De pronto, encontré a mi paso chanchos y burros con el lomo nevado bajando por las montañas, hermosos petirrojos que lucían como frutillas sobre la nieve, plantas heladas que parecían algas marinas, pinares nevados cual arbolitos de navidad y una enorme cantidad de barro en mis anteojos, en mis piernas y en todo mi cuerpo. Así fue que después de 1 hora da bajada a velocidades de hasta 50 Km. por hora, estábamos todos reunidos de nuevo en la plaza de Yacanto, con las caras dibujadas de sonrisas de barro y ojos saltones de felicidad. Por supuesto, Juan ya nos esperaba con su servicio de sopas y toda clase de bebidas calientes para aliviarnos del frío, y revivir nuestros pies y manos casi congelados. Después de ese golpecito de calor para el cuerpo, los más guapos continuaron pedaleando hasta Villa Gral. Belgrano y los demás nos fuimos calentitos en las camionetas de vuelta hasta el Parador.
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Para mi la aventura del descenso de casi 25
Km del Champaquí coronado de
nieve como crema chantillí merecía permanecer intacta en el recuerdo de mi
mente y mis retinas. Quise disfrutarlo sin agregar nada más.
Esa noche también fue especial. Nos agasajaron con una cena de chivito
asado, del bueno, (chivito cordobés), buen vino y nuevamente los tragos de
sobremesa junto al fogón, que sirvieron para rememorar las vivencias de cada
uno. El último día me toco formar parte de la patrulla UNIMOG de la madrugada,
así que el amanecer me recibió subiendo los cerros en la jaula trasera junto a
otros 5 voluntarios, atravesando el valle que nos conducía hasta el camino que
llega a un pueblito, llamado San Agustín (por donde se corre un prime del rally
internacional). El alba nos premió con un cielo despejado, con el cordón de
las Sierras Grandes a un lado, colmadas de nieve y plenas de sol, y al otro, el
dique Los Molinos como un espejo, descansando manso sobre el valle. El profundo
aroma que despedían los pinares llenaba de una energía especial nuestros
pulmones.
Llegaron todos los bikers, y se largó nuevamente la partida rumbo a San
Agustín. El camino regalaba curvas por doquier. Entre semejante forestación,
el paisaje era de inusitada belleza. Las subidas costaban bastante, pero siempre
nos premiaban con una inmensa bajada, que luego volvía a ser una terrible
subida.
Todo el pueblito, vio pasar este puñado de coloridos atuendos, montados
sobre embarradas bicicletas, como pocas veces en su vida. El saludo y las
felicitaciones de su gente fue el gesto que fortaleció nuestras piernas
cansadas. Así llegamos hasta el convento de los monjes Benedictinos, donde
tomamos un buen almuerzo tirados bajo la arboleda. Después de semejante relax,
ya estaba cayendo el sol. Fueron pocos los que llegaron pedaleando hasta El
Parador. Para la mayoría la aventura ya estaba cumplida. Con estos últimos 30
Km. la prueba estaba más que superada. Solo ansiábamos
unos mates calientes y
unas buenas duchas.
Nuestros tres días a pura bicicleta habían llegado a su fin. Solo restaba
desarmar todo el equipo y guardarlo para el viaje de regreso. Fue el momento de
recordar el cansancio de nuestras piernas, las caídas, los golpes, las
patinadas, los partidos de truco, y guardar las petacas que también volvían
vacías en las mochilas.
Igualmente estábamos ansiosos de ver nuestras fotos para seguir soñando.
Aquel viaje empezaba a quedar en el recuerdo de todos. Córdoba nos había
brindado nuevamente, mucho más que sus paisajes y su gente, dejo en cada uno de
nosotros nuevos amigos, bellas experiencias , mucho que aprender sobre
seguridad, y una cantidad de inolvidables anécdotas, que alimentarán para
siempre nuestro espíritu inquieto.
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