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Transmitir un estilo de
vivir la montaña, con todo lo que eso representa.
Es una gran responsabilidad desde el punto de vista del instructor hacerse cargo de esta
enseñanza. Los individuos deberán luego estar cara a cara con su propia realidad, en un
medio natural como lo es la montaña. A veces salvaje en demasía y otras veces mansa y
domesticada. El hecho de que los cursos en general sean o no sean un éxito no dependen
fundamentalmente de las condiciones climáticas ni de las circunstancias del aprendizaje.
Como los guijarros en el tamiz, lo que queda en el recuerdo de cada alumno debe ser:
Conocer sus propias limitaciones y actuar en consecuencia, saber hacia donde continua el
camino eterno del aprendizaje, perder el misticismo bárbaro que a veces se tiene de
cierta gente, lugar o actividad. Tener almacenada en la memoria psicomitriz ciertas
técnicas de progresión, ciertos mecanismos de raciocinio para aplicar en ciertas
circunstancias, algún atisbo de criterio y sentido común, y finalmente un buen recuerdo
de unas vacaciones pasadas escalando con nuevos amigos.
La excusa de todo esto es hacer un curso tipo de "desenchufe" que no es sino un
enchufe en temas realmente ajenos a las ondas de las grandes ciudades. Realmente es un
tema atemporal y totalmente en una realidad aparte de los que se vive comúnmente
en la
Argentina en 1998.
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