Mi
amor por este cerro nació desde la primera vez que lo vi, hace ya varios
años cuando, tímidamente, daba mis primeros pasos por el alto valle del
río Tunuyán. Ahí estaba, imponente, solo, salvaje e inaccesible para
mí en ese entonces. A medida que pasaban los años fueron pasando
también los cerros y aumentaron mis conocimientos. Así fue que en
setiembre del ‘99 con un equipo precario, que me atreví a cortejar al
volcán.
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4300 m. Desde el pie del cerro
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Como parece que todavía no era el momento, solamente llegué
hasta el pie del mismo. Entretanto fui ganando experiencia en la
cordillera limítrofe. Entonces el 1º de octubre pasado puse en marcha la
maquinaria de expedición y me encaminé con la obsesión de subir el
cerro como único norte. El 2 a la madrugada parto con mis amigos Hugo y
Yagua que me llevan cerca del refugio Scaravelli (3.100 m) y ahí comienza
mi travesía porque en el camino hay un planchón de nieve. Apuré mi
despedida porque mis amigos se preocupan por el peso que llevo. Y por fin
solo. Avanzo hasta los 3.800 m e instalo la carpa. Al día siguiente me
siento bien y logro alcanzar el Portillo Argentino a las dos de la tarde.
Luego de despedirme por teléfono de mis seres queridos (desde aquí no
hay mas señal hasta la falda del cerro Tupungato), me descuelgo hacia el
valle. Mientras más me adentro en la cordillera voy rompiendo los lazos
que me atan al llano. Luego de unos 20 km de caminata y tras trece horas
por fin llego al refugio Real de la Cruz (2.800 m). Una vez allí me tomo
unos días para comer bien y recuperarme un poco. Luego del descanso sigo
con rumbo norte siguiendo el río Tunuyán hasta el mismo C° Tupungato.
Tras cruzarlo camino todo el día y llego luego de 15 km hasta un
depósito de comida que había dejado en marzo. Para mi sorpresa el mismo
estaba cubierto de hielo y nieve! Antes que perder un día picando hielo
opté por volver hacia el refugio y reaprovisionarme allí. Aquí perdí
dos días. Una vez retomado el camino logré llegar, una vez que recogí
mis cosas en el deposito de comida, hasta el pie del cerro San Juan. Luego
de la rutina diaria de armar la carpa y luego hidratarme para comer algo,
me dispongo a oír el pronóstico del tiempo porque el cielo esta cerrado
y cae un poco de nieve. Por suerte fue falsa alarma; los vientos hicieron
su trabajo y se llevaron las nubes y al día siguiente continúo mi
derrotero hacia el cerro Tupungato. A esta altura de la expedición ya
estoy metido de lleno en la misma. No extraño ni mi cama, ni las bebidas
gaseosas, ni las comodidades típicas de la vida citadina.

5000 m Cresta SSE |
Perdido en el
tiempo en cada descanso hacia donde dirijo la mirada mis ojos se
maravillan al contemplar tanto paisaje imponente y casi virgen: glaciares;
seracs; ventisqueros y el mismo Tupungato que parece ha decidido aceptar
mi cortejo. Al día siguiente me toca un día pesado. La distancia es
corta pero el desnivel importante. Luego de diez horas me subo a la falda
del cerro que pasa a ser mi campamento base a 5.000 m. Allí paso dos
días aclimatando porque he decidido atacar el cerro desde ese lugar. La
cumbre se ve ahí nomás. Pero los números no engañan: es un tirón de
1.500 metros. Sé que me espera una jornada larga. Y así fue. Aunados mi
espíritu y mi físico en una misma dirección parto el 14 de octubre a
las 6.30 hs de la mañana hacia la cumbre del Tupungato. El primer tramo
avanzo rápido. Luego, llegado a los 6.000 m, la inclinación es
interesante y se vuelve penosa mi marcha (en parte por la falta de oxigeno
en la altura). Decido ahí avanzar por donde me siento cómodo y me monto
en la cresta de roca para trepar durante los últimos 500 m que me separan
de la cima SurEste (6.500 m) del cerro Tupungato. El clima no puede ser
mejor. Si no tuviese viento desde el oeste seria extraño.
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6000 m Cumbre SE
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Permanezco poco
tiempo en la cumbre porque el sol se apura a desaparecer. Filmo un poco,
saco unas diapos, me arrimo a la orilla del glaciar y una vez puestos los
crampones y piolet en mano me dispongo a descender en estilo
"poto-esquí" o "culo-patín". Me detengo para
atravesar a pie una sección de hielo vidriado. Y de nuevo más abajo para
disfrutar de una puesta de sol espectacular. Eso me costó llegar tarde a
una sección de grietas. Por suerte no tuve mayores problemas al
atravesarlas. Avanzando por inercia, a las diez de la noche me introduzco
en mi amarillo hogar. Como los días están muy buenos me regalo un
merecido día de descanso. Al día siguiente me levanto temprano y dejo el
lugar tal y como lo encontré. Empiezo a descender. Luego de doce horas
llego a diez kilómetros del refugio, pero mis pies dicen
"basta!". Duermo y al día siguiente por fin llego al Real de la
Cruz. Me tomé dos días para recuperarme. Con El Portillo tuve suerte
porque salí temprano y logré llegar a la ventana (4.200 m) en ocho
horas, y continué luego unas tres horas más hacia abajo hasta
encontrarme con Yagua que venia a mi encuentro. Tras un emotivo abrazo,
bajamos a festejar el triunfo.
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