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Ojos al cielo |
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Texto y fotos: Herman Sachse. Editó: Santiago Storni |
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Sabíamos que la puna y la aridez serían las
dificultades a vencer, y permanentemente tratamos de "hacernos amigos"
de esas desagradables sensaciones durante los once días del mes de noviembre de
2000 que duró la expedición. |
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Los miembros, un total de siete provenientes de diferentes puntos del país, nos unimos en la ciudad de Fiambalá para dar comienzo a la que fue sin dudas una aventura inolvidable. Daniel y Diego de Bariloche con su Land Rover, Pepe de Mendoza, y Gustavo, Eduardo, "Chapa" y Herman de Adrogué, Pcia. de Bs. As.
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Aclimatación
Las hermosas termas de Fiambalá fueron nuestra
primera e inevitable parada. Fue allí donde el baqueano Rubén Perea nos dio
abundante alimentación y consejos únicos de alguien que conoce muy bien la
región. Luego la posta fue en Las Grutas donde realizamos una pausa de
tres días, a 4.000 m. Allí en el puesto de Vialidad Nacional el grupo comenzó
a sentir los primeros síntomas del apunaniento. Se presentaron los primeros
mareos, náuseas y vómitos, aunque el grupo con muy buen humor soportó esos
malestares típicos. La paciencia fue nuestra mejor arma para combatir estas
sensaciones además de no descuidar la constante hidratación necesaria de casi
cuatro litros de agua por día. Cada uno a su tiempo, paulatinamente
mejorábamos. Y con largas caminatas por el salar San Francisco, al pie
del volcán Incahuasi de 6.630 m.s.n.m fuimos nivelando presiones
corporales.
Los días se presentaron claros, despejados y con poco viento lo que nos dio la seguridad necesaria para seguir subiendo. Dos de nosotros nunca terminaron de adaptarse y fue Gustavo quien con inteligencia decidió que la expedición para él terminara allí.
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El grupo se aclimataba; prueba de ello fue la ascensión que hicimos a un cerro que no figuraba en nuestros mapas, de 4.550 m que bautizamos "Quita pena" por el modo con que el grupo llamaba al vino.
La partida hacia el paso San francisco se
realizó muy temprano. Teníamos por delante 200 Km. de excelente ruta hasta el
paso a 4.800 m.s.n.m. Contábamos con el equipo adecuado, alimento necesario para
varios días y 170 litros de agua distribuidos en bidones y botellas para
facilitar su posterior traslado en la montaña. A unos veinte kilómetros del
límite con Chile en el puesto de Carabineros, sobre la paradisíaca Laguna
Verde presentamos el permiso de ascenso que gestionamos desde Bs. As. en la
Dirección Nacional de Fronteras y Límites del Estado de Chile.
Desde allí pusimos rumbo a un viejo parador
distante a unos 20 Km. denominado Murray, donde se puede dormir
cómodamente. Con mucha expectativa nuestro Defender se las arregló para
sortear los 25 Km. que nos separaban del campamento base del Ojos del Salado,
que ya se recortaba imponente en el horizonte. En un paisaje lunar fuimos
sorteando lechos de ríos, arenales y penitentes que atestiguaban nuestro
permanente ascenso. Llegamos así al primer refugio a 5.250 m.s.n.m.
Ascensión
La desolación y la aridez de allí en más es
increíble. La escasa vegetación desaparece por completo y ya no se encuentra
agua para consumo por ningún sitio. Además habíamos recibido comentarios de
que el agua de la zona podía tener sales muy peligrosas como el cianuro. Con el
correr de los días comenzamos a notar que Daniel presentaba claros síntomas de
M.A.M. (mal agudo de montaña) y lo que parecía también un principio de edema
pulmonar, por lo que sin dudar se resolvió descenderlo a menor altura,
aprovechando que otros tres andinistas regresaban de intentar la cumbre el día
anterior.
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Ese día y el siguiente realizamos algunas
caminatas livianas y un porteo de alimentos, agua y equipo al siguiente refugio
a 5.800 m. Allí existe un magnífico lugar con buenas comodidades para ocho
personas denominado "Atacama". Este refugio está dedicado a la
memoria de el geólogo George Murray que murió en un accidente aéreo en 1984.
Los restos de su helicóptero aún se los puede ver cerca de la cumbre.
Muy lentamente los cinco fuimos instalándonos
con todo lo necesario. Esa noche previa a la cumbre, ninguno pudo dormir ya que
todo tipo de sensaciones corrían por nuestros cuerpos, además de los -25º C
que debimos soportar dentro del refugio. Era increíble ver cómo en cuestión
de minutos se nos congelaba el agua preparada para el día siguiente, por lo que
tuvimos que introducirla en nuestras bolsas de dormir para evitarlo.
Por la mañana, con mucha expectativa y
lentamente, comenzamos lo que sería la jornada más larga y agotadora. Los
interminables acarreos fueron consumiendo poco a poco nuestras energías. La
falta de oxígeno se hacía cada vez mas notoria y la cumbre que parecía estar
al alcance de la mano no llegaba. Fueron ocho horas en las que físicamente se
llega verdaderamente al límite. Dando un último esfuerzo nos encontramos en el
cráter principal del volcán, de unos 300 m de diámetro y a 6.800 m.s.n.m.
Entonces fue cuando se presentó, sobre una arista, la cumbre. De frente a
nosotros al final de una pared de unos 80 m de desnivel y con una dificultad de
4º grado, que a esa altura nos pareció el Cerro Torre.
Pepe, Diego y Eduardo, viendo lo avanzado de la
hora y agotadas sus energías, decidieron que allí estaba su cima.
Cumbre
Con mucha paciencia Herman primero y luego
"Chapa" encararon la pared final. Los pasos eran cada vez mas cortos
pero nos dábamos cuenta de que todo era cuestión de minutos. La montaña era
nuestra, nos decíamos mentalmente. Y así fue. Luego de nueve horas de gran
esfuerzo, la cumbre.
Nos confundimos entonces en un abrazo lleno de
lágrimas y emoción, sintiendo que los siete estábamos allí. Que la montaña
estaba abriéndonos sus puertas y que al regresar a nuestras casas ya no
seríamos los mismos que cuando partimos once días atrás.
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El sol comenzaba a descender en el horizonte, y
con algo de viento en la cara lo contemplamos por un rato, momento único e
inolvidable. Como todos los vividos esos días en aquellos remotos lugares de la
puna catamarqueña.
Ya en nuestras casas y volviendo mentalmente a
cada instante a esas alturas, son muchas las cosas que vienen a nuestras mentes.
Uno piensa que cuando alguien realmente desea algo, el universo todo conspira
para que pueda realizar su sueño. Sólo debe aprender a escuchar lo que le dice
el corazón.
La aventura es un compromiso de todo nuestro ser
y sabe buscar en nuestro interior todo lo que nos queda de bueno y de humano
Siempre hay lugar para el juego, el entusiasmo del éxito o la duda del fracaso.
A la publicación de esta nota, inicio del ‘2003,
el autor termina de regresar del cerro Tronador, donde estuvo intentando el Pico
Internacional por el glaciar Río Blanco, del lado chileno. Dentro del solitario
refugio Tronador, al que no accedía nadie desde abril ’02, soportaron con su
compañero una tormenta durante cuatro días con vientos de 120 Km./h y
temperaturas de -20º C, comunicándose a través del handy con el guardaparques
como único contacto con el mundo. No disponiendo de más días regresaron.
El ascenso al Pico Internacional se ha
complicado por la reducción y erosión de su casquete de hielo. Por el lado
argentino se hace imposible en verano por el mal estado de la roca, y por el
lado chileno el glaciar Río Blanco ya no es el que viera Reichert en sus
tiempos, sino que está todo fragmentado y con muchas grietas imposibles de
rodear, que obligan a hacer sucesivos rappeles y agotadores ascensos para
sortearlas. Pero ese desafío queda pendiente para una próxima nota...
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