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Sobre los 3.000 m.s.n.m, por la
falta de oxigeno, no todas las personas podemos dormir varias horas seguidas. Lo hacemos
parcialmente, es decir, de a ratos. En mi caso personal, que soy flojo para la puna a
pesar de trabajar en esta actividad hace muchos años, me despierto cada 40´ con cierta
angustia, me siento en la "cama", durante unos segundos respiro con mayor
intensidad y me vuelvo a dormir otros 40´/45´.
Es cierto también que sobre los 3.000 m.s.n.m a la noche siempre
hace frío y generalmente mucho frío. En una oportunidad, con un grupo de franceses, nos
toco dormir sobre los 3.000 m.s.n.m. Armamos las carpas para los cabalgantes, preparamos la
comida, comimos y una vez que se fueron a dormir también lo hicimos nosotros. Nosotros
generalmente dormimos sin carpas. Nos ponemos uno al lado del otro con sus monturas y sus
cobijas y con un plástico largo nos tapamos para evitar mojarnos con el sereno.
Estábamos preparando nuestros "nidos" cuando advierto que mi vecino, Norberto Ramos,
hombre de unos 65 años, rústico, duro, con muchas noches dormidas bajo las estrellas
tenia un solo poncho para taparse. Por tener una buena bolsa de dormir mi poncho lo había
colocado como colchón pero me pareció que a Norberto le vendría mejor como abrigo y se
lo ofrecí. No costo mucho convencerlo pues en ese momento ya hacia mucho frío. Nos
acostamos, conversamos un rato y uno a uno nos fuimos durmiendo.
Como les contaba al comienzo de
este relato, cada 40´/45´ me despertaba, me sentaba, respiraba con fuerza y me volvía a
dormir. Esto es lo normal, lo habitual. Lo que no fue normal, y por eso la sorpresa, fue
que en una de las oportunidades que me despierto, le miro los pies a Norberto y me llama
la atención que no los tenia tapados ni con el poncho ni con el plástico. Los tenia al
aire libre,... pero cuando lo miro bien, con mayor atención y con la ayuda de mi
linterna, no solo tenia los pies al aire libre sino con una capa de hielo sobre cada uno
de los dedos!
Le mire la cara para ver si estaba con vida y el viejo soplaba con una paz y tranquilidad
envidiable. Desde ese momento y en más, además de despertarme por la falta de oxigeno lo
hacia con la intriga y curiosidad de mirarle los pies a Norberto que seguía durmiendo
como un angelito.
A la mañana, cuando nos
despertamos, le pregunto como quien pregunta al pasar: que tal el frío de anoche?... y
fui víctima de otra sorpresa cuando me dice: no Don Hernán, anoche no tuve frío, como
voy a tener frío si Ud. me presto el poncho suyo...
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