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Por los
lugares
más fríos
del mundo |
Durante el otoño-invierno de
1995, continuando con mi iniciación patagónica, me enfrenté a condiciones que parecían
totalmente inapropiadas para pedalear.

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| Por Mariano
Lorefice |
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Alaska (USA) - Yukon (Canadá)
A lo largo del recorrido de Alaska a Yukon no
extrañé los fortísimos vientos patagónicos y pude disfrutar de interminables bosques
que me protegieron mientras dormía a la intemperie, ante el alucinante espectáculo de la
aurora boreal. Pude soportar las temperaturas de 20º bajo cero gracias a la buena calidad
de mi bolsa de duvet "made in Argentina", que cada mañana debía sacudir para
sacar el hielo acumulado. En esa ocasión, tenía la expectativa de que los caminos se
cubrieran totalmente de nieve y no pudiera avanzar.
En el interior de Yukón luego
de pasar por White Horse, las temperaturas descendieron mucho más que en Alaska; las
nevadas no me perdonaron y todo se hizo mucho más difícil. Las únicas ventajas eran que
no me picaban los
millones de mosquitos ni me molestaban ninguno de los 15.000 osos del Yukón, de los que
me hubiera tenido que cuidar en verano.
Travesía de Canadá en
invierno: lo más difícil
(28 etapas nevadas, 35º C
bajo cero, 67º C bajo cero de sensación térmica)
En la vuelta al mundo del '96,
luego de haber cruzado toda Asia, volé a Pekín a Vancouver para enfrentarme al durísimo
invierno de uno de los lugares más helados del planeta. Pisar de vuelta tierra canadiense
(la mayoría del tiempo fue hielo) y reencontrarme con uno de los países que más quiero
me produjo una enorme satisfacción, acompañada del sentimiento de triunfo de haber
podido con el exótico oriente. Ese sentimiento triunfal me permitía estar psicológica y
espiritualmente fuerte para encarar un desafío que el año anterior me había espantado
un poquito y, en ese momento, parecía relativamente fácil.
En British Columbia: cruzando
las Rocky Mountains
El 19 de diciembre empecé
desde Vancouver, con mucho optimismo... Cuando apenas había recorrido 75 Km. se hizo de
noche y la policía me advirtió que debía salir de la ruta por la gran cantidad de nieve
que caía y el peligro que significaba. En la jefatura de policía, un veterano me dijo
que el tiempo no mejoraría hasta la primavera y que en esas condiciones era imposible
andar en bicicleta. ¡Terminó ofreciéndome su casa para que esperara hasta marzo o
abril!
En mi segundo día de pedaleo,
tuve que colocar cadenas en las cubiertas para poder pedalear en la nieve u no resbalar en
el hielo. Cruzar esas montañas significó tener que ascender varios puertos de primer nivel, con trepadas
de 35 a 40 Km. El más difícil fue Roger´s Pass. Mientras subía, me mantenía
calientito y debía evitar transpirar ya que cuando llegaba a lo más alto disminuía el esfuerzo y
la transpiración se congelaba rápidamente. En el descenso, a veces se me formaban placas
de hielo en el pecho. En esos momentos, tomar velocidad podía resultar mortal, no sólo
por el peligro de patinarme, sino por el de morir congelado. ¡Había que resistir el
congelamiento de pies, manos y cabeza regulando la velocidad y rogando que la subida
viniera pronto! ¡Era más agradable bajar a 15 que a 50 Km. por hora, y aún más
placentero subir a 10 Km. por hora! La velocidad no contaba, ¡cuánto más lento, mejor!
De eso dependía la vida...
Un mes atrás, al cruzar la helada provincia de Quingai, en la meseta tibetana, con
temperaturas de -22º C y varios grados menos de sensación térmica, había pagado las
consecuencias de tener un único y chico par de zapatillas, que no me permitía usar más
que un fino par de medias sin que la presión me cortara la circulación.
Los cubrezapatillas de neoprene y la medias de lana que colocaba encima eran
insuficientes. ¡No había forma de mantener mis pies calientes! Producto de esto, sufrí
principio de congelamiento. Recuerdo que debía alternar el pedaleo con caminatas, en las
que dolorosamente recuperaba la sensibilidad en los pies. En Canadá, algunos de mis dedos
habían perdido la sensibilidad, que recuperé a costa de luchar con masajes todos los
días.
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