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Pedaleando
en el Techo del Mundo
Texto
Y Fotos:
Vanessa Barrera
Todo empezó en un viaje en bici
que hice en Salta. Uno de los cicloturista
habia estado en el Tibet el año anterior
en una travesia organizada por Mariano Lorefice,
quien tambien organizaba nuestro recorrido
por los Valles Calchaquíes.
Ante la tíipica pregunta de si habíamos
hecho algún otro viaje en bici, Raúl
contó la travesía que había
hecho en el Tibet, sin mayores detalles
más que resaltar que había
sido una experiencia que le contaría
a sus nietos...

Yo escuchaba y seguro en algún lugar
de mi conciencia quedó guardada toda
esa "info". Tiempo después,
cuando en noviembre del 2003 viví
mi propia experiencia, comprobé que
no era simple info, sino el relato de un
anhelo que supe guardar muy bien.
¡Que suerte! Cumpliría el sueño
de estar en el Techo del Mundo del modo
que más me gusta: montada en una
bici.
Llegué a Milán el 28 de octubre
y mi equipaje giraba por diversos aeropuertos,
y no me había llegado hasta el otro
día. La bici nunca llegó,
así que, desapego total de por medio,
me compré otra bici, y el 29 de octubre
partí desde Milán a Katmandú
con un grupo de 34 italianos.
El recorrido propiamente dicho empezó
en Lhasa, antigua capital del Tibet, centro
administrativo y espiritual de esa región,
donde se encuentra el Potala, residencia
del Dalai Lama hasta el año '59.
Ese año los chinos invaden el Tibet,
se apropian del territorio, y el Lama emigra
sin destino mas que escaparse de ellos.
Lhasa es una ciudad casi industrial, donde
se muestra el destrozo que ha sufrido la
cultura tibetana budista a raíz la
ocupación amarilla.
Recorrimos el llamado "Camino de la
Amistad", casi 1000 km que se iniciarían
a 3.400 m a nivel del mar, hasta Katmandú,
pasando por paso mítico paso, Pang-La,
a 5.120 m ... Sí, en bici, y apunamos.
El Tibet es increíble; un desierto
de roca, sin vegetación, sólo
pequeños poblados de casas hechas
de barro pintadas con cal y decoradas con
bosta de yak (cuasi-vacas tibetanas) que
las pegan en las paredes para que se sequen
y usarlas luego como combustible.
¿El baño? Al natural. Buscá
la roca mas grande y ahí encontrarás
en W.C. Sí roca, porque árboles
no existen. ¿Agua? Bueno, eso es
más complicado. Sólo agua
potabilizada por el organizador del grupo.
¿Duchas? Más complicado aún;
pasamos casi seis dias sin ducharnos. No
había ni ríos, ni riachos
ni aldeas donde sacar agua, más que
para asearte las manos y la cara, y estabas
listo para el otro día.
Es increíble acampar en el medio
de la nada y de repente ver aparecer los
tibetanos desde la montaña que venían
a ver quiénes eran esos extraterrestres
vestidos de colores fuertes con ropa dry-fit.
Ellos en cambio lucen trajes estilo koyas,
con pecheras de colores rojos, piedras semipreciosas
que decoran sus cabelleras trenzadas de
vaya a saber cuántos años
sin lavarse, y fajas de plata decoradas
que sostienen sus extravagantes atuendos.
Qué casualidad que mi viaje había
empezado en Salta. Creo que nada es casual
en la vida. Me reencontré con los
koyas del norte, sólo que hablan
otro idioma y veneran otra imagen, pero
sus facciones, su tez, su vestimenta y su
modo de vivir coincide. Somos todos uno,
pensé.
El último día en el Tibet
hicimos camping libre antes del paso de
Pang-La. Una aldea cercana de tres casas,
un monasterio y algunas terrazas de cultivo
(como era invierno, se mimetizaban con el
árido terreno), me inspiraron para
entrar en ese humilde monasterio. Quería
llenarme de lo último que haría
en el Tibet. Un monje me permitió
pasar y la imagen del Buda me hizo retroceder
y sentarme en el piso. ¿Qué
pasa con esas imágenes? Se ven cargadas
de energía, tienen vida, te miran...
Me quedé con los ojos cerrados, sin
tiempo, hasta que el monje me tocó
el hombro señalándome la puerta.
Le agradecí con una mirada de comunión
con su religión. Él me regaló
una lana de color rojo, símbolo de
la unidad, y me dio a beber una infusión
que tomé con placer. Al otro día
cruzaríamos a Nepal para llegar a
Katmandú, y me llevaba conmigo esas
imágenes del Tibet: la foto de la
cara sur del Everest vista desde le monasterio
más alto, de Rong buk, y la experiencia
de haber podido mínimamente vivir
la devoción del pueblo tibetano a
Buda.
Montados en la bici cruzamos a Nepal, en
70 km de diferencia y de descenso increíble.
Entramos a un país verde, lleno de
agua, ríos y terrazas cultivadas
por donde quieras mirar.
Me sentía más a gusto con
el paisaje y observaba la influencia hindú
reflejada en la vestimenta y en las deidades.
Luego me enteraría por el guía
nepalí, que Nepal vive del turismo.
La agricultura, segunda actividad de este
pais, les sirve para alimentarse y comerciar
con la India.
Llegamos a Katmandú por la tarde,
luego de trepar 1.500 m bordenado los poblados
a orillas de montañas aterrazadas
custodiadas por la gran cadena montañosa
de los Himalayas.
Buscar el hotel en Katmandú fue toda
una odisea. Sortear porteadores, carritos
de bici con turistas ávidos de nueva
cultura, taxis llenos de estampas de dioses
y ofrendas de flores, y por supuesto vacas,
que por favor no las molestes porque todos
te miran mal. Y por fin en el albergue sanos
y salvos.
A los dos días tomamos un mini avión,
arreado por los vientos que azotan a los
Himalayas, y llegamos a Lukla para iniciar
uno de los trekkings que ofrece el Parque
Nacional de Sagarmatha. Seis días
de duros desniveles para llegar a ver el
Kala Pattar, montaña de una de 5.546
m, llena de ofrendas a los dioses, y el
"CHOMOLUNGMA" o " SAGARMATHA
", diosa madre del mundo, o Everest,
como lo quieran llamar. Observamos las caras
norte y suroeste. Bordear el glaciar Khumbu,
llegar al Kala Pattar después de
1.000 m de desnivel ininterrumpidos, y sentir
que el Everest (8.850 m) no parece tan grande
como dicen. Es que está rodeado por
el Lhotse (8.501 m), el Nuptse (7.860 m),
y bueno, sahumerio de por medio, banderas
y piedras con ofrendas que nos rodeaban,
habíamos cumplido el objetido de
avistar el "techo del mundo".
Luego mi viaje terminó con un mini-retiro
en un centro de meditación de la
rama de Osho, cerca de Katmandú,
que ayudó a seguir rompiendo mis
estructuras, y a percibir que no me había
equivocado. Y que, mi guardado anhelo de
conocer la montaña más grande
del mundo, lo habñia cumplido desde
el corazón.
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