Del Nunatak Viedma intentamos llegar al Refugio Fuerza Aérea, ya en el Glaciar Upsala, pero hubo más grietas de lo esperado y tuvimos que acampar en otro nunatak sin nombre, bautizado por nosotros "Nunatak Quáker". Al otro día, ya en camino, nos sorprendió el viento blanco. Nunca había experimentado una sensación así: todo blanco, blanco para arriba, blanco para abajo. Lo único que se veía era la cordada y el resto era como si se hubiera esfumado (o volado, más bien) de la faz del planeta. Con visibilidad cero seguimos 4 horas, hasta que Bárbara dijo: "No va más porque esto se está poniendo muy peligroso". Alegría generalizada en el grupo pues era muy cansador avanzar en esas condiciones. Construimos el muro "más grande do mundo", con tres filas de bloques de ancho y no sé cuántas de alto. No queríamos pasarnos otra noche sacudidos como en una coctelera. A las dos horas nos quedó fantástico y cada trío se encerró en su carpa. 

Esa, creo, fue la noche más "fresca" que tuvimos. Las plumas de las bolsas daban pena y estaba todo con un nivel de humedad digno de Jacques Cousteau. Fueron un día y medio de encierro por el pesto, donde nos dedicamos a leer, jugar a las cartas (el chin-chon se convirtió en nuestro juego de cabecera), charlar y dormir. A la segunda mañana de estar allí salió el sol. Recién entonces nos dimos cuenta dónde habíamos colocado el campamento: junto a una duna inmensa de nieve con una interminable grieta en el medio del campo de hielo. Algo lindísmo. A lo lejos divisábamos el Glaciar Moyano y el Co. Cristal, donde supuestamente se ubicaba el Ref. Fuerza Aérea. La primera parte fue fácil, con raquetas y sin grietas, pero en eso el terreno se volvió cada vez más irregular, con grandes lomadas de hielo y grietas anchísimas y sin fin. Estuvimos horas para poder salir de ese laberinto espectacular; por ahí nos quedábamos aislados en islotes de hielo y los guías buscaban y buscaban un modo de conectar con el siguiente tramo. Pisábamos los puentes de nieve (que comunican las 

grietas) con sumo cuidado porque si se derrumban uno cae al abismo. En realidad no corríamos peligro de desaparecer porque íbamos encordados y la experiencia resultó fascinante. Unos colores que iban del celeste al azul oscuro y casi violeta. Luego de 10 hs de marcha encontramos nuestro tan ansiado refugio: ¡2 chaperíos que nos parecían un hotel cinco estrellas! Uno era la "suite", con 6 cuchetas, y otro era el sector cocina-comedor. Fue una suerte poder estar bajo techo pues tuvimos la tormenta más grande de la temporada. Descanso obligado por tres días. De ahí, bordeando la morrena, continuamos rumbo al Ref. Pascale, que ya está saliendo del Glaciar Upsala. Hicimos una noche entre dos lagunas y al otro día avistamos el refugio. Estos pertenecen a la serie construida por el Inst. de Hielos Continentales y que sirven de apoyo a las expediciones. A partir de allí, luego de cruzar el caudaloso Río Pascale que desagua de la laguna homónima por una tirolesa, pasamos definitivamente a tierra firme. El paisaje es extrañísimo: capas superpuestas de mil colores y llenas de fósiles. Trepamos y trepamos para pasar a los valles y a lo lejos divisamos el Lago Argentino y ¡¡verde!!! Después de casi 20 días no se podía creer... Y en eso apareció la alameda de la Est. Cristina.

FITZ ROY

Qué gritos de alegría; nos sentíamos exploradores de fines de siglo pasado... Pero siempre quedaba un obstáculo sorpresivo, al mejor estilo videojuego: el ancho y correntoso Río Anita. El puente que lo atravesaba para llegar a la estancia se había derrumbado con una crecida el año anterior. Frank intentó llamar a los paisanos con un silbato pero era misión imposible. Entonces por radio se comunicó con el Chaltén y ellos con las casas (¡a unos 100 mts. de nosotros!). Al rato apareció el encargado, Tito, a caballo con otro pingo para cruzarnos. Fue un final ecuestre, con el agua hasta el recado. Los de la estancia ya habían sido alertados de que los expedicionarios veníamos con harta hambruna y nos esperaban con las típicas tortas fritas, manteca, dulce, café y luego guiso de carne, asado de potranquita, etc., etc. Entramos en el plan engorde durante dos días, mientras aguardábamos la lancha de Calafate que venía a rescatarnos. La estancia perteneció a los Menéndez Behety de Tierra del Fuego y el siglo pasado la adquirió el inglés Master. Cuando los viejos murieron sin dejar descendencia quedó al cuidado del encargado Tito. Es un sitio paradisíaco: glaciares, icebergs flotando a lo lejos, montañas, ríos y cascadas, y un clima bastante benigno. Armamos carpa en el parque del casco pero luego disfrutábamos de la casona antigua. Un broche de oro espectacular. El 1-2 atracó la lancha de Campbell y así regresamos a la civilización, con bastante nostalgia de nuestro paso por la inmensidad blanca, donde el único ser viviente que encontramos fue un mini alacrancito negro que vivía en agujeros en el hielo, alimentándose quién sabe con qué... Vida bastante poco estresada la de este especimen...

Apostillas:
Todo absolutamente todo se congela en los hielos (hasta la sonrisa en las fotos...): la pasta de dientes debe colocarse en el bolsillo para que pueda salir con gran esfuerzo; la máquina de fotos se volvía lenta como colla de altiplano y a veces se negaba a funcionar. Ahí nos avivamos y frotábamos la pila con mucha energía. Finalmente optamos por llevarla junto al cuore todo el tiempo, con lo cual las fotos nunca resultaron demasiado espontáneas...
La caída en grietas era cosa bastante frecuente, aunque sólo en las más chicas, cubiertas por nieve, pues las gigantes se veían a la distancia. El lema era: paso grande al entrar a la grieta, paso grande al salir, ya que los huecos están en la unión del hielo con la nieve. Así y todo a veces se daba el mal paso y ¡zas! ¡Adentro! ¡Hubo quienes llegaron a quedar con las patitas colgando en las profundidades y atascados hasta las axilas!! Pero sin peligro alguno porque sostenía la cordada.

Las mediciones de la temperatura reinante dentro de la carpa no eran muy científicas que digamos. A falta de termómetro decidíamos que hacía frío cuando hablábamos y veíamos el aliento salir y... congelarse...

Las prioridades y deseos en los hielos pasan a un nivel archibásico. La única aspiración era tener algo seco, con lo cual había que poner todo lo húmedo dentro de la bolsa de dormir. Con el pasar de los días había más cosas adentro que afuera y dormíamos rodeados de los elementos más heterogéneos...

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