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1200 |
Jorge quiso
compartir con nosotros lo que fue el encuentro en |
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| Por Jorge González | ||
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Llegué al pie de del macizo
de Los Gigantes, iluminados por un cielo azul intenso y un calor desacostumbrado para el
mes de agosto. Allí hay un refugio de Club Andino Carlos Paz. Al lugar se lo conoce como
Villa Amelita. Este refugio tiene muchas cosas pero, entre otras, hay una placa que
recuerda a Héctor Vieytes, amigo o conocido de todos los que han transitado por la
montaña de la manera que sea. Eran pasadas las 21 hs.. El viento movía los pastos y el
cielo se había vestido como pocas veces: las estrellas inundaban su telón negro de tal
manera que era inevitable levantar la mirada hacia tan bello espectáculo. Entonces volví
a vivir esa hermosa sensación de ver las luces en las ventanas, de abrir la puerta y
quitarme las correas de la mochila y tirar un saludo a todas las caras que se volcaron
hacia la entrada. Y el corazón me dijo que allí estaba ocurriendo algo
diferente. Se concentraban en ese
pequeño ambiente rostros venidos de distintas montañas. Acodados sobre la mesa, frente a
un plato humeante de guiso, bajo la luz de los faroles, uno al lado del otro, abrigados
por la madera. El corazón me dijo que no entraba un extraño que provocaba murmullos, que
no estaba ante la mirada inquisidora de cordadas consagradas, que no se habían reunido
para una super directísima. Y que fuerte. La emoción tendió una cuerda a los recuerdos.
Lo que estaba sucediendo allí no sucede todos los días. Los músculos se aflojaron, la
tensión decayó. Sin que nadie se moviera de su sitio, estaban todos caminando sobre un
filo de nieve sin pisar, a pocos metros de la cumbre. De ese punto que ha ejercido siempre
una atracción inexplicable. Sin que nadie se moviera de su sitio, los iluminaba el valle
que los reunía en el descenso. En instantes, todo sucedió adentro mío. Cada uno había
vivido la intransferible experiencia de haber alcanzado un momento de libertad. Habían
regresado al arroyo. Habían transitado algo más de vida y habían comprendido a su modo
el verdadero sentido del camino. Durante dos días ese refugio reunió a un grupo de
individuos bastante especiales. Risas, mates, nombres, recuerdos. Algo estuvo sucediendo
en ese espacio al pie de Los Gigantes. Allí algo se produjo para que llegaran Lionel
Brites y Favio Petrachi de Brasil; Rodrigo y Hernán Abascal de Chile; Ulises Vitale de
Mendoza; Aldo Sánchez, Heber Chiodi, Enrique Bolzi, Juan Bustamante, Erhard Kopcke,
Rolando Betinelli y Julio Aguirre de Bariloche; José Luis Fonrouge, Héctor Cuiñas,
Avedis Nackchian, Luis Botesi, Alfredo Lisjak, Jorge Insúa, Demetrio Lamas, Gino Angelini
de Buenos Aires.
Entre nosotros, más de un par reunía el antecedente de no verse hacía 20 o 25 o 30 años. ¿Qué explica que el tiempo compartido alguna vez se haya detenido, aflore ahora con tanta fuerza, se de un apretón de manos interminable?. No, esto no sucede todos los días. Suma va, suma viene, la contabilidad arrojó un número contundente: 1251 años era la suma total de la edad de los presentes. Allí estaban desde la primera al Diedro Grande a la Supercanaleta del Fitz Roy y tantas montañas y senderos andados que nadie se atrevió a hacer cálculos de ese tipo. El corazón me hizo cosquillas. Se levanto una copa a la amistad, a los que no estaban, a la montaña. Mate, risas, recuerdos, nombres y una caminata hasta la base de la pared como en los viejos tiempos. Muchos empezamos en esas placas. Muchos abrieron allí las primeras rutas... Una cordada joven al pie de la pared se enteró de algunos nombres. Comenzaron a filmar. Kopcke, Unsain, Nackachian y Cuiñas se divertían en la noroeste. Una cordada histórica. Les dije: "Acá hay más de 1000 años, no les va a alcanzar la película". Cuando volvimos al refugio, el viento, el mundo, seguía su curso.
A la media mañana del último día llegó el tiempo del regreso y los preparativos. Un grupo de individuos de todos colores se apiñaba a pocos metros del refugio del Club Andino Carlos Paz para una foto. A las espaldas, quedaba un pinito recién plantado. A modo de símbolo. El frío era una buena excusa para disimular los ojos nublados. Me sentí un afortunado por estar allí. De comprobar las cosas de las que es capaz un sentimiento. Fuimos alejándonos del refugio y del cordón de rocas grises. El frío arreciaba. Las emociones se empujaban adentro mío buscando lugar. "1200 años..." pensé. Cuando volví la cabeza, levanté una copa de nieve y di las gracias. Las gracias a estos amantes de la belleza.
Jorge González, nacido en Villa María, Córdoba. Fue premiado por la Administración de Parques Nacionales por su la labor periodística a favor de la preservación del medio ambiente. Es columnista de la revista Weekend. Hace más de 20 años que escala montañas y recorre senderos. Es autor de la Guía Turística de La Cumbre (1994), de la Guía Turística de Punilla (1995) y la Guía de Turismo de Aventura (1996). Esta radicado en la zona desde 1992 y es director de la Escuela de Montaña y Escalada George Mallory. |
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