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La Trochita |
Durante las vacaciones, prácticamente no hay gente que a su paso por la ciudad de Esquel haya resistido la tentación de subirse a éste "trencito". El Viejo Expreso Patagónico, más conocido como "LA TROCHITA", nos invita a realizar un viaje inolvidable a través de uno de los más hermosos escenarios de la naturaleza... |
Un viaje al pasado |
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El recorrido completo se extiende desde la localidad de Ingeniero Jacobacci (Pcia. de Río
Negro) hasta Esquel (Pcia. del Chubut), a lo largo de 402 Kilómetros de rieles que
atraviesan lugares
fascinantes a través de la Estepa Patagónica, bordeando la imponente
Cordillera de los Andes, con algo más de 640 curvas, varios puentes, un túnel y unas 17
paradas entre estaciones y apeaderos.
Su nombre "La Trochita" se debe a
que sus rieles tienen una separación de tan sólo 75 centímetros (medida denominada
también trocha súper económica, 25 centímetros menos que la trocha angosta normal que
tiene 1 metro). Por eso, aquí todo es chiquito: las locomotoras, los vagones, las
estaciones y sus galpones están hechos a escala, de tal forma que lo hacen aparecer ante
la mirada de la gente con una sensación como si fuera de juguete, un juguete que hoy es
casi el único sobreviviente de los ramales ferroviarios que corrieron por el sur
argentino.
Las obras comenzaron allá por 1922, llegando
a Esquel recién en 1945. La Trochita, tuvo vital importancia en el transporte de ganado,
lanas, maderas, frutas y minerales desde los pueblos de la zona hacia Buenos Aires, puerta
de salida al resto del mundo, en épocas donde los caminos eran escasos, peligrosos y el
asfalto solo privilegio de unas pocas provincias. En los últimos años, con la
construcción de nuevas rutas, los medios de transporte cada vez más ágiles para la
población y para trasladar las mercancías, le fueron restando cargas y pasajeros al
trencito. Si agregamos a esto la falta de presupuesto de los últimos años, el escaso
interés por preservarlo, lo poco conocido que era a principio de los '90 y la política
privatizadora de la última década, podemos decir que fueron los factores desencadenantes
que hicieron avanzar la situación hasta tal punto que el Gobierno Nacional decidió
retirarlo de servicio, junto con los demás ferrocarriles, sin considerar en lo más
mínimo el valioso Patrimonio Histórico Cultural que representa para nuestro país y para
toda esa gente patagónica que se reconoce y se identifica con este tren.
Hoy, gracias a los esfuerzos realizados por el gobierno de la provincia del Chubut y
especialmente por la gente de El Maitén, la Trochita sigue funcionando, permitiendo que
turistas argentinos y extranjeros (en su mayoría) puedan disfrutar de este viaje
"inolvidable"...
Para introducirnos en la sensación de ser pasajeros de la Trochita, comenzaremos el viaje
en la estación de Ingeniero Jacobacci, y aunque actualmente los trenes no partan desde
aquí, no quita la posibilidad de que el gobierno rionegrino devuelva algún día la
esperanza y la vida a esos pueblos aislados, reactivando el
servicio. La partida
generalmente se producía en horas de la mañana y tenía combinación con el tren de
pasajeros que salía desde Plaza Constitución hacia Bariloche, el que muchas veces era el
culpable de los atrasos de la Trochita... Finalmente, a las 6.30 AM, pleno invierno,
partimos desde la estación Ingeniero Jacobacci, que es el Km. 0 del ramal, y a partir de
aquí el trencito circula utilizando uno de los rieles de la vía que sigue a Bariloche y
un tercer riel colocado en el medio para achicar la trocha a 75 centímetros. Más
adelante, en el empalme Km. 648, luego de transitar 15 kilómetros utilizando la vía
"grande", se separan los rieles de la Trochita independisándose de ella, en
dirección al sur. A través de lo vidrios un tanto empañados y con las primeras luces
del día, apreciamos un paisaje árido y agreste que nos acompañará por varias horas: es
la estepa patagónica, un paraíso de tierras casi vírgenes, que atesoran innumerables
riquezas en sus entrañas y atrapan a los visitantes por su misterio e inmensidad...
Continuando el viaje, efectuamos las obligadas paradas en: Bomba Km.39, Ojos de Agua, Futa
Ruin y Mamuel Choique (estamos en el Km.83.5). Cabe destacar el encanto particular de
éstas estaciones (y apeaderos algunas), que a pesar de los años y el abandono en que se
encuentran, tienen elgo que llama la atención, algo para admirar y disfrutar en medio de
la paz y el silencio de estos solitarios lugares, que tal vez sean los más tranquilos y
puros del planeta. Reanudando la marcha, unos 44 kilómetros más adelante, llegamos a la
estación Cerro Mesa, donde generalmente se realiza un cambio de locomotora. Aquí,
dejamos a la un tanto fatigada 114 reemplazándola por la noble 16, algo ennegrecida por
el tizne de los años pero aún con toda la fuerza, que será la encargada de arrastrarnos
hasta Esquel. Continuando el viaje, bordeamos el Río Chico por una ladera rocosa hasta
cruzarlo sobre un puente de 105 metros de largo, que es una de las obras más importantes
del trazado junto con el túnel del Cerro Mesa (Km.129), que tiene una longitud de 108
metros y que pasamos a continuación del puente. Saliendo del túnel, la vía bordea un
arroyo pintoresco, el Chacay Huarruca, y se abre paso a través de la meseta patagónica a
alturas que oscilan de 800 a 1200 mts. s.n.m., en donde ya se tornan más significativas
las ondulaciones del terreno. Siguiendo en dirección hacia el sur, transitamos varios
kilómetros por la parte noreste el valle del río Ñorquinco y nos detenemos a cargar
agua el la estación Fitalancao, tarea que llevará unos veinte minutos. Con el tanque
lleno, se reanuda la marcha y después de 62 curvas en 27 kilómetros,
llegamos a Ñorquinco, la
última estación de la provincia de Río Negro (Km. 201,1). A partir de aquí, comenzamos
a observar los cambios más significativos del paisaje: si bien la vegetación sigue
siendo del tipo esteparia, (generalmente representada por especies como Coirón, Charcao,
Neneo y demás arbustos espinosos, de coloración ocre) ya tenemos como fondo la silueta
de la imponente Cordillera de los Andes. Unos kilómetros más adelante, cruzamos el
puente sobre el Río Chubut y a los pocos metros arribamos a El Maitén, hermoso pueblo
chubutense de unos 4000 habitantes, rodeado de montañas y pinares que lo convierten en un
pequeño oasis verde en medio de tanta estepa. Un detalle que se podrá apreciar es la
cordialidad de su gente, que es muy atenta con quienes visitan este pueblo que nació y
creció junto al ferrocarril. Aquí es posible, si es que hay tiempo, visitar los talleres
y la estación, que es la más importante de todo el ramal. Es en éstos talleres, donde
la gente que se dedica al mantenimiento del material rodante, pone su especial dedicación
y su amor al arte para reparar o reemplazar cada pieza por una de iguales
características, y en muchos casos deben llevar a cabo trabajos verdaderamente
artesanales debido a que ya no se consiguen repuestos. Además, se encuentran muy bien
equipados y con la maquinaria adecuada, como ser tornos de grandes dimensiones y otros
tantos elementos, que a pesar de sus años, funcionan a la perfección para poder atender
a esas viejas damas de negro que hoy día siguen surcando la Patagonia. Gracias a toda
ésta gente, es posible mantener con vida a todo el parque rodante actual. También está
emplazado en instalaciones vecinas a la estación, un pequeño museo con objetos que se
utilizaron en los primeros años y otros que aún se siguen usando. Pero volvamos a
nuestro asiento...
...El viaje continúa y las vías corren a pocos metros de la Ruta Nacional 40, la
carretera más larga de la Argentina, y pasando luego por las estaciones Leleque (que se
encuentra dentro de la estancia homónima, hoy propiedad de una conocida firma italiana
fabricante de prendas de vestir), Lepá, Mayoco y La Cancha (Km.353). En ésta última,
que en realidad es (o fue) un
apeadero para el embarque de lanas y ganado, podemos ver un
conjunto de casas construidas con durmientes de quebracho colorado, donde habitaba hasta
no hace mucho el personal de las cuadrillas de mantenimiento de las vías. Durante todo
este tramo del recorrido se suelen ver casi siempre ovejas, guanacos, liebres, choiques (o
ñandú petiso), zorros y gran variedad de aves. Como anécdota, al salir de una curva,
encontramos una oveja reposando en el medio de la vía, y ante su indiferencia a los
insistentes silbatazos de la locomotora, el foguista debío detener el tren y bajarse para
espantarla. Más adelante, y siempre con la compañía del incansable silbato de la
máquina , llegamos a la estación Nahuel Pan, donde una vez más se llenarán los tanques
de la locomotora con 4000 litros de agua, carga que le da una autonomía de unos 40 o 50
kilómetros. Desde aquí hasta Esquel restan unos 20 kilómetros, que se realizan en medio
de un paisaje espectacular, totalmente distinto al anterior, bordeando laderas montañosas
y teniendo una magnífica vista de todo el valle del arroyo Esquel y la ciudad, una
panorámica excepcional para los amantes del video y la fotografía. Es una de las partes
más lindas del recorrido.
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