cumbre de la montaña que nos cerraba el paso hacia el sur. El
clima empeoró y nos obligó a trabajar en grupos de a dos: Mauricio y Pablo se
encargaron de tender las cuerdas fijas hacia el otro lado del cerro, mientras
José y yo traíamos el material desde nuestro último campamento hasta la
cumbre, en varios viajes.
En la tercera subida, la tormenta se desató
feroz y nos costó mucho subir. Iba dejando esquíes, bastones y varios soportes
a manera de jalones para encontrar la ruta en el siguiente viaje. Desde la
cumbre, vimos a Pablo y Mauricio que hacían una cueva de nieve 50 m más abajo.
Habían logrado tender la mitad de la cuerda fija e incluso alcanzaron a bajar
un trineo, antes que se desatara la tormenta.
Le pedimos ayuda a Mauricio para que nos acompañara al campamento inferior, y
así subir todo lo que quedaba. Bajamos con problemas. Ya la visibilidad era
nula y la vestimenta estaba congelada, como si fuera de plástico. En el
campamento armamos las mochilas y los dos trineos que aún quedaban por subir.
Teníamos que seguir dirección sur, pero
cometimos un pequeño error de apreciación y no ubicamos los jalones. Al
principio, pensamos que no habíamos caminado lo suficiente. Luego comprendimos
que estábamos perdidos en la más espantosa y desoladora tormenta que haya
visto alguna vez: ciegos, sordos y mudos.
Subir o bajar daba lo mismo. Estábamos solos, absolutamente solos. Las horas
pasaron lentamente. En un momento, José nos dijo que había que ir más hacia
la derecha y, ¿por qué no?, también podría ser a la izquierda.
Uno o dos minutos después, en medio de la nada, apareció un absurdo tubo
mostrándonos el largo camino a casa. Cuando nos reunimos en torno a él,
gritamos como sólo los desesperanzados lo saben hacer. Cinco horas tardamos en
hacer ese último porteo, cuando no debió habernos tomado más de 90 minutos.
Arribamos tarde a la cueva sólo para descubrir con horror que Pablo no había
podido agrandarla dada la continua cascada de nieve que le caía por la
pendiente, pero todos, ya reunidos, pudimos ensanchar los dos metros cúbicos
iniciales hasta hacer una cueva patagónica en regla, cuya última paleada fue
dada cinco minutos antes de la medianoche. También año nuevo vino y se fue,
pero dejó una marca imborrable en nosotros.
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Capsula del tiempo Frente a nosotros se extendía el sector sur de los Hielos Continentales, pero para llegar a él era necesario bajar un precipicio de hielo virgen de 600 metros de desnivel. La única referencia era una fotografía tomada por J. Tamayo en la expedición española de 1992. Para realizar el descenso con éxito era necesario contar con buen clima, pero la tormenta continuó y la cueva de momentánea pasó a permanente. Era un lugar húmedo, frío y oscuro: mi paradigma del infierno. También apareció el fantasma del hambre pues las raciones escaseaban. Los días pasaban. Tratamos de forzar la salida, pero la tormenta literalmente nos escupía de regreso, así que nos resignamos a esperar alguna mejoría climática.Sólo nueve días más tarde, a las diez de la mañana, Mauricio vio un pequeño rayo de luz que alumbraba la entrada y todos frenéticamente nos agolpamos a ver cómo el astro rey calentaba a la Patagonia entera y con ella nuestro destino.Nos movimos enloquecidos. Pablo preparó los anclajes. Mauricio y José bajaron los trineos y yo descendí por las cuerdas, explorando el terreno. Era extraplomado en gran parte, y se veían enormes torres de hielo sobre nosotros; pradera prohibida para el hombre.Descendimos 150 m aéreos, luego una plataforma de nieve, después otro rapel de 130 metros, también en parte, extraplomado. Los trineos se atascaban, las epopeyas se sucedían. El sol se iba y aún nos faltaba. |
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Vista del Cerro Paredón (2.256) mts. Inescalado. Se ubica al Sur de la Falla de Reichert, en el costado este del Campo de Hielo Sur, sector Sur. Fotografía publicada por American Alpine Journal, Volumen 42, página 269. |
Ya con las últimas luces, logramos reunirnos donde la pared se tumbaba. Dame palabras Dios mío para poder expresar qué reflejaban nuestras caras al sentarnos en el plano, mirar hacia el Sur y empezar a creer que quizás, tal vez, a lo mejor, podríamos tener éxito.
La travesia del hambre
Éramos los primeros hombres en cruzar la Falla
de Reichert, pero estaba claro que habíamos tenido suerte. Si la tormenta
duraba sólo algunos días más, hubiéramos tenido que abandonar. Además, al
día siguiente, mientras descansábamos, vimos dos enormes caídas de séracs a
la derecha de nuestra ruta. Ambas barrieron la pared y su onda expansiva lo
cubrió todo, incluida nuestra línea de descenso.
El 11 de enero reiniciamos la marcha sabiendo que quedaba más de lo mismo.
Hicimos un esfuerzo brutal para avanzar pese al hambre; dejamos atrás el paso
Dos Codos, el Glaciar Perito Moreno, el Calvo y la amplia cuenca del Dickson.
Ahí se produjo una helada tan grande que congeló la superficie por dos días,
obligándonos a guardar los esquíes y a usar grampones.
Seguimos hacia el sur sorteando varios desniveles y collados que nos agotaban: el Amalia, el Tyndall, el Altiplano de los Franceses. Cada día ocurrían mil duelos extraños y la irrealidad de nuestro presente parecía no tener fin. Cerca del final, volvieron a aparecer los blizzards. Es que los Hielos Continentales no nos querían soltar. En mis sueños adquirían vida y personalidad propia, con sus manos emergiendo de la nieve y golpeándonos inmisericordes.
Intuíamos el final y eso nos ponía más nerviosos aún. A tropezones, arribamos al collado donde nace el Glaciar Balmaceda, punto final de la travesía. Descendimos la complicada cuenca superior y abandonamos el Hielo para siempre. En un salvaje claro a orillas de un lago desconocido, tuvimos una comida frugal, un sueño ansioso y una tormenta interior que acompañaron por siempre aquella memorable noche.
Jaque mate
A las 3:00 comenzamos a movernos. Mi desayuno
fue un sobre de café en medio litro de agua, sin azúcar. Tan débil estaba que
seleccioné sólo lo imprescindible para llevar en esta última jornada: mi
ropa, una cuerda, mi bitácora. El mar estaba a 7 kilómetros de nuestro
campamento, pero el terreno a recorrer era casi virgen y con muchos bosques.
Como los vikingos, quemamos nuestras cosas y
enterramos los restos. El viaje era sin retorno. Amanecía cuando nos pusimos en
marcha. Bordeamos un lago, y luego subimos y bajamos tupidas colinas con densa
vegetación. Las horas pasaban mientras el sol y la lluvia se alternaban en una
lucha eterna y sin ganador. Ya en la tarde, desde la última loma vi un extenso
pantano que llegaba libre de obstáculos hasta el mar. Como era habitual, iba
último, pero ya nada importaba.
A las 15:00 del 30 de Enero de 1999, después de 98 días de travesía,
descendí a una solitaria playa del Seno de la Ultima Esperanza, a orillas de un
gélido océano que me acogía como nunca antes hubiera imaginado. Lloviznaba.
Toqué con mi pie el mar y algo dentro de mí se derrumbó.
Los esfuerzos y privaciones de los últimos años se me borraron de la mente y
desaparecieron. No hacía frío, ni tenía hambre. Los bosques, el marjal, las
flores, en fin, el universo entero se me acercó y se hizo uno conmigo.
Silencio. Paz. Y un fugaz pensamiento que me decía que por fin podría
descansar. Mis amigos estaban a mi derecha y me hicieron una seña. Me uní a
ellos y me tendí sin decir nada.
Nadie dijo nada. Nos quedamos sentados los cuatro en silencio mirando el mar, mientras llovía cálidamente. Petrificados, por horas.
Así, me di cuenta que el Campo de Hielo Sur ya nunca más sería el mismo.
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