El Llullaillaco sin los niños

Texto y fotos: Federico Norte


El ascenso a la montaña más alta de Salta, luego del gran hallazgo de las momias allá por el año 1999, fue sin dudas una experiencia muy particular y cargada de reflexiones.


Plataforma

Pedir permiso por escrito antes de ir, a la dirección de Patrimonio Cultural de Salta, fue el primer paso a dar por ésta expedición conformada por tres alpinistas austriacos y mi amigo Alejandro Lewis que era el guía y mi ayudante en la coordinación del grupo.
Luego de las intensas nevadas de éste invierno que dejaron aisladas a las localidades de Tolar Grande y Socompa, el acceso al volcán fue más que dificultoso, siendo la única vía segura entrando por el pueblo fantasma de Mina La Casualidad, y desde allí unos 50 Km. de dificultades interminables hasta llegar a la base. La nieve que quedaba sobre las huellas vehiculares se había convertido en duros penitentes de hielo que complicaba a cada metro el avance y nos obligaba a usar herramientas para despejar o bien a desviarnos mucho del trazado original.

Luego de armar un campamento improvisado al lado del vehículo, al día siguiente pudimos acercarnos unos 40 minutos abajo de lo que sería el campamento base a 4.900 m.

El magnetismo que tiene ésa montaña sólo lo pueden comprender los que tuvieron la suerte de estar allí alguna vez en su vida. Ahora se suma ése efecto inevitable de mirar la cumbre desde abajo y pensar que allá estuvieron los niños, aquellos famosos niños.
El ascenso desde el campamento base al campamento 1 fue muy duro por que se trataban de 900 m de desnivel cargando pesadas mochilas y por terreno con nieve y material de acarreo. El sitio de campamento fue en la denominada laguna congelada, a 5.800 m pero en ésta oportunidad la laguna estaba seca por lo que tuvimos que fundir nieve para obtener agua gracias a un pequeño glaciar que se había formado en el lugar.


Campamento Cero

La siguiente etapa fue desde el C1 al C2, ya con el cansancio acumulado de los días previos, la empinada pendiente, el material de acarreo y superando ya la barrera de los 6 mil metros de altura era inevitable pensar mientras ascendíamos por la misma vertiente que los incas usaran hace más de 500 años jalonada por pequeñas ruinas indígenas ¿cómo puede ser que hayan subido por aquí ésos niños con aquella vestimenta y sabiendo que la llegar a la cumbre llegarían a su fin en ésta vida?
Posiblemente en la travesía al sacrificio, los niños (que tienen las edades de mis hijas) hayan sido acompañado por sus padres por que para ellos ofrecer un niño para tan importante ritual era un privilegio entregarlo al dios del sol. Aprovechando mis descansos para recuperar el aliento no dejaba de pensar ni un instante en todo esto, no dejaba de pensar ni un instante en la inmensa convicción de ideales que llevaron a ésta gente a hacer lo que yo estaba mínima y confortablemente recreando con toda la tecnología en equipo de alta montaña en mi vestimenta y equipo de campamento.

Luego de dormir en el C2 a 6.400 m llegamos a la cumbre a los 6.739 m de la que no logro encontrar palabras para describirla correctamente. El paisaje es algo espectacular, la frontera natural Argentina - Chile estaba bajo mis pies de donde parte una cadena de volcanes separando el desierto de Atacama del altiplano argentino.
Inevitablemente los niños vuelven a mi cabeza en aquella foto tomada por la National Geographic acurrucados y alineados junto al arqueólogo como si aún estuviesen durmiendo.
La plataforma estaba allí, pero no había niños ni excavaciones por que ya estaba todo nivelado y como si nunca hubiera pasado nada.


Cumbre

Solo el afloramiento de rocas que emerge del cráter formando la cumbre y el gélido viento que se arremolina con violencia sin definir su dirección, son los mudos testigos que vieron a ésos niños ascender, llegar, morir y 500 años después descender para no regresar jamás.


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