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En este Parque encontramos el
mosaico de ambientes típico del Chaco Húmedo, Chaco Oriental o Chaco de Esteros,
Cañadas y Selvas de ribera. Esta variedad de ambientes está en gran parte determinada
por la ubicación del área. La misma se encuentra enclavada en la porción más húmeda
de la región chaqueña.
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El aporte de agua está dado tanto por las lluvias (caen entre
950 y 1.200 mm al año) como por las periódicas crecidas de los ríos de la región.
Dominan en el paisaje los
extensos palmares de Palma Blanca o Caranday que prosperan en zonas inundables. Junto a ellos se encuentran pastizales de Espartillo, que
llega a tener 50 cm de altura, Paja Amarilla y Paja Boba.
Los terrenos más altos, que están fuera del alcance de las inundaciones, están
ocupados por un tipo de vegetación distinta. Se trata de bosques, que se disponen en
isletas rodeadas de los terrenos inundables. Habitan estos bosques mamíferos como el
Zorro de Monte y una gran variedad de aves. |
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Foto: Daniel Gómez |
Sobre las costas del caudaloso Río Bermejo, que conforma el límite norte del Parque
hallaremos un denso bosque, con árboles de hasta 20 metros de altura, cubiertos de
enredaderas, lianas y epífitas. Es la Selva en Galería, que se nutre de los aportes de
sedimentos proveídos por los periódicos desbordes del Bermejo.
Finalmente, en los terrenos
donde el agua permanece la mayor parte del año, se desarrollan los ambientes acuáticos.
Estos están representados por los esteros, bañados, cañadas y embalsados.
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Los hallaremos asociados a
lagunas y a tramos de río desconectados del curso principal: los madrejones o
lagunas semilunares. Estos cuerpos de agua son característicos de los ríos de
llanura que poseen un recorrido con muchas vueltas o meandros.
Dado que el río cambia
periódicamente de curso, es frecuente que abandone amplios sectores, dejando a su paso
numerosas lagunas en forma de medialuna, llamadas por ello "semilunares".
En los ambientes abiertos,
hallaremos aves principalmente corredoras, de largas patas y cuello, como la Chuña de
Patas Rojas y el Ñandú. Los mamíferos no son una excepción, y uno de los
representantes típicos del área y de este ambiente en particular también tiene patas
largas.
Se trata del Aguará-Guazú, que a pesar de su gran tamaño se alimenta de
pequeñas presas, como perdices, ratones, reptiles, etc.. Este curioso zorro autóctono,
por haber sido perseguido injustamente por mucho tiempo, es hoy uno de las especies de la
fauna argentina que se encuentra en peligro de extinción.
Los termiteros o tacurúes de
las sabanas con Palmares, constituyen la principal fuente de alimento de otro vertebrado
peculiar: el Oso Hormiguero Grande o Yurumí, también amenazado de extinción.
En las isletas de monte veremos numerosas huellas dejadas por Pecaríes de Collar,
Corzuelas y Aguará Popé o Mayuatos, el osito lavador o mapache de América del Sur, que
entre muchas otras especies frecuentan estos bosques altos en busca de alimento y refugio.
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Foto: Hernán Rodríguez Goñi |
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Las Selvas en Galería del
Bermejo son el refugio del raro Mono de Noche o
Mirikiná, el único primate argentino de hábitos nocturnos. De cola anillada, denso y
sedoso pelaje, este pequeño mono sorprende por sus enormes ojos que se parecen a los de
una lechuza. La destrucción de su ambiente y la captura como mascota lo han hecho muy
raro y podemos darnos por afortunados si conseguimos verlo en las copas de los árboles
más altos.
Los esteros, embalsados y
lagunas están densamente poblados por vertebrados acuáticos de todo tipo. Muchas
especies de peces son alimento de Garzas, del Jabirú o Juan grande,
la más grande de las
cigüeñas argentinas, de los Yacarés (el Negro y el Overo) y de mucho otros animales.
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Foto: Daniel Gómez |
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Un
gran reptil acuático puebla estos lugares:
la Boa Curiyú, que llega a medir cuatro metros de longitud.
Dado que estos ambientes acuáticos pueden desaparecer en períodos de grandes sequías,
peces como las Tarariras, Anguilas y Cascarudos, poseen adaptaciones que les permiten
sobrevivir en tales condiciones. Algunos pueden respirar aire atmosférico y permanecer en
pequeñísimos charcos; otros, ayudados por sus fuertes aletas, se trasladan reptando en
busca de lugares más húmedos; sólo unos pocos poseen la extraordinaria capacidad de
enterrarse en el barro, cubrirse de una sustancia protectora que los encierra en un
"capullo" y sumirse en un profundo letargo a la espera de las próximas lluvias,
tal como lo hace el pez pulmonado o Lepidosirena.
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Foto: Carolina Marull |
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