El Cerro Penitentes, de 4.351 msnm es un
buen terreno para empezar a hacer ascensiones en altura, y también como
entrenamiento para el Aconcagua.
Cercano a la ruta que va a Puente del Inca y al Parque Aconcagua, la
aproximación no tiene mayores dificultades y la ascención puede hacerse aún
si uno cuenta con pocos días. En tres días se hace tranquilamente y en dos con
un mayor esfuerzo y rapidez.
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Aproximación
Veamos. La villa Los Penitentes se encuentra a 2.600 msnm al pie del centro
de esquí, cuyas pistas no se desarrollan en las laderas del cerro homónimo
sino en el Cruz de Caña. Pasando la villa 2,5 km
(y 3 km antes de Puente del Inca), junto a una pintoresca estación abandonada
del tren que circulaba junto a la ruta, hay un precario puente colgante sobre el
río Cuevas, inicio de la senda.
El puente se debe pasar de a uno por vez (foto de tapa). Así, partiendo de la
cota + 2.650 nos iremos adentrando en la Quebrada de Vargas, siguiendo siempre
en dirección norte-sur o suroeste, el curso del arroyo Vargas, al que tendremos
que cruzar unas cinco veces. Según la época del año varía el caudal de agua
y la dificultad de esos vadeos. Un par de bastones ayudan a mantenerse
equilibrado con la mochila al pasar de piedra en piedra por el torrente. Si bien
en otoño nos resultó fácil, en épocas de deshielo es inevitable mojar el
calzado y hasta los pantalones. Llevar recambio.
Al inicio se supera un empinado talud por la izquierda. La senda por la quebrada
es muy linda, y un estrechamiento que presenta en su parte central la hace muy
pintoresca.
Internarse por allí en invierno implica usar raquetas o esquíes de travesía,
y tener cierta experiencia en el tema. Incluso hay un sector expuesto a posibles
avalanchas de nieve provenientes de los conos de deyección y laderas inferiores
del cerro Penitentes.
Su nombre se debe a sus formaciones, pero no por los "penitentes" de
hielo, como los pináculos que el viento forma en los glaciares del Aconcagua,
sino por sus figuras rocosas: arriba una enorme "construcción" de
piedra marrón, de líneas verticales que aluden a una monumental catedral
gótica y, delante, más bajos, peñascos negros sobre una suave ladera verde,
menhires agrupados como monjes penitentes llegando a la catedral.
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Campamento Base Refugio
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Después
de unas horas de caminata sin pendientes demasiado abruptas, habremos llegado al
lugar elegido para acampar: el refugio de Grajales (construido por quien fuera
uno de sus arrieros: Heber Palacios) a +3.100 m. El refugio es un cuartito chico
en el que pueden entrar unas dos o tres personas
durmiendo sobre su piso de cemento. Pero tratándose de un lugar concurrido en
ciertas épocas, siempre conviene llevar carpa y a lo sumo usar el refugio para
comer si nos toca mal tiempo. Dormir en esa área no sólo nos servirá para un
buen descanso previo a la ascensión al cerro sino también muy especialmente
para la aclimatación necesaria para nuestro organismo. Según cada uno y cómo
hayamos llegado hasta allí algunos pueden sentir unos síntomas leves por la
altura.
La Quebrada de Vargas independientemente del cerro, es en sí misma un
interesante destino para recorrer. Y al día siguiente podríamos optar por
seguir andando adentrándonos en ella, lo que nos llevará a una bifurcación:
siguiendo el curso natural de la quebrada se llega al Portezuelo Cerrata, a unos
+ 3.700 m, camino obligado al valle del Río Blanco superior y los Portezuelos
Alto y Bajo del Plomo. Hacia la derecha (oeste) se abre el brazo Laguna Seca,
menos pintoresco.
Este sí es un
típico valle glaciar que aunque termina cerrado por el mismo macizo de
Los Gemelos, no permite el ascenso directo de estos cerros.
Por un portezuelo, utilizado por Federicho Reichert, puede pasarse hacia
el fondo de la Quebrada Blanca. Ninguna de estas quebradas permite el
acceso directo a cincomiles.
Pero si vamos hasta el Río Blanco, es posible seguir su curso hacia el
oeste (izq.) hasta encontrar el Río Tupungato, que si lo seguimos hacia
el norte completaremos un circuito que nos vuelve a dejar en la Ruta 7, en
Punta de Vacas. Hay dos lugares de acampe sobre el Río Blanco, uno en sus
nacientes y otro en la mitad, y un refugio (M.O.P.) al encontrarse con el
Río Tupungato.
Pero si vamos a subir al Cerro Penitentes salgamos relativamente temprano,
que nos espera un día largo e intenso.
La montaña. La caminata del día anterior hasta el campamento nos ha
dejado detrás (al sur) de la montaña, que de este lado muestra una cara
más accesible. En la mochila pondremos suficiente cantidad de agua para
casi todo el día, algo para comer y abrigo, porque arriba sopla,
especialmente cuando nos asomemos al filo.
Dejamos el campamento a + 3.350 m y nos alejamos del arroyo subiendo por
una ladera de piedra y pasto, ganando altura. No hay mucho misterio: hay
que darle para arriba. Las carpas se ven chiquitas, se abren el paisaje y
las vistas, y en un determinado momento veremos al norte la majestuosa
mole del Aconcagua, con su helada e imponente cara sur y su cumbre
frecuentemente escondida entre nubes. |

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Juan y Karen inicio |
De una
pendiente más suave de pasto pasamos al pedrero... Empinado e interminable,
creo que si conviene entrenarse antes de venir es para este sector de la
montaña. Estado físico, especialmente piernas y pulmones, y un par de bastones
regulables, serán de gran ayuda para esta pronunciada pendiente de escombros.
Vale la pena. Sin duda. Desde enfrente nos acompaña durante el ascenso un
bellísmo cerro, con un gran abanico cóncavo y un glaciar colgante: es el
Gemelos. Bastante poco frecuentado, debe su nombre a las dos cumbres negras e
iguales.
Al alcanzar el filo la vista se abre por más de 180º. Vemos el agudo y
siempre nevado Tolosa y el Cerro Plomo al oeste y
cumbres chilenas como el Juncal. Más al sur los picos Bonito y Santi, el
Tupungato y el Negro Pabellón.
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Cumbre Herman Sacse
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Desde
allí a la cumbre (+4.356 m) puede tomar casi una hora más, y al ver en todas
direcciones agregaremos la vista hacia nuestro punto de partida del día
anterior: la ruta, la vía, la Villa los Penitentes, y los Cerros Banderita,
Cruz de Caña, y por supuesto al fondo, siempre
imponente, el más alto: el Aconcagua.
De allí sólo queda descender. Bajar un pedrero como ese, ya se imaginan
cómo es: a veces trancos largos, a veces como esquiando en seco, bastoneando,
hundiendo los talones, derrapando...
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Las
rocas sueltas y filosas ruedan y castigan nuestro calzado. Levantando
polvareda bajamos y bajamos; mil metros de desnivel en dos o tres horas.
Luego el pasto, la pendiente más suave, las carpas, el arroyo... y
el descanso. Según la hora y el plan, o se carga todo para seguir hasta
la ruta o, más descansados, pernoctamos ahí para hacer a la mañana
siguiente el tramo hasta la ruta, y emprender el regreso.
Gente de Montaña. Personalmente tuve la
suerte de hacer este cerro con Juan Pedro Vilche y Karen Minasi, guías
muy experimentados, muy profesionales, muy cordiales y muy
respetuosos.
Acostumbrados a guiar en la zona del Aconcagua a extranjeros y argentinos,
se ocupan con cuidado y responsabilidad de que uno se sienta bien y
disfrute de la experiencia. Atienden el refugio Cruz de Caña en la Villa
Los Penitentes donde se vive la calidez de un refugio y el intercambio de
experiencias con montañistas de todas partes que lo usan como base previa
al Aconcagua y sus alrededores.
El protagonismo del Aconcagua eclipsa un poco muchos otros posibles
destinos en los alrededores, de diversos grados de dificultad, dentro y
fuera del Parque Provincial.
Además de los tradicionales trekkings a Plaza de Mulas y Plaza Francia,
hay varios cerros que son interesantes alternativas para recorrer. En
verano caminatas por los cerros Banderita o
Cruz de Caña y en invierno paseos con raquetas,
son variantes posibles para quienes quieran recorridos de un día. Además
de otras activiades como el rafting o el "puenting" desde el
puente de hierro del ferrocarril que ya no pasa... |

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Desde ell filo Juan y
Karen |
Puenting
Por Sebastián Donato.
Juan Manuel insistió bastante para que el domingo, de vuelta de
nuestra fugaz visita a las morrenas de Plaza Francia, fuésemos al
puente del ferrocarril a hacer puenting. El duro hielo
"fósil" no había permitido demasiado, pero algo de
técnica de escalada en hielo se había podido practicar.
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El río Las Cuevas
corría caudaloso 40 metros por debajo nuestro. Hasta ese momento
no vislumbraba nada emocionante. Sí, me parecía interesante el
armado del "polipasto" y del sistema para absorber la
fuerza de choque de la doble cuerda, pero no entendía el
entusiasmo de mi amigo cordobés.
Llevó un tiempo la
verificación de los nudos, mosquetones y montaje del sistema
completo que es fundamental como norma de seguridad. Tres son las
cuerdas que a uno los vinculan con el puente: la cuerda doble
dinámica que soporta la tensión y una tercera, también
dinámica, que sirve para subir a la persona una vez que dejó de
pendular (y es con la que a uno lo bajan hasta el suelo). Además
esta cuerda es un reaseguro más ante cualquier remota
eventualidad con las otras dos. |

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Doble
clic para ver mas grande
(imagen muy pesada 1.680 Kb.) |
Pero
esta descripción técnica es para el lado izquierdo de nuestro cerebro.
Lo que no se puede transmitir es la sensación que se experimenta al
animarse a saltar...
Era eso lo que me andaba faltando dentro de mí; no algo racional sino
mucho más primitivo de lo que sin darnos cuenta vamos perdiendo en la
urbanización nuestra de cada día.
Menos mal que Juan Manuel insistió...
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